miércoles, 5 de mayo de 2021

EL LIENZO DEL TIEMPO 

Mis primeros recuerdos son escenas retenidas en el lienzo del tiempo. Regreso otra vez al desván de casa de mis abuelos, envuelto todo él en la bruma de polvo que flotaba en el aire. De allí me rescató aquel día mi tía, la hermana mayor de mi madre, para llevarme hasta mi primer recuerdo; yo tenía entonces tres años. Estaba como todos los días perdida en mi ensueño, en ese espacio que sentía mío, solo mío. Era grande, habían muchas cosas en ese lugar, allí se guardaba todo aquello que no tenía utilidad. Cuando cerraba la puerta dejaba fuera un mundo remoto. 

Estaba en un ala del primer piso, y en la otra las habitaciones. Al entrar en él se encontraba a un lado la puerta del pequeño dormitorio de Pasión, la criada. Cuando ella se retiraba por la noche después de acabar sus tareas, me llevaba con ella y me contaba historias fantásticas. En las noches de verano subíamos las dos, con mi prima, a la terraza del segundo piso, porque desde allí se podían ver las películas, en la pantalla del cine de verano. En esa planta estaba también la cambra, que era el sitio donde se guardaban los melones colgados de las vigas para el invierno, las naranjas para el verano sobre un lecho de arena, y una jaula con conejos. A esa escalera de peldaños de burdo cemento, se accedía por una puerta desde el distribuidor de las habitaciones. En ella encontré hurgando detrás de un ladrillo de la pared ligeramente suelto, un hueco y en él una pistola; entendí que no era un juguete, me apresure a dejarla donde estaba y no le hablé a nadie de ese hallazgo; no quería volver a escuchar a mi abuela, con cara de enfado, decir por enésima vez, “!esta chiqueta escarbará un día hasta el cul del aguasil!”.

En mi desván, a continuación de la habitación de Pasión, había un andamiaje de cañas suspendido de cuerdas que permitían subirlo y bajarlo; eran restos de aquellos, que hacía años, usara mi abuela para cultivar gusanos de seda. Rebuscando entre los objetos que allí se guardaban encontré un pequeño cofre azul; de ese azul que aparece en el cielo cuando comienza la noche; con una llave dorada y dentro, si le daba cuerda sonaba música mientras una bailarina daba vueltas. Me hizo soñar ser como ella. 

Tenía tres ventanas: la del fondo daba al tejado de la cuadra donde en otro tiempo, cuando vivía mi abuelo, se guardaba el caballo y el carro que usaba para ir a cuidar los campos. Por esa ventana entraban y salían los gatos. Las otras dos daban al patio, y por ellas, el sol de la tarde hacia brillar, como tejida con hilos de oro, la tela que habían hecho allí las arañas. Mi prima también bordó con hilos de oro el estandarte para el Sepulcro de Cristo; era la imagen que formaba parte de la procesión del Viernes Santo; y el paso al que pertenecía el apellido de la familia de mi madre. Él me dio el primer temor junto a la encarnación de la muerte; cuando, como era costumbre entonces, una Semana Santa se nos concedió el honor de tenerlo en casa dos semanas. Lo situaron en la planta baja, en el cuadrante de la escalera que lo rodeaba por los dos lados; subir por ella era una secuencia rápida para llegar a mi refugio; bajar por ella era otra secuencia que me llevaba a la realidad.

Estos recuerdos se fueron guardando después en el elástico arcón de la memoria; pero el que abrió la puerta para meter una serie infinita de ellos, fue el día que mi tía me rescató del desván. Me bañó para quitarme el polvo y alguna telaraña que pudiera haber quedado en mi pelo y me puso el último vestido que ella y mi madre me habían hecho; confeccionarlos era su diversión de las tardes. Un vestido precioso, blanco, con una rosa en el pecho que había bordado mi prima, y detrás un gran lazo también rosa. Mientras me peinaba me dijo que íbamos a casa de mis padres para ver a mi madre, llevaba unos sin verla, porque mi hermano había llegado; me dijeron hacia tiempo que iba a venir pero yo lo olvidé.

Siempre que me vestían así era para ir hasta la plaza de la iglesia, donde estaba la pastelería que tenía una guirnalda de naranjas talladas en madera, pintadas, enmarcando la puerta, y dentro espejos que multiplicaban sus deliciosos pasteles; además la excursión incluía la compra de un cuento. Así que no me gustó la idea de ir a casa de mis padres; tampoco me gustaba esa casa, no era tan bonita como la de mi abuela; también mi madre estaba triste cuando estaba allí, porque mi padre siempre estaba indignado. Yo era feliz en casa de la abuela, ademas de ella estaban mis primos y sobre todo mi tía, como era viuda y sus dos hijos ya mayores yo era un juguete para ella. 

Cuando llegamos mi madre estaba en cama entre sabanas blancas, reclinada sobre almohadas parecía cansada, abrió los brazos para recibirme esperando un abrazo y cuando iba a ir hacia ella algo llamó mi atención. Maria su mejor amiga, estaba sentada a su lado en una silla y en su regazo, sobre un delantal blanco, que de mayor supe se guardaba especialmente para ocasiones como esa, y formaba parte del ajuar de una mujer, cuando lo tenía. Allí estaba lo que dijeron era mi hermano, mire sin acercarme, estaba desnudo, no era como mis muñecos: se movía, era más grande, estaba rojo y chillaba. Me preguntaron si me gustaba, no lo pensé , dije que no y que mejor sería que lo tiraran. Todas rieron, yo me refugié en las faldas de mi tía y le pedí que nos fuéramos. Cuando salimos, ella, para que olvidara el disgusto, me llevo a la pastelería y luego me compro el cuento.

Más tarde comprobé que gracias a mi hermano, yo pude seguir más tiempo en casa de la abuela con mi tía, no tenía que compartirla, tampoco el desván, nunca dejé jugar en él a nadie más. Mí padre ya tenía a su hijo y no me exigía que me fuera con ellos a su casa. Mi madre venía cada día cuando mi padre se iba a trabajar. La abuela y él eran dos mundos enfrentados, todavía en contienda, cuando venía a recogernos para volver a casa yo siempre me negaba. Así fue hasta que mí tía murió.

Pepa Lopez



miércoles, 28 de abril de 2021

DURANTE UN PASEO 

Llevaban más tiempo de su vida juntos que separados, cincuenta años para ser exactos. Consideraban una suerte haber conseguido darse uno al otro felicidad. Haber criado y educado tres hijos, todos ellos ya casados, y nietos que les permitían disfrutar de ser abuelos sin grandes sacrificios. La pandemia que estaba asolando el mundo, les tenía restringidas las relaciones sociales, familiares y otras distracciones como viajar. Un largo paseo era la única salida que podían hacer cada día. En la casa ya estaba todo en orden: la cocina después del desayuno, tarea de él; lavadoras y comidas trabajo de ella; de la limpieza a fondo, se encargaba un día a la semana la asistenta. Por lo tanto era el momento de salir, como cada mañana, a caminar los ocho kilómetros para seguir manteniéndose en forma.

-¿Qué dirección tomamos hoy? -dijo él, mientras se ponía la cazadora. 

-Me gustaría ir al paseo marítimo para ver la escultura, de la que nos habló mi sobrina; la han colocado junto a las banderas. 

-Vale, hoy es un buen día porque está nublado y es laborable, habrá poca gente

-No parece que vaya a llover -dijo ella cerrando la cremallera de su gabardina, mientras entraban en el ascensor.

-Podemos ir por las avenidas que atraviesan la universidad, hoy estará abierta la verja.

Caminaron un tiempo con las manos entrelazadas como solían; cada uno con sus pensamientos.

-Hoy también me entristece ver los árboles llenos de ramas secas, nadie está dispuesto a quitárselas – dijo ella dando voz a su pensamiento.

-Ya... todos los días lo dices.

-De todas las ciudades que hemos visitado, esta me parece la más descuidada; !mira cuánta suciedad, esos papeles y plásticos llevan ahí meses!

-Es algo endémico de esta ciudad, no importa quién la gobierne -dijo él- Parece que es bastante común en los países mediterráneos; acuérdate de Sicilia.

-Si...

Llegados al marítimo se detuvieron a contemplar el mar; gris como el cielo; solo un grupo grande de gaviotas, daban puntos de luz y movimiento a la ancha franja de arena. Y por el agua...

-!Qué rápido se desliza ese catamarán, que envidia! -dijo él.

-Si, como el que tuviste tú.

-Y en el que nunca conseguí que vinieras conmigo.

-Soy de tierra adentro; me intimida la profundidad del mar.

Siguieron caminando hacia la escollera y se cruzaron con pocos paseantes. Una ciudad donde los días de sol son habituales, incluso en invierno, uno nublado aleja a la gente. Él se ajustó bien la bufanda, volvió a cogerla de la mano, se la estrechó suavemente y dijo.

-Por cierto, ayer volviste a recordar lo sola que te sentiste, cuando los niños eran pequeños.

-Sí...

-Vuelves a ello una y otra vez.

-Porque en lo hondo de mí, aún duele.

Él se detuvo, brevemente, la miró y, dijo.

-Necesitaba hacer lo que hice...

Ella apoyó levemente la cabeza en el hombro de él y tiró ligeramente de su mano para continuar caminando, mientras decía.

-Lo se..., pero el tiempo y la distancia le van dando matices; necesito recordar ese sentimiento, para encontrarle sentido. Como ya hemos hablado otras veces de ello; me gusta aquello que decía Kevin, “la vida adquiere sentido en su forma narrada”. -y buscó la complicidad en la mirada de él. Éste señaló con la mano libre. 

-Mira ahí está la escultura, !es grande, por lo menos cuatro veces el tamaño natural de un hombre!

Llegaron al lado de la figura, y se detuvieron a contemplarla, luego, soltó ella su mano y dijo señalando uno de los bancos cercanos.

-Vale ¿te sientas y me esperas? Ya sabes que me tomo tiempo para comprender estas cosas.

Mientras ella daba vueltas, lentamente, al rededor de la escultura; él observaba a una y a la otra. Finalmente ella se sentó a su lado y durante unos minutos guardaron silencio, luego él dijo:

-¿Ya...? 

-Si, ¿ te gusta? - dijo ella

-Mucho, aunque no sepa lo que dice.

Ella le miró, sonrió, y con un gesto de la mano que abarcaba la escultura, dijo:

-Es magnifica, el artista encontró los elementos precisos para decir lo que quería. 

-Y...¿Cuales son? -dijo él.

-Mira: apoya la cabeza y la punta de los pies en el suelo, el resto del cuerpo esta en tensión formando un arco. Tiene la manos abiertas en actitud de acoger, sujetar o implorar. Las facciones del rosto son de un hombre oriental; el gesto es de éxtasis, los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta. Está semidesnudo y el autor lo ha titulado,  El hombre de arena.

Quedan en silencio, luego, él abriendo sus manos , interrogando.

-Y... ¿que resultado sale con todos esos datos? Preguntó

-Ja... !no te burles!.

-Sabes que no.

-La arena es la tierra mas pobre, necesita muchos cuidados y humedad para ser fértil. El gesto del cuerpo y de las manos están esperando recibir. Hoy es un día a propósito para entenderla, está pidiendo a esas nubes - dijo señalando el cielo- que le den lo que ellas llevan. Es la relación interna del universo, de los seres y las cosas; la que le ha dado al artista el concepto para crearla.

Siguen un tiempo sentados en silencio, mirando el entorno.

-¿Hechas de menos seguir trabajando la escultura? -dijo él.

De ella emanó una risa imprecisa; se levantó despacio, le alargó la mano para invitarle a levantarse, y dijo:

-Ya... elegí. ¿Volvemos?.

El se levantó y emprendieron el camino cogidos de la mano.

-¿Que te apetece comer hoy? -dijo ella.

-Lo que quieras. 

-Siempre dices lo mismo. 

-Siempre me gusta lo que me das.

-Vale... pero a veces, quiero ahorrarme el trabajo de pensarlo. 

Pepa Lopez

martes, 27 de abril de 2021

 

LOS OJOS AZULES DE LOS CANGREJOS

La muerte  existe, lo descubrí desde muy pequeña, un ataúd de casita de juguetes  con cuatro ángeles transportándola hacia  la muerte, su vestido blanco, sus ojos azules, ojos azules de mi padre, ojos azules de ella envuelta en ese ridículo traje blanco, para morirse -pienso -no se necesita nada, solo decir adiós a tu alma.

Alma de cangrejos, un rastro en la arena, los cangrejos tienen alma no lo sé…

Que importa, soy…solo 5 años, solo veo un ataúd blanco, cuatro ángeles y cuatro aros, yo juego con los aros, a ella los aros la atrapan, le  atrapa la muerte, la miro, sus ojos azules, los de mi padre, los ojos azules que me persiguen como águilas hambrientas de dolor.

Soy niña a ella le hubiera gustado venir a coger cangrejos con nosotros, las dunas , los arboles estremeciéndose en las raíces de la arena, la arena de madrugada sin rastro de pensamientos, nada existe , ningún pensamiento ha despertado, las nubes son anaranjadas como tu piel, aún no estás morada, la vida sigue en mí, eres lo que no he conocido, los cangrejos bajan a un nivel de la arena donde yo tampoco los puedo ver, quiero ir a ti, sus ojos azules la de nuestro padre me cogen de la mano, su mirada azul me sonríe, los ojos azules solo existen en ti y en él, el vuelve a mí con ojos de lágrimas tatuadas, el me besa la frente, soy pequeña tu eres mi muñeca, te levanto las faldas en tu cartón de cristal, no entiendo, dejarme jugar os digo, eres tú y yo, estoy a tu lado, pero los ojos azules me llevan a un olivo , me explica lo que no recuerdo, solo vuestros ojos azules, el viento, y cuatro ángeles.

Inma Lopez

 

             NIRVANA. (Más vale lápiz corto que memoria larga)

 

¿Cuántos lapiceros hacen falta, para no pasar por este mundo sin dar testimonio de lo que me ha pasado, para que mi existencia no desaparezca como el agua de la lluvia desaparece por la alcantarilla? Me gustaría recordar quién era Yo antes de nacer. Alcanzar a comprender que nada de la nada viene, y que algo había antes de que Yo me comenzara a edificar en lo que soy hoy (edificado a base de recuerdos y de ensayo-corrección;  considero que nada es un error). Lo que no me gustaría nada es recordar todas mis vidas anteriores y alcanzar la Iluminación. Creo que me gusta mucho la vida, todavía, para alcanzar el Nirvana: estoy a gusto en el Samsāra.

A veces me hago preguntas y casi siempre no hallo respuestas. No sé de dónde vengo ni adónde voy. De hecho muchas veces abro la nevera y meto las tijeras u otros objetos, cuando en realidad iba a por una cerveza. Cuando cierro la nevera caigo en la cuenta de que he metido el cortaúñas —me estaba haciendo la manicura cuando me ha entrado sed— y no recuerdo lo que iba a coger. Ayer mismo entré en la panadería y cuando la dependienta me dijo: “Buenos días ¿Qué le pongo?”, le pregunté si hacían copias de llaves; cuando explotó en una carcajada diabólica le pedí tres panes de a cuarto y un paquete de rosquilletas —no entiendo que le hiciera tanta gracia mi despiste—. A la media hora recuerdo que había ido a la nevera a por una cerveza, pero ya me he quitado la sed con agua.

Lo mío debe de ser un caso grave, porque mi primer recuerdo tiene más de treinta años cumplidos. Los recuerdos están hechos de un material parecido a las nubes: unos días está nublado y otros hace un sol que no te deja pararte a construir un pasado que no existe. El caso es que ahora vengo de coger una cerveza —esta vez he ido al grano — y  me pongo a bebérmela con ansiedad por ponerme a escribir (me la voy a beber por la boca, no os penséis que mis despistes me hacen beber por un ojo). Al segundo trago, y hoy está muy nublado, me pongo a pensar en mi primer recuerdo —me lo ha pedido el psiquiatra que me está psicoanalizando—.

(Que no me entere Yo de que alguien se ríe con mis despistes, no tiene ninguna gracia, esto le pasa a cualquiera; lo que pasa es que Yo soy valiente y sincero y lo cuento todo. La gente siempre está a la defensiva y no reconoce que nadie es perfecto, bueno sí, en Con faldas y a lo loco sí que lo hacen al final de la peli: es lo que tiene el amor, que ve la perfección en lo imperfecto).

Es media tarde y está nublado —como ya dije hace un rato—. En la ciudad mediterránea donde vivo la humedad estival se acrecienta con los días nublados: las manos me sudan, la frente me suda, los sobacos me sudan, la espalda me suda, los pies me sudan, el cerebro me suda recuerdos…He comido paella y me he acabado la botella de vino. Aunque soy valiente y sincero, lo de la mistela me lo callaré.

Voy a economizar lapicero y voy a dejar de divagar, porque si no acabaré contando cuando me caí de la bicicleta y me erosioné la rodilla —como cuando cuento que meto el cortaúñas en la nevera—. Así es que dormía yo hace más de treinta años y empecé a escuchar un ruido acompasado: “ñic, ñac, ñic ñac…,….,…,…” y así todo el rato. Mis padres dormían en la habitación contigua, que estaba comunicada con la mía por una puerta interior: mi habitación no tenía ventanas, tenía dos puertas: una que daba a la habitación de mis padres (era por donde entraba el sol desde su balcón), y otra que daba al recibidor. Yo por entonces aún no sabía hablar: oía palabras que no sabía lo que significaban, pero mi sueño de bebé quedó interrumpido por aquel frenesí —palmadas, besos, palabras, jadeos…y el ruido acompasado de los muelles del somier (en aquellos tiempos no habían somieres  multiláminas: insonoros para estos casos) — Yo me había cagado en los pañales de trapo (aún no existían los desechables), y el pipí me escocía en las ingles. Me daban ganas de gritar: ¡Mamá, cámbiame!, pero como no sabía hablar, pues no pude hacerlo. Ya me hubiera gustado ser independiente y haberme cambiado yo solito, pero tampoco era el caso. Después percibí el olor a cigarrillo: oler sí que podía y hoy sé que aquel tufo era de los Ducados de papá. Después escuché una conversación que no comprendía y  detecté la falsedad en las pamplinas de mi padre. Recuerdo que después mi madre comenzó a respirar fuerte, mi madre no roncaba, pero Yo sabía que estaba dormida por ese sonido de su respiración. Los dibujos del papel pintado de mi habitación, de animales personificados, me volvieron loco y comencé a berrear como sólo un bebé puede hacerlo —nunca he entendido por qué se creen los padres que a los bebes les gustan los animales personificados, a mí me daban terror y rabia, yo nunca le haría eso a un hijo mío—. El escozor en las ingles era insoportable, más si cabe que el papel pintado. Al rato de berrear empecé a escuchar la voz de mi madre: “pss, pss, cariño, duérmete, mi vida…” —Lo que me faltaba, menuda peste a mierda y menudo escozor—, y mi madre adelantándome —con sus siseos y sus palabras cariñosas— que estaba solo en la vida, “solo y lleno de mierda”, pensé. Continué con mi sinfonía de berreo mayor sostenido hasta quedarme dormido de puro cansancio. Ya había amanecido cuando vino mamá a cambiarme: mis pequeños huevecillos estaban en carne viva. A partir de ese momento mi memoria se difumina y sólo recuerdo que estaba nublado. En mi amígdala quedó grabado ese momento como mi primer recuerdo y ahora sé que lo único que no se borra jamás de la mente es el dolor… y la consciencia de la soledad.

Debe ser Dios quien me ha puesto este escrito mío, de hace más de veinte años, en las manos. Lo he rescatado en mi gris habitación de paredes  blancas, pero un jergón de sesenta centímetros y un pupitre viejo, de los que tienes que subir la tapa engarzada con dos bisagras para guardar cosas, me hacen describirlo como mi habitación gris. De dentro del pupitre, en el que sólo guardo escritos antiguos míos y dos libros: La montaña mágica de Thomas Mann (para repasar la enfermedad de la vida) y el Ulises de James Joyce (para ver si consigo descifrar ese día irlandés) he sacado el escrito ese que rememoraba. Hoy en el monasterio hemos cultivado los tomates, parece ser que las heladas han quedado atrás y este año tendremos una buena cosecha. La vida monacal es todo lo contrario al aburrimiento —como muchos se piensan—. En los tres años que llevo enclaustrado no me he aburrido ni un solo segundo. El tiempo y los recuerdos aquí tienen otra dimensión, o mejor dicho, no tienen dimensión, no existen. El tiempo de ahí afuera aquí no existe. Aquí los relojes son de sol y apenas los miramos. Nadie tiene teléfono móvil ni la sensación de estar perdiéndose algo. El vacío aquí no existe, todo es plenitud: cuando sale el sol ya llevamos un rato rezando, antes, incluso, de que el gallo cante. Después de cultivarnos por dentro, comienza la jornada cultivando el huerto. La culpa, pues, aquí no existe porque todo lo que hicimos nos trajo hasta aquí. Aquí no hay doctrinas, aunque sí disciplina. Cada cual elabora su luz interior sin intentar imponer la suya a los demás: aquí la acción es el único sermón del Monasterio. Aquí no existe la felicidad, pero sí la alegría de vivir; nuestra única Regla es amarnos a nosotros mismos por encima de todas las cosas. Amar al prójimo aquí es fácil, sólo somos diez monjes que estamos ganándonos la vida al perderla, y todos respetamos que cada cual ha de quererse a sí mismo por encima de todas las cosas. Cuando respetas (cuando reconoces) que todos somos santos, aquí dentro y ahí afuera, se acaba el egoísmo, que es ver los defectos de los demás para sentirte bien, y entonces dejas de ver los defectos de ti mismo.   Aquel pasado que ahora he releído —por Gracia de Dios— fue inventado para deslumbrar al psiquiatra que me atendió en aquellos momentos en los que la zozobra se había apoderado de mi existencia. Ahora Él (Dios) sabe la verdad. Y la verdad es que mi primer recuerdo es cuando forniqué por primera vez. Todos los amigos lo habían hecho y me incordiaban por ser virgen. Así que un mal día me fui a que me desvirgara una profesional. Aquello que es mi primer recuerdo verdadero —ahora tengo prohibido mentir, e incluso hablar porque he hecho voto de silencio— resultó ser una gran decepción. Tan decepcionado bajaba las escaleras de aquel lupanar que cuando un negro agitanado —si esto es posible— me ofreció jaco, yo quise probar otro medio de escapar del tedio y acepté el ofrecimiento. Al llegar a casa aspiré aquel polvo marrón por la nariz; en una semana me estaba inyectando todos los días. Y pasaron más de diez años en los que el placer químico se apoderó de mí. Cuando puse remedio me dediqué a fornicar sin amor, y pasé otros diez años sustituyendo el placer químico por el físico. Mi vida se había convertido en el «Mito de Sísifo»: todos mis pensamientos me hacían dar vueltas a una espiral de doble sentido: unas veces para dentro y otras hacia fuera. Todo mi impulso vital era que me dejara de gustar la heroína y me gustara follar, porque yo nunca quise ser un hombre rico, sólo quería ser un hombre alejado de la normalidad. Gracias a Dios, hoy mi vida es una espiral siempre hacia fuera, y todo lo volvería a hacer de la misma manera porque si no es como si no hubiera existido. Ahora hasta me hace gracia leer que hubo un día en el que escribía yo con mayúscula. Como si mi minúsculo yo se lo mereciera; como si yo fuera inglés (los ingleses siempre ponen yo con mayúscula: I), bueno, si se puede decir que un palo significa yo, y cuando les preguntan ¿Quién es? Responden ello es mi, en vez de soy yo (it´s me), es en el único caso en que ponen yo con minúscula y dejan de ser un palo.

La luz que madurará los tomates entra por el minúsculo ventanuco de mi celda. Ahora ya estamos solos Dios y yo. Ahora mi diminuto lapicero liliputiense está a punto de morir acuchillado muchas veces por el sacapuntas. Ahora levito en un éxtasis mundano dónde no existe el pasado, la culpabilidad ni el tiempo. Ahora el placer es extracorpóreo y reconozco el deseo incumplido como la satisfacción verdadera, porque los deseos cumplidos nos vacían el alma al ser infinitos, y lo único no finito en la vida es el espíritu. Ahora por fin he alcanzado la Perfección. Ahora ya no puedo seguir escribiendo porque no hay modo de sujetar el lapicero que ha sido devorado por el sacapuntas —sólo me comunico por escrito, debido al voto de silencio, y fulmino los lapiceros—. Ahora y en la hora de nuestra muerte, que será en plena noche, tras un día nublado…de recuerdos.

 Fdo. Fray Junípero Alcornocal. Monasterio de El Cuervo (Sierra de los Alcornocales)  Benilup-Casas Viejas. Famoso término municipal por los sucesos que acabaron con el primer bienio democrático reformista de la Segunda República. (Aproximadamente dentro de seis años)    A veintisiete de Abril de 2027.

jueves, 15 de abril de 2021

El vendedor de recuerdos – Myriam G.

(In extrema res; pasado; resumen + descripción + diálogo. ¡SIN ACABAR!)

 

Salí de la poza con la piel helada y las entrañas ardiendo. Vadeé hasta la orilla y trepé por la ligera pendiente de tierra castaña agarrándome a las raíces retorcidas que la peinaban. Chorreando aún, me puse la camiseta y los pantalones para entrar un poco en calor, y caminé descalza, con las bambas en una mano y la mochila en la otra, sin hacer caso de las hojas y ramitas que se me adherían a los pies desnudos.

Al salir al camino, me encaré al sol a punto de ponerse. Tras mis ojos cerrados, el naranja encendido del íntimo espacio tras los párpados me pareció inmenso. Me quedé allí boqueando, esforzándome en respirar. Latiendo, procurando tranquilizar los saltos alocados del corazón. Finalmente, con un espasmo, lágrimas mudas inundaron mis ojos hasta que estos no las pudieron contener y resbalaron por mis mejillas.

Tras un rato que me pareció eterno, no tanto como el que pasé sumergida, abrí los ojos. Mis pestañas perladas de lágrimas rompían en colores los del atardecer. Me pareció una metáfora muy bella: el pasado fragmentado podía convertirse en un mañana esplendoroso. Me sequé las mejillas con el dorso de la mano, sonreí, respiré hondo, me calcé las bambas y, con el alivio de quien se ha desprendido de una carga muy pesada, y la ilusión de quien viste un traje nuevo, me puse a caminar. El vendedor de recuerdos ya no estaba.

* * * * * * * * * *

El vendedor de recuerdos vivía en una casa baja de piedra, en los márgenes más meridionales del pueblo, cerca del río que debíamos cruzar. Nos habían hablado de él de forma casual, mientras almorzábamos en un bar, al pedir indicaciones del camino a seguir para llegar a la Fuente del Caballo.

Sólo yo mostré curiosidad por cómo se habían referido a él: “el viejo vendedor de recuerdos”. Mis amigos no le dieron la mayor importancia porque pensaron en souvenirs turísticos en forma de animales tallados en madera o jarapas de hilos de colores. Pero a mí me intrigó detectar un desvío en la mirada de la dueña del bar cuando el camarero lo mencionó y un enardecido batir de bayeta sobre la barra ya sobradamente pulida y brillante.

La casa del vendedor de recuerdos asomaba justo en el recodo de una pendiente que bajaba hasta el río. El tejado, cubierto de una original paleta de musgo verde y espeso, se fundía con el camino dando la impresión de que, con un par de zancadas, podríamos trepar a él. Era una casa de planta cuadrada, con umbrales de gruesas vigas de madera y ventanas de marcos torcidos, mostrando un mohín de fastidio a los excursionistas.

El camino se desviaba hacia el río justo unos metros antes de pasar por delante de la casa. Teníamos que tomar el brazo de la izquierda para llegar al puentechuelo que nos permitiría salvar el río, rumoroso por la crecida del deshielo, y seguir hasta la Fuente del Caballo. Yo me paré en el cruce, mirando la casa, o más bien, escuchándola. No sabía por qué, pero quería entrar, hablar con el vendedor de recuerdos… quería saber.

Mis amigos no daban crédito cuando les dije que quería conocerle y no se cortaron en querer sacarme la idea de la cabeza con su amabilidad acostumbrada: “Será un viejo chocho y chalado… ¡a ver si te vas a meter en un lío!”, “Eh, no seas plasta, que vamos a tener que esperarte y va a empezar a hacer un calor de mil demonios”, “Joder, ¿qué gilipollez es ésta?, anda ya, tira p’alante". Fui incapaz de explicarme, pero es que tenía que conocerlo, tenía que saber. Y me quedé. Esperé hasta que desaparecieron por el camino de la izquierda y me dirigí a la casa.

En la entrada había un pequeño patio, también de piedra, con losetas grandes, cuadradas e irregulares, de anchas juntas pintadas de liquen. Rodeándolo, pegando a los muros, desfilaba una sucesión de plantas aromáticas. Me enorgulleció ser capaz de identificar bastantes: romero, tomillo, lavanda, manzanilla, genista, orégano, menta... Otras variedades se me resistían por lo buena urbanita que soy. Era desordenado, pero no había descuido ni abandono.

Llamé en voz alta. No me atrevía a ir más allá del patio, a entrar en la fresca penumbra tras la puerta abierta de la casa sin anunciarme. No sé seguro si por no dar un susto o por no llevármelo yo, pero preferí advertir de mi presencia. Me pareció oír un carraspeo y una silla arrastrada, pero no pasó nada más. Esperé unos minutos rozando con los dedos los arbustos y llevándomelos golosamente a la nariz. Se oía algo de trajín en el interior de la casa y, tras unos largos segundos de indecisión, volví a llamar en voz alta, disculpándome por molestar.

Di un par de pasos en dirección a la puerta, asomándome un poco, pero sin vislumbrar nada. Desanimada y, de repente, un poco intimidada, me di la vuelta para marcharme. No había alcanzado el dintel del patio cuando oí la voz del vendedor de sueños detrás de mí.

̶  Buenos días. Hace tiempo que no recibo visitas, pero creo que esperaba la tuya.

Su voz era ligeramente ronca, pero suave, como el tacto de un peluche viejo al que se ha lavado muchas veces. Y su aspecto no era, para nada, lo que uno puede esperar cuando oye que hay un “viejo vendedor de sueños” en la zona. Lo de vendedor de sueños fue el cebo que me condujo a detenerme allí. Pero lo de viejo fue el remate del misterio y la confusión.

El hombre que tenía frente a mí tendría unos 40 o 45 años, el pelo muy corto y muy gris, y la piel bruñida como el cobre. Tenía una expresión apacible, pero también escudriñadora, entre curiosa y desafiante. Sonreía sin sonreír. Los ojos eran lo más notable pero no lo supe hasta que me invitó a sentarme frente a él en una vieja mesa de picnic, al fondo del patio, a la sombra de una morera gigantesca. Cambiaban de color. Del verde claro al gris acero pasando por un azul transparente. Con motitas ámbar.

Traía dos tazas de latón, desparejadas y con algún desconchón que otro, que desprendían unas tenues nubecillas de vaho. Entendí que se había entretenido haciendo una infusión que, al acercármela a la nariz, me pareció que tenía un toque de regaliz. Me recordó los palos dulces que mi abuela nos compraba a la salida del colegio y que mordisqueábamos con fruición mientras jugábamos en los columpios.

̶  Gracias  ̶ soplé en la taza espantando levemente la columna de vapor ̶  No quería molestar, pero me han hablado de usted en el pueblo y he sentido curiosidad. ¿Es cierto que vende recuerdos? ¿Qué recuerdos?

̶  No sé si vender sería la palabra precisa. A veces obtengo algo a cambio de los recuerdos que traigo a flote.

̶  A flote…o sea, ¿que son los recuerdos de uno mismo?

̶  Del uno mismo de ahora o del uno mismo del pasado… o el de muchos pasados ̶ bebió un poco de su infusión y sus ojos se hicieron del verde de las hojas secas de los eucaliptos.

̶  Es lo que hacen algunos terapeutas con hipnosis… regresiones y eso… ¿es usted psicólogo?

Sonrió arqueando las cejas y me miró ¿burlón?

̶  En absoluto. Aunque podría haberlo sido, es una carrera fácil, pero una profesión difícil. El problema es que no me gusta hurgar en los secretos y dolores de los demás.

̶  Pero si trae recuerdos a flote, está hurgando en los secretos de la gente…

̶  Dije que los traía a flote, sí, pero sólo salen a la superficie del propietario. No me los cuentan. Tampoco quiero.

Volvió a beber un sorbo de la infusión sin dejar de mirarme y lo imité. Sabía ahora un poco a manzanilla y a anís. Me acordé de mi madre, de las infusiones que se hacía para aliviar el dolor de tripa. Como si hubieran servido de mucho…

̶  ¿Quién viene a por recuerdos?

̶  Todo tipo de gente. Por ejemplo, alguien que quiere recuperar una relación que se ha desgastado: necesita recordar los buenos momentos para poder crear otros nuevos y salvar esa relación. O necesita recordar lo que le llevó a amar a esa persona y reconectar así con el sentimiento. Hay personas que están en situaciones tóxicas que necesitan recordar que se merecen algo mejor. También hay personas que necesitan recordar qué les hizo tomar determinadas decisiones y analizar si sigue mereciendo la pena empeñarse en seguir por ese camino.

Bebí un poco más de infusión mientras le escuchaba. Había menta y algo ¿cítrico? Paseé los ojos por el patio buscando verbena o citronela, con la nariz hundida en la taza. Y me vino la imagen de una noche de verano, yo con unos shorts blancos y un top azul pavo real y sandalias. Y las risas flojas con dos amigas de la urbanización mientras espiábamos a un chico que nos gustaba.

̶  A veces  ̶ prosiguió, los ojos ahora azul desvaído ̶ , los recuerdos desempolvan talentos que uno abandonó olvidando la propia valía, recuperan sueños enterrados en el frenesí de una vida planificada por otros o despiertan aspiraciones arrinconadas por el trajín del día a día.

Me miraba con la cabeza ladeada como la de un pinscher curioso. Seguía abrazando la taza con las manos pero no bebía. Yo sí y me inundó un aroma que no pude asociar a ninguna planta en concreto. Era un poco una mezcla de tierra mojada, amable y suave, y de ropero antiguo, dulcemente rancio. Parpadeé sorprendida. Dentro de mí sentí una pelota pequeña y dura que ascendía por mi pecho y quería subir por mi garganta.

Di otro trago para que la pelota volviera a bajar y, esta vez, el sabor fue rotundo, áspero como la lengua de un gato y pastoso como el regusto de café malo en el fondo de la boca. La pelota se había instalado en el esternón y frenaba el aire que quería entrar en mis pulmones. Parpadeé de nuevo e intenté concentrarme en lo que me decía el vendedor de sueños.

̶  Cada persona es distinta. Cada situación, diferente. Cada momento, único. En realidad, nunca se sabe qué recuerdos van a salir, ni cuáles van a remover algo. Pero siempre, siempre, se produce algún cambio. Luego depende de la persona qué hacer con lo que ha recordado, con lo que ha sentido o descubierto. Pero siempre notan que algo en ellos ha dejado de ser como era. Por eso hablan de mí. Por eso vienen algunos. Por eso no se acercan muchos. ¿Crees que sólo la curiosidad te ha traído hasta aquí?

̶  No… no sabría decirlo  ̶ las motitas ámbar brillaban en sus iris. Recuperé la respiración y tragué una vaharada fragante, llena de luz y calor cosquilleante que disolvió la pelota de mi pecho, pero algo revoloteaba ahora en mi cabeza y no conseguía atraparlo ̶ . Usted ha dicho que me esperaba… ¿lo ha soñado? ¿es clarividente o algo así? ¿una especie de chamán?

El vendedor de recuerdos volvió a sonreír sin sonreír y se inclinó hacia delante en la mesa.

̶  Hay algo que necesitas recordar. Por eso estás aquí.

 

miércoles, 14 de abril de 2021

 

 LOGOS DÍA. (Verbum caro factum est et habitavit in nobis)

Hay momentos en la vida en los que el tiempo transcurre sin esperar nada: la simple espera desaparece y deja de devorar los minutos y la vida se convierte en un diálogo interior que ocupa toda la atención en la acción. Me ato los cordones de los zapatos con alegría:

—Coge los cordones del  zapato izquierdo estira e iguala los herretes, pasa un cordón por debajo del otro y estira, vuelve a comprobar (a simple vista) que el largo de los dos cordones es igual, ahora pon el índice derecho sujetando el nudo que has formado y haz un aro ovalado con uno de los cordones, dale una vuelta con el otro cordón y haz otro aro ovalado con ese cordón e introdúcelo por la vuelta que le habías dado, estira suavemente de los aros ovalados e iguala el tamaño perfectamente —todo esta conversación se la he dicho a mis manos sin enterarme—. Ahora repite el mismo diálogo con el otro zapato—repito el mismo diálogo con los cordones del zapato derecho—: ¿Han quedado perfectamente simétricos? Te han quedado unos lazos perfectos, hoy será un gran día.

Sólo me entra recién levantado de la cama un vaso de agua con dos gotas de limón, pero no es por llevar una dieta alcalina —ya me gustaría a mí cuidarme más—, es porque no soporto nada sólido hasta que salgo a la calle.  Después del aseo personal, en el que entra todo, y cuando digo todo quiero decir todo (incluso escatologías que no vienen a cuento), me miro al espejo y me veo guapo: tengo ganas de bajar a la calle para adornarla con mi belleza. Ayer mismo fue diferente: me até los cordones de los zapatos y me salieron unos lazos asimétricos: ayer me había visto feo en el espejo. No todos los días son iguales, aunque todos los días haga lo mismo. Pero la desconexión nocturna me hace que cada día tenga un despertar diferente. Y no, no se os ocurra pensar que soy esquizofrénico, simplemente es que nadie puede manejar los sueños a su antojo, y así es difícil tener una identidad homogénea.

Como todos los días bajo al mismo bar a desayunar, vengo a ser un hombre de costumbres —como todo el mundo—. Los días que me siento feo odio escuchar las conversaciones de los demás, pero los días que me encuentro guapo, como hoy, me encanta reposar mi atención en las palabras que escucho a mi alrededor. Como todos los días Quique me pregunta: “¿Lo de siempre?” Y yo respondo: “sí, sí”.  Como todos los días, pues, desayuno en la barra una tostada de aceite y sal y un café con leche. Pero hoy no es como todos los días: hoy soy un hombre guapo que adora sentarse solo en las barras de los bares y tengo una confianza en mí mismo de acero inoxidable, como la cucharilla con la que remuevo el azúcar del café con leche. Y digo de acero inoxidable porque sentirme inoxidable me sube la autoestima: ya se sabe que el oxígeno nos da la vida y también nos la quita al oxidarnos. Hoy me relaja escuchar a los de la mesa de detrás de mí que se están comiendo un enorme bocadillo. No entiendo cómo pueden comerse eso a estas horas de la mañana. El hombre oxidado de rostro ajado y gris —me he girado para ver las caras de la conversación que estoy robando— habla sin parar, incluso masticando a dos carrillos, a su joven contrincante y oyente, y digo oyente porque no parece que escuche al ajado parlanchín, sólo mastica acompasado por la lluvia de palabras que emite su oponente.

     —Mira, yo le he echado un par de cojones y me he jubilado con cincuenta y siete años. Ahora me dedico a vivir y vivir es no hacer nada, todo lo demás es someterse al sistema ¿Puede alguien ser feliz siendo un esclavo? Pues claro que no. En esta vida el que más puso más perdió, y como dicen los italianos cuando hablan de técnica futbolística: “Cuanto más haces, más te puede salir mal”, o algo así… El caso es que los macarronis se  ponen todos a defender para que no les cuelen gol, catenaccio le llaman a eso, creo,  y en un contragolpe meten su golito y ganan haciendo lo menos posible. Ya me he cansado yo de empatar, ahora a esperar sin hacer nada hasta que meta mi golito. Ya estaba harto yo de los hijos y de currar como un esclavo; en un mes me he divorciado y me he jubilado de la entidad financiera en la que he trabajado más de treinta años, a mí ya no me exprimen más…Y los hijos, que te voy a contar si tú no tienes, pero para mí se han acabado… —se bebe de un sorbo la cerveza y continua—, y no te digo nada de la ex, ¡menuda zorra! No te cases y haz lo que sea antes de trabajar en banca. Si tuviera tus años sabiendo lo que sé… Pero bueno —dice sin parar de masticar—, lo que me quede a ser libre y a disfrutar. Por cierto ¿vienes mucho por aquí? Están buenísimos los bocadillos…—el oponente sólo ha contestado a la conversación con ñam, ñam (masticación)…glu, glu (sonido de la cerveza al pasar por su gaznate) y le ha dicho que no tenía hijos.

     —No tengo ni idea de cómo están los bocadillos de aquí, no comprendo cómo puedes comerte eso a estas horas, pero sí, vengo mucho por aquí, todos los días a desayunar mi tostada y mi café con leche —me puse yo a contestarle al ajado parlanchín sin mover siquiera los labios, en vista de que su compañero de mesa sólo le preguntó si iba a tomar carajillo—, creo que estás confuso, rencoroso y te sientes culpable; además a mí me gusta el estilo futbolístico del Barça: no todo es ganar, ganar sin divertirse no vale de nada. Y te tengo que decir que la esclavitud no existe aquí, aquí todos somos dueños de nuestras decisiones y nuestros errores, ¿Es posible vivir sin hacer nada, sólo comiendo, respirando y durmiendo, es eso la libertad? Pues no, la libertad está en tomar decisiones, cometer errores y reconocerlos para construirte todos los días, los que te ves guapo y los que te ves feo. Yo admiro a los budistas que dicen que “La ruta sin ruta es la ruta” y buscan la Unidad y la Sabiduría mediante el control de los deseos, pero eso ya es hacer algo: la ataraxia debe facilitar la vida ¿Cómo es posible jubilarse anticipadamente con un par de cojones; y llamarle zorra a la madre de tus hijos? Eso sí que es ser un esclavo del patriarcado, ¡con un par de cojones!…—no tengo tiempo de seguir hablando con este señor, además creo que no ha entendido una palabra de lo que mis pensamientos le han dicho.

      —Cóbrame Quique, me voy a trabajar —digo en un perfecto castellano, ofreciéndole un billete de diez euros al dueño del bar, y son las únicas palabras que salen de mi boca.

      —Tres euritos guapo — me contesta Quique mientras me devuelve el cambio.

Piso fuerte, hoy me esquivan a mí; los días que soy feo la gente se me abalanza y tengo que esquivarlos yo. Alguna vez, cuando soy feo, se da la situación embarazosa de que otro feo inseguro se pone a esquivarme por el mismo lado que lo esquivo yo y es muy desagradable ese momento de inseguridad compartida, en el que realizamos el vals de los patosos en plena acera. Desde lejos estaba viendo a una pareja discutir con aspavientos electrizantes —como todas las parejas—, al llegar a su altura freno y me pongo a escuchar:

   —Te tengo dicho que tu familia me ningunea y tú nunca me defiendes —le dice ella a él moviendo los brazos como si le hubiera dado un ataque de epilepsia—; no voy a tolerar los desprecios de tu madre —le espeta levantando el índice hasta la nariz.

  —No me toque los cojones, es mi madre y sólo quiere lo mejor para su hijo, si tienes la regla ves al psicólogo o tómate un naproxeno, y no voy a hablarte de la arpía de tu madre…

  —Sólo faltaba que te metieras con mi madre que te adora. Y deja de mirarle el culo a todas las que pasan que pareces un viejo verde

  —Tú estás enferma e imaginas cosas que yo no hago. Tienes que buscar ayuda porque tus celos mórbidos no te dejan vivir. Creo que estás tan loca que tienes celos hasta de mi propia madre.

El tono de voz era ya tan alto que comencé a sentir vergüenza ajena y aceleré el paso para adelantarlos. Estos se quieren tanto como yo a mí los días que me veo feo, pensé. Aún pude escuchar:

  —Eres un puto machista, insensible, inmaduro y eres un capullo y no te aguanto más…

  —Es que pretendéis mezclar las familias y eso es como juntar agua y aceite; cada familia tiene sus costumbres y cuando se intentan imponer en la pareja las de una parte sucede lo que sucede. Además el historial de agravios tendríais que borrarlo. Ya sé que dicen que cuando dos discuten es que se quieren, pero si eso es amor, qué será el odio. Y deja de decirle a tu pareja que está loca y que no te toque los cojones…—no les he dicho nada y se lo he dicho todo.

Me concentro en mi bipedismo mirándome la perfección de los lazos de mis zapatos; avanzo hacia la oficina; tengo que intentar quererme más y dejar de discutir conmigo; no sé para que me meto en las conversaciones ajenas, ¿Acaso creo yo que puedo salvar el mundo? Avanzo hacia la oficina a hablar de trabajo y de dinero: “Qué descanso”. Y a esperar a los clientes mientras los minutos se devoran a ellos mismos.

 

TE VEO

 

Es la noche, los caballos de pura sangre, el infierno del alma dolorida,  los rituales de danza en la selva asfixiante.

-Te veo

-Yo también a ti

-Tú no te ves ni a ti mismo…

-Porque te gusta tanto esa tontería  de decir te veo?

-No lo sé, quizás me gusta sentirme bruja, pero yo  te veo

-Que ves?

-Jajá la infancia del juego veo una cosita, que cosita es?

-Ayer no te vi,  tú tampoco, que pasa?

Silencio

  -Me dejas no hablar?

  -Claro me gustan tus silencios

Cuando pasan las horas los silencios melódicos entonan una canción de nebulosa esparciéndose por la luz, suena un piano, la luz se vuelve tenue, la atmosfera se llena de sonidos, emergen los sentimientos en bucle, podemos estar así una vida, mil vidas…

 -Te veo- me dice

-Lo sé, tú siempre me ves, yo soy la bruja pero tú me ves

-Te veo que no estas para polladas

-En efecto, tu tampoco

-La noche es larga

-La vida es corta

-Los sueños se rompen

-Los sueños emergen

-Tu quisiste ser?

-Yo quise ser nada que recuerde

-Mentiroso, jajaja entre nosotros no existen las mentiras

-Vale, yo quise ser el ahorcado de las cartas

-Joder, vete a la mierda, hablamos en serio o volvemos al silencio

-Volvamos al silencio

Son las cuatro de un mirar que se pierde

-Te veo

-Lo se

-Yo también te veo, somos almas gemelas

-Gemelas de vida o de muerte?

-Dímelo tú?

Inma Lopez

“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...