miércoles, 9 de diciembre de 2020

                                                                       MELANCOLIA 


   El olor del tiempo encerrado me recibe; suelto la pequeña maleta, abro ventanas, puertas, dejo entrar el atardecer de otoño; salgo al jardín, en el seto de hortensias que lo rodea todavía hay flores, recojo un ramo para ofrecerlo a la casa y desde allí la contemplo. Me gusta la austera sencillez de ese cubo de dos plantas recubierto de piedra por el que trepa la hiedra. Fue de mis abuelos, ahora mía, y guarda momentos importantes de mi vida. Reparto las flores, quito las fundas blancas que cubren los muebles, cierro puertas, ventanas, ya es de noche, enciendo la chimenea y me siento a mirar, escuchar el trepidar del fuego, el quejido de esta vieja casa y mi lamento. Es la primera vez que la habito sola. 

   La añoranza se llevó el sueño y la pasada noche ha sido larga; ocupada por el recuerdo de sus manos acariciando mi cuerpo como un talismán; de serlo, pienso, hubiera ahuyentado la muerte. Necesito caminar, me pongo la vieja gabardina marrón claro, que lleva años colgada al lado de la puerta; salgo a la carretera por la cancela del jardín que se queja del largo abandono, pienso engasar las bisagras a la vuelta. El pueblo al otro lado del puente ya está despierto. Voy en dirección a la aldea que se ve a lo lejos, en lo alto del monte, entre la masa de arboles, pienso, el bosque parece infinito; he venido como siempre para ver el esplendor del otoño; es un rito heredado, siempre he hecho este camino acompañada, ya no.

   El sol juega al escondite con las nubes; pienso, aparece, hace brillar las hojas, desaparece, todo es gris, pienso si el intervalo se puede medir, prever aunque dependa del viento; Él, como experto estadístico tendría respuesta. Ya he entrado en el bosque, no recuerdo cuando he dejado la carretera; escucho la risa de mis hijos jugando a perseguirse, miro alrededor y no les veo; es el sonido del riachuelo que sigue el sendero en el que estoy; también él transcurre siguiendo su ineludible camino. 

   Me adentro más en el bosque, los hongos escondidos me dejan sentir su aroma. En un claro distingo una pareja, Él es alto, fuerte, ella pequeña a su lado; viste una gabardina marrón claro como la mía, pienso, la suya es nueva; su melena larga y oscura cae por su espalda, pienso, Él acaricia ese pelo como si deslizara su mano por el agua; se cogen de ambas manos y dan vueltas mirando la cúpula dorada de los árboles; Él dice, lo conseguiste señora catedrática; Ella ríe y dice, también tú; creo que puedes llegar a saber cuantas hojas tiene este bosque; Él sonríe, con mediciones adecuadas quizás pueda conocerlo, dice. Se abrazan, se buscan y acaban amándose sobre el lecho de hojas; están ensimismados, no me ven. 

   Una intensa luz ilumina el bosque y el trueno lo hace temblar; el cielo casi negro deja caer gruesas gotas; vuelvo a mirarles, no les veo, alrededor no hay nadie, solo arboles y lluvia. Camino, pienso, he de encontrar el sendero, me llevará a la carretera y por allí a casa. Solo veo arboles, sigo adelante, estoy rodeada de arboles y lluvia más intensa cada vez; pienso, voy en sentido contrario al sendero, no oigo el riachuelo que podría guiarme, pienso, la lluvia no me deja escucharlo; tampoco es este el camino, pienso que estoy dando vueltas en circulo, todos los troncos son iguales; el agua resbala por mi pelo se desliza por el cuello de mi gabardina y está mojando la ropa que llevo debajo; también mis botas están llenas de agua; no distingo mas allá del árbol que tengo delante, pienso que tengo que seguir, no puedo rendirme, pienso, he de encontrar el sendero y desde allí la carretera que me llevara al pueblo y a casa. La ansiedad, el cansancio, el miedo, una noche en vela, un bosque infinito y esta lluvia, pienso, es una suma de resultado infalible. Sigo caminando. Un grito se ahoga en mi garganta, está delante de mí, parece el tronco de un árbol pero tiene figura humana; el agua resbala por el negro impermeable que lo cubre entero; el temor me paraliza; emite un sonido que no entiendo, el gesto de su mano indica que le siga, pienso que no tengo alternativa, le sigo, camina muy deprisa, temo perderlo, caminamos un tiempo que parece eterno, la lluvia sigue, tiemblo, pienso, estoy agotada voy a caer, le sigo. Me alivia ver el sendero, la lluvia suena más fuerte que el riachuelo, pienso, estoy mojada como si me hubiera sumergido en él. Le sigo, pienso, cada vez anda más deprisa, o me lo parece. 

   En la carretera, hemos llegado, hay un coche furgoneta, abre la puerta y me indica con gesto imperativo que entre, rodea el vehículo y abre la otra puerta, se quita el impermeable, se sienta, cierra la puerta y lo deja detrás del asiento; coge de allí una manta y me la da; me cubro con ella, huele como si hubiera arropado a la humanidad entera, y el coche a rebaño. Le miro y pienso, su perfil es clásico, el pelo gris, rizado, su ropa es vieja y concentra el olor del bosque. Conduce despacio, atento a la carretera, el coche se mueve como una barca entre el agua; sigue en silencio, aun desconozco su voz. Cierro los ojos y me dejo llevar; pienso, es Caronte que ya está aquí, hace cinco meses que le invoco; estoy muy cansada, tiemblo pero me siento en paz.

   Nos detenemos. Abro los ojos y encuentro los del conductor mirándome, negros, brillantes; escucho su voz por primera vez.

    Hemos llegado, dice

    Su mano señala detrás de mi, allí, como una aparición está mi casa envuelta en la lluvia.

    Sabe donde vivo, digo

    Si

    Vive en el pueblo

    No, en la aldea

    Le conozco

    No, usted nunca me vio

    Creí que estaba muriendo, digo

    Todavía no es el momento, dice

    Tiene que entrar, quitarse esas ropas mojadas, esta temblando.

    Quisiera darle las gracias, digo

    Otro día, dice

   Atravieso la lluvia, llego a la puerta y desde allí le miro, hace un gesto de despedida, yo también, él da vuelta al coche y se marcha por la carretera.

   Sentada delante de la chimenea, mirando el palpitar de las llamas, pienso, todavía no es el momento como dijo él. Siento el alma de la casa, teníamos pensado vivir en ella la mayor parte del tiempo, cuando dejásemos de trabajar. He decidido quedarme, quiero comprobar cuántas palabras necesito para contar una historia.

Pepa Lopez Albelda














 


EL JUEGO ES UNA CURVA

Fui a ti, la carretera llenas de sombras me llevaban a ti de nuevo, cuantos recorridos podríamos contar desde el instituto a nuestra casa, mil curvas de serpientes nos atrapan, montañas de fuego al atardecer, frenazo, parada forzosa y gritar en medio de la nada, en estas montañas surcan los colores de la sangre, te beso, no me  besas, reímos como niños, te cuento las mil chorradas de los alumnos que me han pasado durante el día, tu no cuentas nada, solo tu carcajadas me llevan de nuevo a tu silencio. Dejo suelta la niña que hay en mí.

Ahora después de 10 años la misma carretera, vuelvo al mismo atardecer, sabes que sin atardecer me vuelvo tan ausente como tú, pienso que me esperaras  en la curva, pero no estas, tú nunca estas, solo estas cuando quieres sorprenderme, luego de nuevo te alejas, de nuevo el juego maquiavélico, nuestro juego, acelero, tengo la sensación de peligro, mi intuición es matemática, como profesora en la materia que soy hace tantos años.

Llamo al timbre, nuestra casa, otro lugar ahora, no reconozco los arboles  sedientos de  vida, hay muerte, hay locura bajo las baldas que me gritan vete, no me abres, me inquieto, vuelvo a llamar, no me abres, hace frio, es diciembre y la humedad se intercala con mis pensamientos como gotas de duelo en mis lágrimas. Me voy , quiero irme,  tu abres la puerta, no te reconozco pero te abrazo, silencio que duele, te abrazo tanto que te corto mi respiración, me sale decirte te quiero, mis lágrimas asoman mil ventanas de hielo tras un velo de algodón, te quiero te digo otra vez, de nuevo tu silencio de diez años, de tus horas a mi lado bajo el frio de la leña, oigo el crepitar del fuego,  vuelvo a oír desde hace diez años el fuego como cada noche, tu respiración, tu lejanía, estoy tan nerviosa que no me reconozco, me pongo más nerviosa, me estoy llorando  como si dijera me estoy meando, manda huevos, me rio de mis pensamientos para ahuyentar mi melancolía, me vuelvo a desdibujar.

Entramos a la casa, me sirves una copa de vino, me siento tan fría como tu frialdad misma, estoy  de nuevo en la nada, tú te sientas frente a mí, no me tocas, de nuevo me vuelvo a diez años atrás, me acaricias de lejos con tu mirada, te digo que bonitos son tus ojos, son como los de mi padre, joder  me arrepiento de habértelo dicho, tú me sonríes, yo tiemblo de mi  misma, de caer de nuevo en este juego, en tu locura.

-¿Por qué me has llamado?

 -Necesitaba tenerte a mi lado

Me voy a la cocina a respirar, me falta el aire,  en la mesa tus medicamentos, los parches de morfina, quiero irme de mi vida, de tu vida, pero las palabras se cierran en mi cerebro con mil puertas.

¿Y ahora que vamos a hacer? Susurro  

Nada, solo tenernos

Cojo el bolso, salgo de tu casa corriendo, me meto en la noche, las ruedas vuelan en mi locura, ahí está la curva, acelero, pienso en ti , la nebulosa de la noche me envuelve, todo da vueltas, tu sonrisa me hiere como una animal salvaje pero te sonrió, y solo puedo decirte, te quiero,  al fin la paz.


jueves, 26 de noviembre de 2020

No le haces bien a mi vida

 


                                    Te amo pero no le haces bien a mi vida



Me ha vuelto a visitar esta rabia que me hace exagerarlo todo. A veces creo que no estoy cuerda. Me miras en silencio y escuchas con atención mis quejas, casi siempre son las mismas. Esta vez he cruzado una linea sutil, ya no hay marcha atrás. No puedo seguir así. Tu sólo escuchas pero no hablas. Me siento confusa, sola y frustrada. Es impredecible no sé en que momento va a estallar, percibo sus cambios de humor y me adapto. Sin embargo la amo con todo mi corazón. Es lo mejor que me ha sucedido en la vida. Me pide que me vaya y me alejo a mi pesar.

Por fin me deja un poco de espacio, me ahogo, siempre tan cerca de mi, me siento invadida, ahora estaremos unos días sin hablar. Me siento culpable cuando le veo marchar cabizbajo. No tiene ningún sentido seguir juntos. Ya han pasado dos años desde su accidente. Ha sido un bello compartir: besos, abrazos, caricias, risas, complicidad, ternura, confidencias. Volvería de nuevo a empezar. Te amo pero no le haces bien a mi vida.

Sé que me ama está atravesando un mal momento, estaremos unos días separados y todo volverá a la normalidad. Voy a ser más prudente y no molestarla, ella sabe que la quiero. No soporto estar sólo en casa, entre estas cuatro paredes. Aquí me quedo tumbado en el sofá, sin energía como si estuviera muerto y veo las horas pasar, le prometí que ordenaría los trasteros, limpiaría la casa. No puedo.

Tan parecidos y tan diferentes. Su energía me absorbe. Me abrazan la dejadez, la pereza y la apatía. Me lleno de alegría, de ilusión cuando estamos juntos, lo eres todo para mí. Renazco. No necesito nada más, sólo estar contigo.

A fuerza de mimarte y cuidarte me olvidé de mí, he perdido mi ilusión, no me reconozco. Te amo pero no le haces bien a mi vida. 



miércoles, 25 de noviembre de 2020

       

 FAMILIA Y LIBERTAD

“Buena suerte Quit”, gritó Mercedes mientras yo cerraba la puerta de nuestro piso compartido de Madrid, adonde  había ido a estudiar un Máster de Derecho Civil en la Complutense. Me había llamado por la mañana mi hermano desde Valencia y me había dicho que la cosa se había puesto chunga. “Chunga” había dicho, como si yo al ver su nombre en la pantalla del móvil no supiera ya que algo grave pasaba. Hace años que no soporto a mi hermano y si me llama sé que son malas noticia: es como el dicho ese francés que dice: “si no hay noticias son buenas noticias”. Bajaba por Fuencarral hacia Atocha pensando en la mala suerte que he tenido con mi hermano pequeño. Higinio es un frívolo: se hace llamar Higgy y es el eterno adolescente; con veintisiete años sigue fantaseando con triunfar en el mundo del Rock. Y también iba detestando el maldito ruido que hace la maleta de ruedas al deslizarse por la acera. A veces, aunque soy una treintañera, me siento como una cincuentona cascarrabias. El tren salió con puntualidad británica, detesto la impuntualidad. En poco más de hora y media estaría en València. Saqué mi libro “Libertad y familia” de Encarnación Roca (Vicepresidenta del Tribunal Constitucional) y me puse a disfrutar del conocimiento. A la altura de Tarancón una espesa niebla se tragó al tren. De tanto estudiar, con apenas treinta años, ya tengo presbicia y, sin la suficiente luz, no me veo tres en una burra —me encanta pasar las metáforas al femenino—.  Abandoné la lectura y una punzada del más puro rencor me subió desde el estómago, o, más abajo aún, desde las tripas. Hace poco leí que las tripas tienen neuronas y piensan. El concupiscente de mi hermano me hace perder el control de mi ser y la ataraxia, labrada a base de meditación trascendental, desaparece y me sumerjo en un mar de ira. Detesto a la gente irascible, pero cuando pienso en Higinio pierdo el control. Me tiene envidia desde que aprobé la oposición a jueza con tan solo veintisiete años. Pero, claro, él lo niega y me viene con sus monsergas de bohemio: «Ni yo soy envidioso ni tú eres envidiable» me suele decir. Yo no sé porque es así, si hemos tenido unos buenos padres, si acaso, el único defecto de papá es que nos puso a competir desde niños, pero claro, como mi padre  se ha hecho a sí mismo y tiene mucho éxito entre la abogacía valenciana, pues pensaría que así nos haría fuertes y competitivos, como si fuéramos de los Estados Unidos de América. La competitividad de papá, además, quedaba neutralizada por mi madre que está muy contenta con su trabajo de funcionaria y disfruta con su gran afición por la literatura. De hecho, a mi me puso Quiteria porque es el personaje de su capítulo favorito de El Quijote: “Las bodas de Camacho”. El nombre de mi hermano lo eligió papá, pues, pensaba que era un nombre digno de un juez, mamá le quería llamar Basilio. El idiota de mi hermano dice que me hago llamar Kit porque me considero con la cabeza bien amueblada.

La monotonía paisajística de la llanura conquense todavía era peor hoy —pensé—, la niebla omitía todo paisaje con su blancura inmaculada, y yo seguí dándole vueltas a la guitarra eléctrica que le regaló mamá a Higinio cuando tenía ocho años, la vida son detalles y quizá en aquél estuvo la desgracia de mi hermano, que todavía no ha parado de soñar con llegar a ser una estrella del rock. Aunque no se ha drogado en su vida siempre ha imitado las letras del Nacho Vegas y va de artista maldito: “La sangre resbala por mi brazo, cuando me olvido de ordenar los muebles, y de ti“—dice una de sus canciones—. Claro está que no es creativo ni auténtico.

Detesto que la gente pase por la vida sin hacer nada —nada de provecho, quiero decir—. Desde pequeña yo ya sabía lo que iba a hacer con mi vida. Mi hermano me decía que los que nacen mayores mueren en el vientre de su madre. Y si nacen sin cerebro como él, pues hale, a comer, beber, dormir y follar que son dos días — ¡No te digo!—. Me comenzó a subir una llamarada de fuego por el esófago y me puse a contar respiraciones, antes de llegar a la tercera ya estaba pensando en lo que yo había hecho mal. Todavía me duele no haber podido llevar a Higgy por el camino correcto, no el bueno, sino el correcto. Y no es excusa que mamá se fuera de casa hace quince años. Él bien que se quedó con papá y soportó sus manías para vivir a cuerpo de rey. Yo tenía dieciocho años y me fui a un piso compartido en Benicalap, porque no soporto las manías de mi padre. Cuando papá se lió con la pasante de su despacho, veinticinco años menor que él, Higgy se fue a vivir con mamá. Por entonces mi hermano ya tenía veintiuno y seguía sin hacer nada con su vida, mientras yo me dejaba los ojos estudiando la oposición a jueza. Sin hacer nada es imposible: él cambiaba de novia cada tres meses, bebía cerveza y andaba de conciertos. Fue ese año cuando abandonó sus estudios de filosofía. Es tan odioso mi hermano que con veintisiete años sigue igual. Detesto a Higgy. Desde luego, que sí que consiguió mi padre, con su máxima alejandrina: “Divide y vencerás”, dividirnos y salir victorioso. Aquí estoy yo en el tren con este ataque de rencor y yendo a verlo al hospital. A la altura de Requena la niebla se disipó y pude continuar con la lectura de “Libertad y familia”, volver al mundo del conocimiento me hizo recuperar la ecuanimidad.

Vaya mierda de vida llevo pegando bandazos, nunca mejor dicho, pues, he fracasado ya con tres bandas. Con veintisiete años y sigo viviendo con mi madre y ahora se muere papá —“Puta vida”—. Ahora, que yo nunca diré, ni en el lecho de muerte siquiera: «Que me quiten lo bailao», vaya expresión pesimista. La señorita jueza ya debe estar atravesando el paisaje rojizo otoñal de las vides de Utiel-Requena—pensé—

  —Ana, creo que deberíamos ir saliendo hacia la estación —comenzó a decir Higgy en el pisito de Lladró i Mallí— la señorita jueza Kit debe estar ya por Requena.

A lo que repuso Ana Pin Buj:

  —Cuando estemos con tu hermana haz el favor de llamarme mamá, ya sabes cómo se pone cuando me llamas por mi nombre.

  —No me toques las narices Ana, que la seca de mi hermana ya podría comenzar a vivir y dejar de detestar; detesta el sexo, el alcohol, bailar…en fin, detesta vivir, por muy ecuánime que ella se crea. La muy subnormal se cree que todo el mundo la envidia. Y se cree guapa con ese pedazo de nariz. Todo es culpa de papá. Y siento decir esto ahora que se ha puesto tan enfermo, pero es lo que pienso. Y ya va siendo hora de que yo diga lo que pienso…

Recorrimos Giorgeta sin pronunciar palabra. El desasosiego me atrapa cada vez que voy a ver a mi hermana. En el panel de Joaquín Sorolla comprobamos que el tren llegaba a su hora. Es magnífico que el AVE nunca se retrase, seguro que Quiteria no lo detesta.

Pobre hermana como está tirando su vida, y lo que es peor es que ya ha tirado su juventud. Ni birras, ni sexo, ni rock´roll. La pobre de Kit sólo ha tenido un rollete de verano con treinta años cumplidos; nunca ha fumado ni bebido. Su dominio sobre las pasiones y el deseo la llevan a planificar el futuro como si fuera un estado socialista. Cuando la oigo decir que hasta los treinta y cinco pasa de los hombres y que “vaca sola  bien se lame” —encima en femenino, con su extraña manía, porque “buey solo bien se lame” queda mejor—me entran unas ganas tremendas de echarle un jarro de agua fría por la cabeza a ver si espabila y deja de pensar en el porvenir.

Faltaban doce minutos para que llegara el tren y salí a fumarme un cigarrillo y a llamar a Berta, Ana se quedó en el andén rodeada de gentes con mascarilla. Nunca pensé que llegaría a enamorarme de alguien, pero con Berta ha sido diferente, llevamos ya cinco meses, todo un record para mí. Aparte de su gran corazón y su espontaneidad, lo que me acabó de enamorar fue cuando me dijo que quería tener dos hijos conmigo y llamarles Judas y Caín, para que no tuvieran tocayos y aunque fueran chicas. Lié mi cigarrillo y llamé a Berta. Al primer timbrazo contestó:

  —Hola Higgy, ya estaba desesperada de que no llamaras. Que tal la noche en el hospital con tu padre — me preguntó Berta preocupada—.

  —Bueno, no muy bien, yo no he pegado ojo y mi padre no parece él: ha perdido todo su temperamento y su carácter y está muy asustado. Estaba mal y por eso no te he llamado antes. A las diez me he ido a casa de Ana y he dormido hasta las seis. Ahora ya estamos esperando a Quiteria en Joaquín Sorolla, son las siete y veinte y el tren llega en doce minutos. Necesitaba hablar contigo para relajarme. Ya sabes el desasosiego que me causa mi hermana con sus verdades absolutas.

   —Tú estate tranquilo y ya sabes que la familia es la familia y en los momentos malos siempre hay que estar unidos —me interrumpió Berta con su gran corazón, pero no dándose cuenta de que la estaba llamando para desahogarme un poco—.

  —Tú no sabes lo que es tener una hermana mayor con la cabeza bien amueblada; nunca duda de nada ni se hace preguntas; como te digo siempre: no hay nada peor que la gente con las cosas claras, y me hermana es una de ellas. Como me empiece a dar la charla, en estos momentos, con el camino correcto y la realidad, me da un ataque.

  —Desde luego que menudo tostón de hermana te ha tocado debe ser insoportable, pero bueno, es lo que hay y tú debes comportarte, no permitas que te baje la autoestima y no os enfadéis.

  —Oye Berta, mi hermana no es un tostón y tampoco es insoportable, que la tía se lo ha currado un montón y lo único que quiere es protegerme. Venga, ya hablamos mañana que debe estar a punto de llegar, Un beso, ciao.

  —Ciao Higgy, te quiero.

Cuando regresé al andén con mi madre faltaban tres minutos para que llegara el tren. Ana y yo nos moríamos de ganas de ver a Quiteria, pese a las circunstancias. Y  Ana me recordó que delante de Quit la llamara mamá, y añadió: “ten paciencia con tu hermana”.

El libro de “Libertad y familia” se me atragantó cuando comenzaron los túneles de la entrada de Valencia. Bajé del tren entre la multitud en fila, detesto ese momento de la llegada. La sangre es la sangre, y cuando vi a Higgy y a mamá, esperando en el andén, se me puso el corazón en un puño. Abracé a mamá con los ojos cristalinos y saludé a Higinio: “¿Qué tal rockero?”  “Cada vez mejor, azote de malhechores” —me contestó—. Necesitaba una ducha antes de ir a la clínica y les propuse ir a mi casa de Buen Orden. Papá nos daba cincuenta mil euros cuando cumplíamos veintiuno, yo me hipotequé; Higgy se compró una Volkswagen: dispuesto a vivir sobre ruedas. Mi madre soltó una de las suyas:

  —Vas hecha una birria, Quiteria. Mañana mismo vamos de compras, y vayámonos de aquí que esto está lleno de miasma —nos interpeló para que saliéramos de la estación—.

Escuchar las palabras birria y miasma me hacían viajar a mi infancia, a otros les pasa con el sabor de  una magdalena, o con el olor del bosque mojado, o con el tacto de una cazadora, o con el paisaje de una playa. A mí me pasa con las palabras de mi madre: mi pasado me entra por los oídos. Un extraño bienestar (el bienestar siempre es raro)  sentí cuando el agua resbalaba por mi cuerpo, sabía que mi hermano y mi madre estaban en mi casa. En el taxi hacia la clínica me pusieron al corriente del estado de mi padre. Higinio se estaba comportando como un buen hijo y comenzó a contarme:

  —Mira Quit, papá nos ocultó que le apareció sangre en las heces durante el confinamiento. En cuanto pudo se realizó las pruebas oportunas y el resultado fue que no tenía nada maligno. Lo raro es que no me llamó él para contármelo, fue Maria José la que me lo contó.

  —No puedo entender a papá —interrumpí a Higgy— cómo es posible que haya acabado casándose con Maria José, ¡si es más joven que yo!

  —No me interrumpas con tus caminos correctos y deja que te lo cuente del tirón. El caso es que en julio y agosto se fueron a la casa de papá de Deià y no volvió a sangrar en todo el verano. En septiembre volvieron los juicios y todo parecía normal, pero a mitad de octubre comenzó a sangrar de nuevo. Los médicos están convencidos de que es un cáncer en estado terminal. Lleva tres días ingresado y  están confirmando el diagnóstico. Y eso es todo, hermana.

Cuando Higgy acabó de ponerme al día enmudecí. Sólo al bajar del taxi, en Blasco Ibáñez, se me ocurrió preguntar por Maria José.

  —Pues eso es lo curioso —comenzó a decir mi madre—. Yo no soy ninguna alcahueta, pero no me parece normal que desde que han ingresado a tu padre haya desaparecido.

Alcahueta había dicho, entré a la clínica sintiéndome una niña. La visita iba a ser corta y a dormir sólo se podía quedar Higinio. Cuando papá nos vio entrar a los tres se puso a llorar como un niño.

  —No papá, no llores, que todo va a ir bien, seguro que hay una solución —dije sin mucha convicción—.

  —Perdona hija, que alegría verte. Ya sabía yo que me tenía que haber cuidado más. Y vosotras decíais que eran manías y obsesiones…tenía que haber comido lentejas los miércoles y los domingos.

Aguantar la carcajada me resultó lo más difícil que había hecho en mi vida, y eso que yo no me lo pongo fácil. Comencé a decirle lo buen padre que había sido y la infancia tan feliz que habíamos tenido Higinio y yo. Empecé a contar anécdotas graciosas y mi hermano, como es normal, soltó una de sus gracias “Buen padre ni buen padre…si lo fuera te hubiera dado unas cervezas a los quince”.

  —Venga Higinio —le reprochó papá—que tus gracias sólo las entiendo yo porque soy tu padre. Y ahora dejadme descansar que estoy muy débil.

En el hall de la clínica nos despedimos de Higgy que se quedaba a dormir. Mamá y yo nos fuimos cada una  a su casa y no pronunciamos palabra en el taxi, que me dejó primero a mí en mi destino de Buen Orden (adoro el nombre de mi calle y de mi barrio: Arrancapins), y llevó luego a mamá a Lladró i Mallí.

Al día siguiente me despertó una llamada de mi hermano a las siete y diecisiete, cuando vi Higinio en la pantalla del móvil, pensé que papá había muerto. Todo lo contrario. Me dijo que fuéramos hacia allí: el médico le había dicho que nos llamara porque tenía buenas noticias y quería que estuviéramos los tres. También le había dicho el doctor que mi padre no paraba de gritar: “Me he equivocado, mierda, me he equivocado”.

El Dr. Biendicho nos dijo que en la biopsia habían descubierto cristales de bombilla y trozos de cáscara de nuez en  el colon. No sabían el método que habían utilizado, pero estaba claro que a papá le habían intentado provocar un cólico miserere. El arma del crimen había aparecido rodeada de pieles de lenteja, lo que hacía sospechar al equipo médico que alguna relación debía existir entre una cosa y la otra.

Cuando salimos del despacho yo volví a sentirme como una niña, el médico había dicho cólico miserere, y era una expresión que usaba mi madre para que comiéramos fruta de pequeños. Los tres sospechamos que la autora del crimen había sido la joven mujer de papá. Las buenas noticias fuimos a celebrarlas a un restaurante de La Alameda. Tras beberse una botella de vino y una de cava, mi madre y mi hermano, se pusieron eufóricos. Yo sólo había bebido una Coca Zero y una copa de cava para brindar, pero también estaba eufórica. De repente mi madre dijo que si nos acordábamos del poema de “Las bodas de Camacho” que memorizábamos de niños, y los tres nos pusimos a  declamarlo en voz alta, valga la redundancia:

  —Soy quien puede más que Amor, y es Amor el que me guía; soy de la estirpe mejor, que el cielo en la tierra cría, más conocida y mayor. Soy el Interés, en quien pocos suelen obrar bien, y obrar sin mí es gran milagro; y cual soy te me consagro, por siempre jamás, amén.

Todas las mesas nos miraban como si estuviéramos locos. Pero si algo bueno tiene mi familia es que nunca fuimos tímidos. Al día siguiente no quise que vinieran a la estación a despedirme, y no es que deteste las despedidas, es que he decidido  dejar de exhortar a mi hermano hacia el camino correcto con mis injerencias.

En el trayecto de vuelta a Madrid pensé en la familia y la libertad y decidí escribir un cuento con los dos días que me habían hecho dudar de mis convicciones más férreas. Cuando el tren entraba en Atocha ya lo había acabado y había descubierto que la legislación y la vida van por caminos diferentes. En una terraza de la Plaza Olavide, mientras tomaba una Coca Zero, me di cuenta de que mi familia es de lo más normal. Cuando suba a casa quemaré este cuento chino. Y, claro, me dejaré de ir por las ramas con Antonio, mañana mismo. Que me aspen si no comienzo a discernir entre la vida y la muerte y dejo de tener miedo a la vida…y a la muerte. Cuando entré en casa me noté el corazón y no lo detesté. Pero cómo hacer para vivir una vida sin equivocarse, si no está codificado en ninguna legislación vigente del mundo.

La cafetera entraba en ebullición mientras iba recordando mi sueño. Qué bien había dormido tras estar en el sofá cama de la clínica cinco noches, me encanta el olor de Berta, quizá deberíamos comenzar a vivir juntos. Cuando Berta entró en la cocina ya le había preparado un desayuno completo con sus tostadas, su zumo de naranja y el café recién hecho. Desayunamos en silencio, nos bastaba mirarnos a los ojos para ser elocuentes. Cuando acabamos de desayunar le conté mi sueño: “Ha sido el sueño más real que he tenido en mi vida. He sentido la muerte de los grandes, me he sentido consagrado con veintisiete años y me he sentido morir como Hendrix, Joplin, Cobain, Amy, Morrison… cuando he llegado al paraíso de los rockeros me han despedido por falta de talento, al recuperar mi cuerpo mortal ya nadie me llamaba Higgy”. Estoy pensando en hacer un curso de cocina, tú y Ana siempre me decís lo bien que cocino.

Escribí mi nombre y me puse a volar por un libro que se llamaba como yo: Ana no sé qué, el escritor era un ruso decimonónico y la primera frase me hizo ponerme a pensar: “Todas las familias dichosas se parecen y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.” Me quité las gafas y me sentí enganchada a leer ese libro. Me puse a pensar en que las familias desgraciadas no existen, son una dimensión de la literatura para crear obras maestras. Me puse las gafas y continué leyendo.

       

El castigo

La puerta tiene una mirilla y me permito echar una ojeada antes de llamar. El despacho no es demasiado grande y la mesa ocupa casi toda la sala. Tras ella, está sentada una mujer de mediana edad, pelo rizado y canoso. Con una pluma estilográfica, escribe con avidez mientras tamborilea el escritorio con los dedos de su mano libre. Sentado de espaldas a la puerta está mi hijo. No puedo verle la cara, pero me lo imagino serio, con esa expresión que pone siempre que maquina los argumentos con los que se defenderá. Doy dos golpecitos con el puño y la directora me permite pasar. Marcos gira ligeramente la cabeza hacia mí, pero la vuelve enseguida. Es evidente que en el fondo sabe que lo que ha hecho está mal, así que me recuerdo a mí misma que no he de caer en sus excusas baratas. Me siento a su lado y les doy las buenas tardes a ambos; la directora se presenta y nos estrechamos la mano. Comienza el juicio. Dice que tiene que comentarme algunas de las infracciones que Marcos ha cometido en lo que llevamos de curso, es decir, dos semanas. Según sus profesores, en lo que llevamos de curso, Marcos ha decorado el techo del lavabo con papel higiénico mojado, ha lanzado material escolar por la ventana de su aula, ha robado el Dalsy de la enfermería, ha hecho más de veinte contestaciones impertinentes, se ha pegado con un niño llamado Brian, ha lanzado mandarinas al recreo de preescolar y ha quemado con un mechero trocitos de libreta. Por ello, desde dirección se ha tomado la decisión de expulsarlo una semana. Todo esto me lo cuenta dirigiendo miradas de reproche hacia mi hijo, que hace como que no escucha nada mientras dibuja circunferencias con sus pulgares. No sé qué me enfada más, si la actitud pasota de mi hijo o que esta mujer no me mire cuando me habla. Le digo elevando la voz que el castigo me parece adecuado y que, desde luego, no va a salir fuera hasta Navidad. Esto último es mentira, pero estoy tan enfadada que suelto lo primero que se me pasa por la cabeza. Me digo a mí misma que lo primero que haré nada más llegar a casa será esconder su hucha y deshacerme de unos cuantos tebeos. Sí, seguro que así se arrepentirá. Antes de marcharnos, la directora me da toda la explicación sobre el proceso de expulsión, aunque tampoco me hace falta, ya me lo sé. ¿Qué haré mal? ¿Acaso me falta autoridad? ¿Por qué se porta bien como otros niños? Nunca he llegado a averiguarlo, pero hoy no voy a pensar más en ello. Estoy cansada.
Antes he entrado sola al colegio, ahora salgo acompañada. El camino hacia casa se hace largo porque yo todavía no quiero decir nada, y él parece que tampoco, pero no le queda mucho. A tres manzanas de nuestro portal comienza la defensa. Dice que pegó el papel al techo porque quería arreglar una grieta, que lanzó un bolígrafo porque se le acabó la tinta y vio una papelera en la calle, que robó el Dalsy porque le dolía la cabeza y la enfermera no quiso darle nada, que los profesores le tenían manía porque él era más listo que ellos, que Brian le escupía al hablar, que los de preescolar no tienen sentido del humor y que quemó la libreta porque quería que se pareciese a un manuscrito antiguo. Y lo peor es que estará convencido de que tiene razón. Ya me lo conozco.

Estoy muy nervioso porque no se que va a hacer conmigo. He de pensar en dos cosas al mismo tiempo: en cómo responderé a sus siguientes preguntas y acusaciones; y en todo lo que tengo que esconder antes de que me lo quite; pero como soy un hombre me cuesta pensar más de una cosa a la vez. Bueno, en realidad lo segundo no es tan importante, total, sé dónde esconde mis cosas cuando me castiga, siempre lo hace en el mismo sitio. Hay que ser estúpido. Al contrario que ella, yo soy inteligente. Soy el más listo de mi casa y de mi curso. Puede que incluso sea el más listo del país. Le he contado toda la verdad pero sé que no se va a creer nada de lo que yo le diga. Nunca lo hace. Puede que algunas de las cosas que hice no estuvieran del todo bien, pero no hay derecho a que me expulsen sin dejarme dar mi versión sobre lo que ha pasado. Mis profesores dan asco porque mandan y dicen cosas que no tienen sentido y lo peor es que cuando les corrijo arrugan la frente y me gritan. Ser mentalmente superior en un mundo de estúpidos tiene sus desventajas: nadie te entiende. Mientras pienso todo esto nos acercamos cada vez más a casa. Aún sigo nervioso, sobre todo porque mi madre se ha pasado todo el camino callada y seria, con esa expresión que pone siempre que maquina cómo hacerme la vida un poco más difícil. Nada más abrir la puerta me dirijo hacia mi habitación dando pasos rápidos pero disimulados. Tengo que asegurarme, por si acaso, de esconder mi dinero y mis tebeos antes de que ella los coja. Mientras lo hago oigo sus tacones acercándose, así que finjo que ordeno mis cosas. Pero no cuela. Me pide que le dé ya mismo lo que estoy escondiendo. Me niego y le digo que no me gusta que me hable así, por lo que entra y me da una bofetada. Cuando me pega significa que está harta, y no quiero que esté harta porque, entonces, ocurrirá lo mismo que la última vez que me expulsaron: se gastará mis ahorros en cremas faciales para viejas feas y quemará mis tebeos en la pila de la cocina. Decido dárselo todo sin pensarlo dos veces. Cuando se olvide de que las tiene ella, cogeré mis cosas de su escondite y las meteré en el mío, entonces ya podré llevar a cabo mi revancha sin correr peligro. Pero antes he de pensar cómo vengarme. Haga lo que haga, no puede enterarse de que he sido yo porque se pondrá aún más harta. Como me ha quitado los tebeos, no tengo nada con lo que divertirme, así que aprovecho para coger ideas para mi venganza dando vueltas por la casa. Lo primero que hago es entrar en su cuarto y abrir el cajón donde guarda las cremas faciales para viejas. Se me ocurre utilizarlas para pintar un cuadro, pero enseguida me acuerdo de que ya hice eso la última vez, por lo que no sería original. No encuentro nada interesante en ese cajón, así que voy a cerrarlo, pero justo antes veo algo dentro que me llama la atención. Es un envoltorio cuadrado donde pone "Durex" en grande. Me acuerdo de aquella vez en la que Juan se trajo un envoltorio igual a clase. Yo le pregunté qué era y me explicó que los hombres se lo ponían en el pene para no dejar pasar el semen dentro de la mujer y dejarlas preñadas. Del envoltorio salió un plástico pringoso y alargado. Agradezco haber encontrado uno en casa porque me ha dado una idea. Si mi madre tiene uno de estos es porque no quiere quedarse embarazada, así que frustraré sus planes. Cojo una aguja del costurero y perforo el envoltorio sin que se note demasiado. Ahora el semen se colará por los agujeros y nacerá un hermano malvado. Seremos dos niños vengándonos, uno contra dos. ¿He dicho ya que soy el más inteligente del país?

martes, 24 de noviembre de 2020


                                                                  SILENCIO

A través del gran ventanal veo el rojo horizonte, por él ha entrado el sol; la penumbra azul se va metiendo en el aire, despacio, con sutiles capas, despacio va cubriendo el rojo para convertirlo en noche oscura; como si el tiempo estuviera imitando un cuadro de Mark Rothko. Tengo que trabajar mucho para conseguir algo así en mis próximos lienzos; cueste lo que cueste. Ya está en las nubes como siempre, pensando en esos puñeteros cuadros que pinta donde no hay nada, solo un color encima de otro, tapando uno con otro. Cuando la conocí, sí que había cosas en ellos que uno podía reconocer y tenia mucho éxito; pero ahora nada de nada, y encima no los vende. Ademas, cada vez cuida menos de su aspecto y ya no puedo llevarla conmigo cuando necesito que mi mujer me acompañe. No se que es lo que busca. Deslizo la mirada para encontrarme con él, sentado frente ami en el sofá de terciopelo amarillo; sus ojos están fijos en mi, pero no me ven. Siento mis voz como un tañido que me invade diciendo: Veo tu silencio y... Él, el silencio no se ve, se OYE. Si lo escucho desaparece, y, DUELE; vuelvo la mirada hacia el horizonte, la oscuridad ha conquistado el aire; y, prendidos en el frio cristal estamos los dos.


Pepa López Albelda



“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...