lunes, 11 de enero de 2021

relato de personaje: Jim, de Roberto Bolaño

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim.

Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

 

jueves, 7 de enero de 2021

 

HISTORIA DE LA TRANSICIÓN

Antonio se alzó de la butaca, erguido y mayestático, entre aplausos, tanta gente vestida de pingüino lo cohibía, pero su cojera era casi imperceptible. La mañana de diciembre en Estocolmo era tan fría como las mañanas de diciembre de la aldea dónde había nacido. Le habían otorgado un premio literario muy importante y humildemente había ido a recogerlo. La vida le había mostrado dos cosas: el destino existe y las casualidades también. En cierto modo, aquel premio fue una casualidad. Se lo habían otorgado a un cantante estadounidense, pero éste lo rechazó aduciendo que las letras de sus canciones las escribía una sobrina suya y que su única genialidad había sido introducir la guitarra eléctrica en la música folk. La academia sueca, pues, consideró oportuno concedérselo a Antonio porque le pareció coherente que decir en una canción que “la respuesta está soplando en el viento” sólo podía ser obra de una niña, y así que ese era el destino de Antonio. Comenzó a avanzar por el pasillo central.

Nació con dos piernas, como todo el mundo, que no pararon de crecer hasta dos años antes del accidente. La nariz también le crecía pero era totalmente ineficaz. Aquel día estival que bajaba al río  con su padre le venía ahora a la memoria. Su padre hacía mención al olor de la higuera, del tomillo, del romero, del espliego, del campo recién bañado por la lluvia de agosto. Le decía que esos olores serían su infancia, y la única verdad, y que con el tiempo le darían su identidad. Aquel niño que ahora, ya viejo, se disponía a recoger un premio literario no entendía nada porque no podía oler. En aquel Rincón del mundo cuyo topónimo empezaba por la primera letra y acababa por la última cabían todas las palabras del mundo, todos los sonidos, todos los sueños, pero para él no existía ningún aroma, hedor, olor o esencia olfativa.

Siguió avanzando hacia el escenario y a cada paso le venía su vida entera a la cabeza. Se deslizaba por un túnel negro con una luz al final, como cuentan los que han estado a punto de morir y les viene la vida entera a su conciencia en un minuto. Un mal día lo llevaron a la ciudad para que lo examinara el otorrinolaringólogo. Anosmia congénita le dictaminó el doctor. Con ocho años su tara de nacimiento ya tenía nombre y apellido. En la España de los sesenta, sin embargo, de todo mal se hacía un bien. Así pues, su extraño “don” sibilino lo destinó a que tuviera dos bienes: a los catorce años no le faltó trabajo limpiando los purines de todas las granjas de la comarca; y a los quince todo el mundo lo conocía por Antonio el porcatero. Su fama era semejante a la de Sant Antoni del Porquet: el santo que adoraban en aquel Rincón del mundo que empezaba por la A y acababa con la zeta. Cuándo Antonio comenzó a ver en su cabeza, como en una película de cinemascope, aquel 17 de enero de 1974, dio un pequeño traspiés y el anfiteatro de la Sala de Conciertos de Estocolmo enmudeció.

El día de su onomástica coincidía con el día más feliz del año. La fiesta de San Antonio del año 1974 amaneció soleada, el cielo estaba de un azul tan intenso que no se echaba de menos el mar; la escarcha comenzaba a evaporarse de los campos creando un paisaje mágico. Antonio se puso su mejor traje mientras tarareaba “Mi Tierra”, esa canción de Nino Bravo que le hacía estar agradecido a su destino de nacimiento; se perfumó el cuello con una esencia que él no podía oler; y se engominó el cabello. Frente al espejo le gustó su cara y sus ojos negros y su mandíbula cuadrada y sus labios carnosos y su ineficaz nariz afilada. Se puso a poner expresiones de tipo duro y pensó que Gabriela caería rendida a sus pies en cuanto lo viera. Subió a su moto alemana, que se había regalado a sí mismo en su veintidós cumpleaños, después de realizar un negocio porcino que le proporcionó pingües beneficios. Arrancó el motor y disfrutó de la música que emitía el tubo de escape, puso la primera y salió a celebrar la fiesta. La aldea donde había nacido y vivía distaba una veintena de quilómetros del pueblo que daba nombre a la comarca. Debajo del casco su cerebro sólo emitía pensamientos positivos. El aire en la cara magnificaba el paisaje de sembrados, pinos y roquedales. Cuando entró al pueblo una bandada de chiquillos se pusieron a corretear al lado de la moto y Antonio fue consciente, más que nunca, de su buena estrella. Aparcó la moto y le dio unas monedas a la chavalería. Comenzó a subir hacia el campanario, muy pagado de sí mismo, por las estrechas callejuelas engalanadas que lo abrazaban. En la Plaza de la Iglesia no cabía un alma: la gente hacía cola para bendecir a sus animales; los niños bajaban por las calles empedradas haciendo carreras de sacos; todos los bares estaban a rebosar y todo el pueblo lo saludaba con afecto (también con interés):

  —Buenos días Antonio—lo saludó el cura —. Mi querido monaguillo sin olfato, ¿Qué tal va todo?

  —Hola Don Marcial, ¡qué tiempos aquellos!, yo que pensaba que nacer con una nariz inútil era un castigo de Dios y va a resultar que, como dijo usted, era una bendición. Todo bien, cada vez mejor, la faena y los negocios son lo más importante y me van francamente bien—respondió el porcatero con el hieratismo que adoptaba al hablar con el párroco, manejado por sus ofuscadas creencias atávicas—.

  —Ve con Dios y disfruta de la fiesta grande, y a ver si vienes algún domingo a misa.

  —Sí, sí, en cuanto pueda, ya sabe que los domingos trabajo. Que tenga un buen día y libre a los animales de todo mal —se despidió Antonio—

En la Plaza Mayor la Banda Municipal amenizaba la jornada con pasodobles, y Antonio al ver el humo salir de los calderos humeantes pensó en que aquello debía oler a fiesta; aquel olor festivo debía agrandar el espíritu y la gratitud de estar vivo. Antonio miraba el humo ascender y recordó las palabras que le dijo el doctor a los ocho años: «El único problema de no tener olfato es que puede afectar a los recuerdos, por lo demás usted podrá disfrutar de una vida plena». El encuentro con el cura le había hecho recordar aquellas palabras, pues no recordaba los años que lo llevaron sus padres a hacer de monaguillo. Quizá, si supiera como huele una iglesia y el aliento de un cura, jamás se le hubiera olvidado.

En el bar del Casino estaba Don Bernardo, el maestro, con los amigos de Antonio. Se juntó con ellos tras pedir una cerveza y Don Bernardo se dirigió a él mientras daba sorbos a su vermú:

  —No se te ve el pelo por el pueblo, tienes que salir más, la vida social es una necesidad humana —le instruyó su antiguo maestro—.

  —Pues sí que es cierto Don Bernardo, pero este extraño don de no tener olfato me tiene todo el día abonando campos y limpiando purines Tengo que aprovechar ahora que tengo veintidós años para progresar y hacer dinero —le contestó Antonio—. Y usted que tal por la escuela ¿Todo bien?

  —Bueno, este año con lo del asesinato del Presidente del Gobierno, en diciembre pasado, las cosas están un poco raras pero lo vamos llevando como podemos. Por cierto, estoy intentando modernizar la fiesta con la celebración de una cucaña ¿Recuerdas el cuadro de Goya que os enseñaba en clase, ese en que unos mozos trepaban un tronco para alcanzar un premio y que representaba el hedonismo y el País de Jauja? Pues este año estoy en la comisión de fiestas y hemos pelado el eucalipto de la era para que los jóvenes del pueblo suban los once metros y bajen un gallo. Al que lo consiga le tenemos preparado un gran premio. Tengo que advertirte que once metros son mucha altura y que el tronco está ensebado. Pero con tu fortaleza y esos brazos creo que serías un firme candidato al premio y así podrías trabajar menos una temporada y harías más vida social.

Antonio miró a sus amigos y les preguntó si alguno se había apuntado, todos menos su mejor amigo respondieron que no. Su mejor amigo le contestó, con astucia pueblerina, que sólo se apuntaría si lo ponían detrás de él en el juego. Antonio a la tercera cerveza se puso a hablar con el maestro y éste al tercer vermú se puso eufórico a contarle al porcatero lo que representaba el País de Jauja: un país en el que no había que trabajar para vivir. También le hablo del 68 en París y de la cultura hippie. Antonio lo escuchaba mientras recordaba aquella metáfora de Don Bernardo que hacía mención a la Odisea, en la que Ulises se hizo amarrar al mástil para poder oír el canto de las sirenas sin ser arrastrado al mar y perecer ahogado. Cuando el maestro decía en clase «Amárrate al mástil» quería decir que aprovecháramos la vida sin darla por nada ni por nadie. Mientras apuraba el último sorbo de su tercera cerveza le dijo a Don Bernardo que lo apuntara a la cucaña, su mejor amigo no tuvo más remedio que apuntarse tras él.

El sol lucía en lo alto del mediodía, la buena temperatura era inusual para aquella época del año y la multitud se arremolinaba en torno al tronco pelado del eucalipto de la era. Los cinco primeros muchachos que intentaron alcanzar la recompensa no pasaron de los tres metros. Todo era júbilo y alegría de vivir, las risas acompañaban a la música de la banda municipal y las penas quedaban anegadas por el día más grande del año. Cuando Antonio empezó a trepar comenzaron a sonar los acordes de “Paquito el Chocolatero”, mientras pensaba en Gabriela se vio desatando al gallo, en ese momento ya no se oía ni una mosca. Asió el trofeo por las patas y se dispuso a comenzar la desescalada. En ese preciso instante una extraña molécula penetró en la nariz de Antonio, fundiendo al destino y a la casualidad en una milésima de segundo. Lo siguiente que se escuchó fue el crujido de los huesos de las piernas al chocar contra la tierra prensada a los pies del eucalipto. La gente gritaba y se tapaba los ojos, no querían ver. Don Bernardo y el mejor amigo de Antonio fueron los primeros en llegar a ese cuerpo maltrecho: una pierna se le había doblado hacia atrás y el tobillo le tocaba la nuca; la otra pierna tampoco estaba mucho mejor: la rodilla formaba un ángulo de noventa grados y parecía una ele mayúscula. Antonio sólo acertó a decirle a Don Bernardo: “Las hojas del eucalipto huelen”, después se desmayó sin soltar al gallo.

El impacto de aquel recuerdo hizo que la voluntad de andar hacia el escenario fuera menor que su necesidad de pararse en seco. Antonio sacó una hoja de eucalipto que siempre llevaba en su bolsillo, los asistentes a la ceremonia seguían aplaudiendo. Se acercó la hoja a su nariz y el único olor que experimentó en su vida le rebeló todo el dolor necesario para escribir y conmover. Continuó avanzando hacia el escenario y a cada paso se le aparecían los recuerdos que lo habían llevado hasta allí. Nadie de los presentes hubiera sospechado que Antonio caminaba con una pierna ortopédica.

Cuatro años después de aquel día de San Antonio llegó la democracia a España. Así, por las buenas, como si fuera un tren que le daba vueltas a la Península Ibérica durante cuarenta años y de improviso parara en las estaciones de Lisboa y Madrid. En todo ese tiempo Antonio había conseguido salvar una pierna, la otra le había sido amputada el mismo día del accidente, aquel fatídico 17 de enero de 1974. Los dos años siguientes al accidente los pasó de quirófano en quirófano. Por todos los hospitales en que anduvo ingresado nunca faltaron dos cosas: unas hojas de eucalipto y Don Bernardo leyéndole todas las obras cumbres de la literatura universal. Los padres de Antonio nunca supieron leer ni escribir pero él jamás les llamó analfabetos. A los dos años de llegar la democracia a España los padres de Antonio murieron (en un mes los dos). Para entonces Antonio ya era profesor de literatura en un instituto de València. Se había comprado un pisito en la calle de enfrente del instituto y en su camino hacia su trabajo contemplaba todos los días a gente que no se había amarrado al mástil y sucumbía a los cantos de libertad de la heroína. El profesor “una pierna” le llamaban los chavales en el instituto. Antonio llevaba la pernera de la pierna amputada recogida en dobleces y se movía siempre con sus muletas. Cada vez que daba una clase, que leía una novela, un poema, un ensayo, un artículo o cualquier cosa escrita le entraba una gran melancolía, se ponía muy triste al pensar que él nunca podría escribir algo así. Mientras devoraba libros pensaba que su incapacidad de escribirlos procedía de su carencia del sentido del olfato. Intentaba tener siempre a mano hojas de eucalipto para conseguir recordar su infancia, su juventud, su vida pasada. Sabía que sin recuerdos y sin pasado es imposible escribir. Las elecciones de 1982 dieron un vuelco al país y a la vida de Antonio. El Sistema de la Seguridad Social comenzó a ser eficiente y Antonio pudo acceder a las ayudas que le permitieron comprar una pierna ortopédica. Tardó varios meses en aprender a caminar con aquel artilugio pero en cuestión de un año andaba con naturalidad. Volver a caminar le hizo recordar toda su infancia, su juventud y su pasado; bastaba un pequeño paseo para que le vinieran a la cabeza historias conmovedoras, puro dolor, ironía magistral, verdadera literatura a cada paso. En los años noventa comenzaron a publicarle las mejores editoriales. Al principio un libro al año, después poesía y relatos cortos. La pierna ortopédica funcionaba como el olfato, cada vez que caminaba le venía toda su vida con todo lujo de detalles y aquello era la materia prima esencial para escribir.

Cuando comenzó a subir los escalones que accedían al escenario volvió en sí, nadie nunca jamás pudo imaginar todo lo que había pasado por la cabeza de Antonio en su camino hacia  aquel reputado premio literario del 2016. Los escasos pasos que separaban su butaca del escenario le habían desvelado la verdad de la vida, del destino y de las casualidades. Su discurso de gratitud fue el más breve de la historia de esa gala universalmente famosa. Antonio se subió la pernera de su pierna metálica y sólo dijo: “Todo se lo debo a ella”.

miércoles, 6 de enero de 2021

 

SOLO TENGO NUEVE AÑOS.

Solo tengo 9 años, hoy he decidido que me amputen las dos piernas, tengo  una Hemimelia peronea, esto quiere decir que tengo una deficiencia en la que está ausente el hueso mayor y más grande de la pierna.

Mi opción es quedar atada a una silla de ruedas o tener un par de piernas ortopédicas y volar en mi cuerpo de alas doradas.

La miro a los ojos, es mi madre, mi ser, mi amor, ella me ama tanto, solo tengo 9 años pero quiero volar, ella me dice solo quiero lo que  tú quieras, ADELANTE.

Adelante es mi palabra preferida desde los nueve años, tu padre te hubiera dicho ADELANTE.

Son las ocho de la mañana , en unos segundos  entrare en quirófano, esto no es importante, lo importante son sus ojos de madre, son ojos de cielo de mar, son ojos de paz de manta en noches de frio, son ojos de cansancio en las noches de horas interminables, son ojos de amor sin lágrimas luminosas y escondidas , son ojos de libertad a olor de madre de ropa lavada en su lavadora, son ojos de decirte te quiero en un susurro que no escuchas porque estás olvidando que eres hija, son ojos del amor que no duele, son ojos de estas ahí aunque estoy en la mierda de todas las mierdas, son ojos de dame la mano mama que te necesito aunque no te lo pida y tú me miras y me das la mano y tu silencio y tus risas un tanto alocadas, nos invade de más risas, de tanto amor de nuevo, y mis piernas no existen porque para ti solo existo yo, y mis muñones son osos de peluche cosidos a la vida, vida de carcajadas a tu lado, tú me curas las cicatrices, tú me curas el dolor de nuestras almas, yo te curo tu valentía en la soledad de la noche cuando te oigo resbalar una lagrima de amor, de nuevo el amor y te metes en mi cama, me haces cosquillas, yo te hago cosquillas, mes besas mil veces los muñones, yo te beso toda entera porque nos tendremos siempre a través de los mares de donde siempre quisimos estar y estaremos.

Hoy tengo 38 años, mi habitación son recuerdos de ella y de mí , tengo dos hijas, no tengo mis piernas, tengo las piernas de mi madre, las que me dejo para siempre desde su ventana abierta al sol, a ella le gustaba escribir poemas, yo tengo miles de piernas ortopédicas de todos los colores con sus frases escritas por mí para ella, con mis ojos me cuelo en sus ojos , me pongo sus zapatos de tacón rojos, me revisto de nuestro  sexo de mujer cubierto de verdad, me siento bella, ella también lo era, hoy oigo su voz  cuando me decía , que elegante eres hija , tu cuerpo es tan bello, no mereces a nadie que no desee tus cicatrices de seda.

Sus zapatos rojos en mis piernas de cartón y de espuma, mis hijas están dormidas, le espero, pongo velas de niebla, el entra, y como si nos escuchara, me besa, me quita las prótesis, me acaricia los muñones, me besa las cicatrices, me vuelve a besar las heridas de unas grapas metálicas que fueron, me huele el dolor que ya no duele, me mira a los ojos de la niña que soy, él no se ira como el otro, el que no tiene nombre porque no pudo soportar su miedo, el que fue cobarde con el nombre sin nombre, porque los cobardes nunca tienen nombre, me sirve una copa de vino, las bebemos como si fuera la última de un instante, le sonrió y le abrazo y su olor me pierde y la vida es eso solo un instante y las velas se apagan y nace la oscuridad más bella.

martes, 5 de enero de 2021

FELIZ AÑO NUVEO! PIERNA ORTOPÉDICA, OLORES, NARRADOR OMNISCIENTE VS 3A PERSONA NO OMNISCIENTE.

OMNISCIENTE

 Andaba rápido pero con dificultad. La pierna ortopédica no terminaba de articular correctamente.  Sus ojos miraban hacia delante, hacía detrás, hacia los lados. Intentando ver más allá, vigilando la oscuridad. Era difícil comprender que la isla entera quedara a oscuras sin preaviso. Sin más, la luz se desvanecía por completo. 


  • Cadena perpetua - Los pensamientos carcelarios brotaban en la mente de Evan mientras jugueteaba con el fajo de dólares de su bolsillo derecho.


Era la tercera vez que recorría ese camino en la misma semana. Los olores le guiaban. Aquellos caminos todos iguales, no permitían descuidos o acabaría perdido. El aroma procedente de los mangos maduros indicaba que debía girar a la derecha. El último punto giro vendría marcado por el olor al sándalo que crecía salvaje en las orillas del arrozal. 


No conseguía acostumbrarse a las entregas nocturnas, en medio de la nada. El miedo a ser sorprendido luchaba contra su búsqueda de alivio. - Debería haber traído más desde España-. 


El lugar donde el olfato detectaba alcohol mezclado con pólvora marcaba su destino. Allí arremolinados en torno de algo similar a un tablero de ajedrez, un grupo de jóvenes apostaba al ganador. Dos de ellos se matenían al margen, firmes, apoyados sobre unas metralletas con más años ellos mismos, flanqueando una entrada a un recinto imaginario en medio de los campos. 


  • Selamat sore - articuló Evan. Aferraba el dinero como si estuviera a punto de salir volando. 
  • Halo, ¿tienes lo que tienes que tener? - espetó en un inglés difícil de comprender el más alto de los hombres armados.
  • Si tenéis la mercancía, sí. - El tiempo le había enseñado a no mostrar sus emociones cuando trataba con ese tipo de personas. 
  • ¿Quién eres tú para pedir? - Rió el hombre. A penas superaba a Evan en un par de años pero su mandíbula cuadrada y las cicatrices de su pómulo le conferían un aspecto implacable.
  • Soy el que tiene el dinero, el comprador siempre tiene la razón, y soy buen cliente. Lo sabes. Mi madre es rica, muy rica, así que no deberías tratarme con desprecio, aún nos quedan unos meses aquí. 


En un instante la metralleta voló desde el suelo hasta la sien de Evan. Antes de que pudiera moverse se vió empujado rodillas al suelo contra una valla de metal oxidado. - Las manos arriba - Dijo el hombre mientras presioanaba el cañón sobre su cráneo. 


Al momento aparecieron dos compañeros más. Seis manos hurgaban inquietas, palpaban su cuerpo, colonizaban sus bolsillos. Evan cerró los ojos, el hedor de aquellos hombres resultaba nauseabundo. La prótesis presionaba sobre su rodilla, el dolor era insoportable. Como odiaba aquel artilugio. Maldeciría siempre a su madre por no creer en su dolor. - Unas horas antes y podríamos haber salvado la pierna - El médico siempre decía que podría haber sido peor, que sintiera fortuna por mantener el muslo. Pero él sabía que un día antes su madre había preferido ir a la ópera que llevarle al hospital, y que había sido su amigo Jose el que había alertado a su propia madre para acudir en ayuda de Evan cuando la infección ya se había extendido. 


Su móvil y los dólares se ocultaban en el suelo entre restos de vainas de arroz. Junto a ellos descansaba, inocente, la metralleta del joven de menor estatura. A penas le separaban unos centímetros del arma. Todas las opciones se cruzaron en sus pensamientos: Realizar un movimiento rápido y apretar el gatillo contra sus adversarios embriagados; utilizar sus codos plegados sobre su cabeza contra el hombre que sostenía la metralleta sobre su sien; incluso golpear con celeridad con su pierna de acero a los manoseadores que parecían no terminar su tarea.  



Se mantuvo inmóvil, con un arma sobre la cabeza pocas opciones eran correctas. Los hombres hablaban entre sí con frases cortas. Se interrumpían continuamente. Ni un lingüista versado en Bahasa melayu habría conseguido descifrar aquella conversación.  


Las manos detuvieron su baile, todo quedo en calma. - Do it now - Espetó el joven bajo a su compañero de cara cercenada mientras encendía una mezcla de tabaco y marihuana a medio quemar.


Al instante, con experiencia militar, rodearon las manos de Evan con no menos de ocho vueltas de cuerda cada una. - Go - dijo una voz dirigiéndose a él mientras tiraba de los lazos para levantarlo del suelo. 


El dolor de la pierna había aumentado, necesitaba su dosis. Había pasado una semana desde el último golpe contra las rocas en la playa de Canggu pero aquella pierna ya no se recuperaba como antes de la amputación.


Dirigieron a Evan hasta una camioneta que había vivido mejores épocas y le colocaron junto a la carga, el olor inconfundible de las hojas de coca revelaba el invisible cargamento. Los dos jóvenes armados le flanqueaban. Sin hablar, dejando como único protagonista al ronco motor de aquel Ford Ranger Raptor que adolecía de mantenimiento correcto. El silencio se quebró con un “beep”, el móvil de Evan brilló dentro del bolsillo de la camisa del secuestrador. Había recuperado la cobertura. 


La camioneta se detuvo como si el sonido del iPhone XII hubiera marcado el fin de la ruta. Los dos hombres bajaron con sus metralletas sobre el hombro. - Go - de nuevo la palabra mágica para indicarle que debía bajar. 


Comenzaron a caminar entre lo arrozales. El olor del agua mezclada con barro de los agujeros de la carretera le recordaba al de los campos de fútbol de San Sebastián en los que tanto tiempo pasó antes de que su pierna le fuera arrebatada. Los hombres hablaban entre ellos con cierto nerviosismo. La conversación parecía subir de tono. 

 

  • Es el momento - dijo el más menudo de ellos a su compañero. A penas habían caminado unos cien metros desde que abandonaran la camioneta. 
  • Arrodillate - indicó a la vez que golpeaba a Evan con la culata en la espalda. 
  • Comienza a grabar - ordenó ahora a su compañero. 


Con sorprendente destreza el de mayor envergadura accedió al móvil de Evan, deslizo la pantalla hacia arriba frente a su cara y accedió a sus contenidos. El reconocimiento facial no requería mucha información ni colaboración por parte del joven apresado. 


Comenzó a grabar frente él. - Saluda a tu madre, ¿no era rica? - rió el hombre mientras rodeaba a Evan. - Habla con ella - Insistió acercando el móvil a su cara dejándole cegado con la luz de la linterna que hacía las veces de flash. - Si no hablas, te aseguro que gemirás de dolor - Dijo mientras pateaba su pierna dolorida. 


Evan cayó de bruces al suelo gritando de de dolor. Estaba en medio de la nada, la tenue luz de la luna a penas dejaba divisar campos encharcados de agua y caminos embarrados. La pierna quemaba, había comenzado a perder la sensibilidad en los dos primeros dedos y el agua mugrienta del suelo había empapado su inmaculada camiseta de Rip Curl. El aroma de la marihuana en combustión alcanzó su pituiataria. Un tercer hombre se había unido a ellos. 


 - Es suficiente, envíalo ya, apunta el teléfono de la madre y destruye el móvil - Al menos contaba con dos décadas más que los hombre armados, vestía traje y corbata algo grande para su cuerpo. Su olor reflejaba cierto cuidado personal pero sus zapatos llenos de barro eran su verdadera realidad.  


Condujeron a Evan hasta una cabaña cercana. Los hombres volvían a discutir. Lo introdujeron en la cabaña sin luz alguna y a tientas le dirigieron hasta la primera habitación. El recién incorporado le lanzó contra el fondo de la estancia. 

  • Ni se te ocurra hacer cosas raras. - Retiró su americana dejando ver un cinturón del que colgaba una pistola de 9mm. Evan no sabía demasiado de armas, pero aquella era inconfundible, las películas del 007 habían sido el padre que nunca había conocido y con ese modelo Sean Coneri había derrotado a todos sus enemigos. 
  • No tengo intención. - Respondió enseñando sus manos atadas. 


No hubo respuesta, solo el ruido de la puerta cerrándose tras el hombre y el sonoro golpe de una viga de madera atrancando la salida. 


El olor a madera quemada fue el signo de que la noche iba a ser larga. Los hombres se pusieron cómodos y comenzaron a conversar amistosamente. No pasaron más de quince minutos hasta que los efluvios de unas carnes doradas por el fuego llegaran hasta la nariz de Evan. - No creo que sean para mi. - sus tripas rugieron haciéndole consciente de que llevaba horas sin probar bocado. 


Las luces de una camioneta se colaron entre las maderas que conformaban la cabaña. La estancia era minúscula, a penas podría tumbarse con comodidad. En el suelo, unas mantas roídas hacían las veces de pavimento y en las paredes el cartel de un espectáculo local era la única decoración. 


  • Ahora suéltalo. - La voz de una mujer llegó hasta la cabaña. Los tres hombres habían salido a su encuentro. Ninguno de ellos parecía portar sus armas. 
  • No amiga, el acuerdo era raptarlo, lo que hemos hecho. Si quieres que lo soltemos deberás pagar el triple. - el hombre trajeado había dado un paso adelante. Su voz subió y bajo de tono como una montaña rusa. Eructó en dos ocasiones, había bebido. 


Evan reconoció la voz de inmediato, era la de su madre. Pero, ¿qué significaba aquello? ¿Como que el acuerdo era raptarle, a quién, a él? Aquello era una locura, por qué iba a querer su madre algo así. No entendía nada. 


  • No voy a pagar ni el doble, ni la mitad, podéis quedaros con el niño. Quería una lección, pues ahora la va a tener de verdad. No pidáis rescate, no voy a pagar ni un dólar más. 


Los hombres, se miraron entre sí, no esperaban aquella respuesta. El hombre trajeado dio un par de instrucciones rápidas, los más jóvenes desaparecieron en la cabaña. En un momento arrastraron a Evan hasta la parte delantera de la camioneta, frente a las luces 


El revolver de 9mm estaba ahora sobre su pecho. - ¿esto es lo que quieres?, vienes aquí, a nuestra casa y pretendes reírte de nosotros. Aquí las reglas las ponemos nosotros. 


La camioneta rugió. La explosión de la gasolina dio lugar a la acción. Las ruedas deslizaron hacia detrás y lanzaron las dos toneladas contra Evan y su verdugo. Ambos se preparon para el impacto. El choque fue mortal, ambos quedaron suspendidos sobre el capó. Evan aferrado con sus brazos y piernas consiguió encajar su pierna metálica en la parrilla frontal. El pulgar en alto bastó para que su madre entendiera el mensaje. La camioneta aceleró adentrándose de nuevo en el camino, zarandeándose de un lado a otro, al tercer movimiento el hombre trajeado se vio lanzado hasta el arrozal.


Transcurrieron más de tres kilómetros hasta que la camioneta paró. Evan soltó su pierna de su cuerpo. El aroma a Chanel de su madre resultaba chocante en aquel contexto. Ambos se fundieron en un abrazo. No olvidarían nunca aquella lección. 










CORRECCION a NARRADOR NO OMNISCIENTE



Andaba rápido pero con dificultad. La pierna ortopédica no terminaba de articular correctamente.  Sus ojos miraban hacia delante, hacía detrás, hacia los lados. Intentando ver más allá, vigilando la oscuridad. La isla entera quedaba a oscuras sin preaviso. Sin más, la luz se desvanecía por completo. 


  • Cadena perpetua - Los pensamientos carcelarios brotaban en la mente de Evan mientras jugueteaba con el fajo de dólares de su bolsillo derecho.


Era la tercera vez que recorría ese camino en la misma semana. Los olores le guiaban. Aquellos caminos todos iguales, no permitían descuidos o acabaría perdido. El aroma procedente de los mangos maduros indicaba que debía girar a la derecha. El último punto giro vendría marcado por el olor al sándalo que crecía salvaje en las orillas del arrozal. 


No conseguía acostumbrarse a las entregas nocturnas, en medio de la nada. El miedo a ser sorprendido luchaba contra su búsqueda de alivio. - Debería haber traído más desde España-. 


El lugar donde el olfato detectaba alcohol mezclado con pólvora marcaba su destino. Allí arremolinados en torno de algo similar a un tablero de ajedrez, un grupo de jóvenes apostaba al ganador. Dos de ellos se matenían al margen, firmes, apoyados sobre unas metralletas con más años ellos mismos, flanqueando una entrada a un recinto imaginario en medio de los campos. 


  • Selamat sore - articuló Evan. Aferraba el dinero como si estuviera a punto de salir volando. 
  • Halo, ¿tienes lo que tienes que tener? - espetó en un inglés difícil de comprender el más alto de los hombres armados.
  • Si tenéis la mercancía, sí. - El tiempo le había enseñado a no mostrar sus emociones cuando trataba con ese tipo de personas. 
  • ¿Quién eres tú para pedir? - Rió el hombre de mandíbula cuadrada y pómulo desfigurado por cicatrices. - Dame el dinero. - 
  • Soy el que tiene el dinero, el comprador siempre tiene la razón, y soy buen cliente. Lo sabes. Mi madre es rica, muy rica, así que no deberías tratarme con desprecio, aún nos quedan unos meses aquí. 


En un instante la metralleta voló desde el suelo hasta la sien de Evan. Antes de que pudiera moverse se vió empujado rodillas al suelo contra una valla de metal oxidado. - Las manos arriba - Dijo el hombre mientras presioanaba el cañón sobre su cráneo. 


Al momento aparecieron dos compañeros más. Seis manos hurgaban inquietas, palpaban su cuerpo, colonizaban sus bolsillos. Evan cerró los ojos, el hedor de aquellos hombres le llenó los pulmones. La prótesis presionaba sobre su rodilla, el dolor era insoportable. Como odiaba aquel artilugio. Maldeciría siempre a su madre por no creer en su dolor. - Unas horas antes y podríamos haber salvado la pierna - El médico siempre decía que podría haber sido peor, que sintiera fortuna por mantener el muslo. Pero él sabía que un día antes su madre había preferido ir a la ópera que llevarle al hospital, y que había sido su amigo Arolas el que había alertado a su propia madre para acudir en ayuda de Evan cuando la infección ya se había extendido. 


Su móvil, y los dólares se ocultaban en el suelo entre restos de vainas de arroz. Junto a ellos descansaba, sin actividad, la metralleta del joven de menor estatura. A penas le separaban unos centímetros del arma. Todas las opciones se cruzaron en sus pensamientos: Realizar un movimiento rápido y apretar el gatillo contra sus adversarios embriagados; utilizar sus codos plegados sobre su cabeza contra el hombre que sostenía la metralleta sobre su sien; incluso golpear con celeridad con su pierna de acero a los manoseadores que continuaban buscando en sus bolsillos.


Se mantuvo inmóvil, con un arma sobre la cabeza pocas opciones eran correctas. Los hombres hablaban entre sí con frases cortas. Se interrumpían continuamente. Aunque conocía algunas palabras del Bahasa melayu nunca habría conseguido descifrar aquella conversación incluso con un conocimiento excelso del idioma. 


Las manos detuvieron su baile, todo quedo en calma. - Do it now - Espetó el joven bajo a su compañero de cara cercenada mientras encendía un porro a medio terminar. La presión del cañón se aflojó, en su lugar un cálida brisa que arrastraba el olor de la marihuana llego hasta Evan. - No voy a esperar más, tenemos que llevárnoslo - prosiguió el joven que parecía estar al mando. 


Al instante, con gran agilidad, rodearon las manos de Evan con no menos de ocho vueltas de cuerda cada una. - Go - dijo una voz dirigiéndose a él mientras tiraba de los lazos para levantarlo del suelo. 


El dolor de la pierna había aumentado, necesitaba su dosis. Había pasado una semana desde el último golpe contra las rocas en la playa de Canggu pero aquella pierna ya no se recuperaba como antes de la amputación.


Dirigieron a Evan hasta una camioneta que había vivido mejores épocas y le colocaron junto a la carga, el olor inconfundible de las hojas de coca revelaba el invisible cargamento. Los dos jóvenes armados le flanqueaban. Condujeron más de veinte minutos entre caminos tortuosos,.Sin hablar, dejando como único protagonista al ronco motor de aquel Ford Ranger Raptor que resonaba en la noche. El silencio se quebró con un “beep”, el móvil de Evan brilló dentro del bolsillo de la camisa del secuestrador revelando que había recuperado la cobertura


La camioneta se detuvo como si el sonido del iPhone XII hubiera marcado el fin de la ruta. Los dos hombres bajaron con sus metralletas sobre el hombro. - Go - de nuevo la palabra mágica para indicarle que debía bajar. 


Comenzaron a caminar entre lo arrozales. El olor del agua mezclada con barro de los agujeros de la carretera le recordaba al de los campos de fútbol de San Sebastián en los que tanto tiempo pasó antes de que su pierna le fuera arrebatada. Los hombres hablaban entre ellos con cierto nerviosismo. La conversación parecía subir de tono. 

 

  • Es el momento - dijo el más menudo de ellos a su compañero. A penas habían caminado unos cien metros desde que abandonaran la camioneta. 
  • Arrodillate - indicó a la vez que golpeaba a Evan con la culata en la espalda. 
  • Es el momento - dijo el más menudo de ellos a su compañero. A penas habían caminado unos cien metros desde que abandonaran la camioneta. 
  • Arrodillate - indicó a la vez que golpeaba a Evan con la culata en la espalda. 
  • Comienza a grabar - ordenó ahora a su compañero. 


Con destreza el de mayor envergadura accedió al móvil de Evan, deslizo la pantalla hacia arriba frente a su cara y accedió a sus contenidos. El reconocimiento facial no requerió mucha información ni colaboración por parte del joven apresado. 


Comenzó a grabar frente él. - Saluda a tu madre, ¿no era rica? - rió el hombre mientras rodeaba a Evan. - Habla con ella - Insistió acercando el móvil a su cara dejándole cegado con la luz de la linterna que hacía las veces de flash. - Si no hablas, te aseguro que gemirás de dolor - Dijo mientras pateaba su pierna dolorida. 


Evan cayó de bruces al suelo gritando de de dolor. Estaba en medio de la nada, la tenue luz de la luna a penas dejaba divisar campos encharcados de agua y caminos embarrados. La pierna quemaba, había comenzado a perder la sensibilidad en los dos primeros dedos y el agua mugrienta del suelo había empapado su inmaculada camiseta de Rip Curl. El aroma de la marihuana en combustión alcanzó su pituiataria. Un tercer hombre se había unido a ellos. 


 - Es suficiente, envíalo ya apunta el teléfono de la madre y destruye el móvil - Al menos contaba con dos décadas más que los hombre armados, vestía traje y corbata algo grande para su cuerpo. Su olor reflejaba cierto cuidado personal pero sus zapatos rebosaban barro. 


Condujeron a Evan hasta una cabaña cercana. Los hombres volvían a discutir. Lo introdujeron en la cabaña sin luz alguna y, a tientas, le dirigieron hasta la primera habitación. El recién incorporado le lanzó contra el fondo de la estancia. 

  • Ni se te ocurra hacer cosas raras. - Retiró su americana dejando ver un cinturón del que colgaba una pistola de 9mm. Evan no sabía demasiado de armas, pero aquella era inconfundible, las películas del 007 habían sido el padre que nunca había conocido y con ese modelo Sean Coneri había derrotado a todos sus enemigos. 
  • No tengo intención. - Respondió enseñando sus manos atadas. 


No hubo respuesta, solo el ruido de la puerta cerrándose tras el hombre y un sonoro golpe tras él.


El olor a madera quemada llegó hasta la habitación. -Será una noche larga. - pensó Evan . Los hombres conversaban, sus voces parecían relajadas.. No pasaron más de quince minutos hasta que los efluvios de unas carnes doradas por el fuego llegaran hasta la nariz de Evan. - No creo que sean para mi. - sus tripas rugieron haciéndole consciente de que llevaba horas sin probar bocado. 


Las luces de una camioneta se colaron entre las maderas que conformaban la cabaña. La estancia era minúscula, a penas podría tumbarse con comodidad. En el suelo, unas mantas roídas hacían las veces de pavimento y en las paredes el cartel de un espectáculo local era la única decoración. 


  • Ahora suéltalo. - La voz de una mujer llegó hasta la cabaña. Los tres hombres habían salido a su encuentro. Evan a penas podría ver pero no comprobó que no iban armados. 
  • No amiga, el acuerdo era raptarlo, lo que hemos hecho. Si quieres que lo soltemos deberás pagar el triple. - el hombre trajeado dió un paso adelante. No menos de tres altibajos y dos eructos acompañaron a su respuesta. 


Evan reconoció la voz de inmediato, era la de su madre. Pero, ¿qué significaba aquello? ¿Como que el acuerdo era raptarle, a quién, a él? Aquello era una locura, por qué iba a querer su madre algo así. No entendía nada. 


  • No voy a pagar ni el doble, ni la mitad, podéis quedaros con el niño. Quería una lección, pues ahora la va a tener de verdad. No pidáis rescate, no voy a pagar ni un dólar más. -


Los hombres, se miraron entre sí _. El hombre trajeado dio un par de instrucciones rápidas, los más jóvenes desaparecieron en la cabaña. En un momento arrastraron a Evan hasta la parte delantera de la camioneta, frente a las luces 


El revolver de 9mm estaba ahora sobre su pecho. - ¿esto es lo que quieres?, vienes aquí, a nuestra casa y pretendes reírte de nosotros. Aquí las reglas las ponemos nosotros. 


La camioneta rugió. La explosión de la gasolina dio lugar a la acción. Las ruedas deslizaron hacia detrás y lanzaron las dos toneladas contra Evan y su verdugo. Evan se preparó para el impacto. El choque impactó con fuerza, ambos quedaron suspendidos sobre el capó. Evan aferrado con sus brazos y piernas consiguió encajar su pierna metálica en la parrilla frontal. El pulgar en alto bastó para que su madre entendiera el mensaje. La camioneta aceleró adentrándose de nuevo en el camino, zarandeándose de un lado a otro, al tercer movimiento el hombre trajeado se vio lanzado hasta el arrozal. 


Transcurrieron más de tres kilómetros hasta que la camioneta paró. Evan soltó su pierna de su cuerpo. El aroma a Chanel de su madre le resultó chocante en aquel contexto. Ambos se fundieron en un abrazo. Evan no olvidaría nunca aquella lección, - mi madre tampoco.- pensó mientras apretaba con fuerza a la mujer que le había dado la vida. 

“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...