lunes, 16 de noviembre de 2020

La señorita Cora

Hola, os dejo un relato de Cortázar para comentar el próximo día, que hablaremos del punto de vista. 

Os recuerdo la tarea para la siguiente semana, es decir para el jueves 26 (intentad colgar el relato al menos con un día de anterioridad). Se trata de escribir un relato que contenga un conflicto (ruptura de pareja, problema laboral, político, lo que queráis) desde dos puntos de vista y en primera persona. Es decir dos versiones distintas de una misma historia contada por dos de sus protagonistas, esto es desde un punto de vista múltiple. El próximo día veremos en qué consiste. ¡Ánimo!

La señorita Cora

[Cuento - Texto completo.]

Julio Cortázar

We'll send your love to college, all for a year or two,
And then perhaps in time the boy will do for you.
The trees that grow so high.
(Canción folclórica inglesa.)

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando… Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca…

La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. “A ver el pulso”, me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. “¿Tenés hambre?”, me preguntó, y yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. “Esta noche vas a cenar muy liviano”, dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero llevárselos… Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me pasó de golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono pero muy amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o mas allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo pude terminar la fotonovela que había empezado anoche.

La enfermera de la tarde se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y media y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. “¿Te lo sabes poner?”, le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero yo al viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la señorita Cora: “Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado siempre muy rodeado por su familia”, o alguna idiotez por el estilo, y me hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo así.

Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. “A ver, bajate el pantalón del piyama”, le dije sin mirarlo en la cara. “¿El pantalón?”, preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. “Si, claro, el pantalón”, repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. “Ya sos un chico crecidito”, le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para afeitar. “¿Cómo te llaman en tu casa?”, le pregunté mientras lo enjabonaba. “Me llamo Pablo”, me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. “Pero te darán algún sobrenombre”, insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. “¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro.” Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. “Pablo es un bonito nombre”, le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en él que a lo mejor le venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo.

Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: “¿Así que no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro”, y yo hubiera querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de esos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: “¿Usted se llama Cora, verdad?” Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos lados, y dijo: “La señorita Cora.” Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que antes había dicho: “Ya sos un chico crecidito”, nada más que para burlarse. Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: “Usted es tan joven que… Bueno, Cora es un nombre muy lindo.” No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, esa es otra cosa que no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: “Se le olvida la taza con el jabón”, muy seriamente y con un tono de hombre grande. Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. “No te aflijas, Pablito”, le dije. “Todo irá bien, es una operación de nada.” Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: “Puedo llamarla Cora, ¿verdad?” Soy demasiado buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. “Señorita Cora”, me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de… Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: “Si yo estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera.” Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sé cómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera.

Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, que sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. “A ver, m’hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado”, y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. “A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te eches más de boca, así.” Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. “Avisá si está muy caliente”, le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: “Así me gusta, todo un hombrecito”, y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. “¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?”, me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho.

Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de esas la gran sorpresa. Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy a hablar claro al padre, no sea cosa que en una de esas tengamos un lío. Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podes tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m’hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Si, querido, vomitá más, aliviate todo lo que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera que me saque eso. Sí, m’hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más.

Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo.

Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas. Todo está tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero sí estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas… Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase ahora.

Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir, pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me miraba de otra manera cuando me dijo: “Cierre los ojos y duérmase.” Me gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que me pidiera perdón, que me dijera que la puedo llamar Cora.

Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó más remedio que decirle: “Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner así cada vez, verdad?” Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. “Esto no duele nada”, me dijo con la jeringa en la mano. “Es para que duermas bien toda la noche.” Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. “No duele nada”, le dije porque algo tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. “Ya ves”, me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. “Ya ves que no duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito.” Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara, llorando.

 

Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tan tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí, comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial.

 

Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. “No, no me duele nada.” Nunca le podré decir: “No me duele nada, Cora.” Y no le voy a decir señorita Cora, no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias.

Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible más acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.

Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que esta allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y huele a talco perfumado, a lavanda. “Este remedio es muy feo, ya sé”, me dijo, y se sonreía para animarme. “No, es un poco amargo, nada más”, le dije. “¿Cómo pasaste el día?”, me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. “Bueno, entonces podés trabajar un poco”, me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. “Pero tengo muchísima fiebre”, me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. “Siempre es así los primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras”, le dije, más furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve nueve era mucha fiebre, realmente. “Tratá de dormir un rato”, le dije, calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: “Usted es mala conmigo, Cora.” No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: “Usted no sería así conmigo si me hubiera conocido en otra parte.” Estuve al borde de soltar una carcajada, pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubiera metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera.

 

Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord, oyendo a tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces. Marcial… Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando con el doctor Suárez, y parece que el pibe…

Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben. Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco. Al contrario, a las tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: “Gracias” sin abrir los ojos, pero hubiera podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo a las cinco y media en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, él lo miraba sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie, aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.

 

Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y medía, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. “Llamame Cora”, le dije. “Yo sé que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo.” Me miraba callado. “Decime: Sí, Cora.” Me miraba, siempre. “Señorita Cora”, dijo después, y cerró los ojos. “No, Pablo, no”, le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. “Yo voy a ser Cora para vos, solamente para vos.” Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al oído. “Discúlpeme”, dijo con un hilo de voz, “no lo pude contener”. Le dije que no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse. “Me gustaría que viniera mamá”, me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. “Pablito”, le dije. “Por favor, Pablito. Por favor, querido.” Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra vez libre.

FIN


Todos los fuegos el fuego, 1966

jueves, 12 de noviembre de 2020

 

LA PERDIDA DE LA GRAVEDAD

Un viento huracanado golpea con furia mi ventana, estoy tan dormida, que intento levantarme pero sigo acurrucada en la cama, hace frio, hoy es domingo, no tengo que ir a trabajar, sigo disfrutando de esos momentos de edredón, de respiración pausada, de pensamientos nebulosos donde nada te preocupa.

 De nuevo otro golpe, esta vez con mucha más fuerza, doy un brinco ¡joder que susto!, alargo la mano para encender la luz, no encuentro la mesita, alargo el cuerpo un poco más, sigo sin alcanzarla, me alargo tanto que pierdo el equilibrio cayendo de la cama, menudo ostión ¡¡¡

A gatas como puedo me acerco a la ventana, a tientas intento visualizar el cordón de la persiana, que manía de  dormir a oscuras…..mañana dejo una rendija.

Levanto la persiana, la luz de la mañana entra blanca estridente, ¿pero qué está pasando? No puedo dar crédito a lo que estoy viendo.

Miro el techo y allí está la mesita flotando en las alturas,  todo a mi alrededor vuela, miro hacia  la ventana todo flota, ramas de árboles, armarios, sillas,  bragas enormes, quien puede llevar semejante tamaño de braga? Creo que debe ser de la abuela del quinto, de la Señora Carmen,  madre de dios…. Mi mente se enreda en unos pensamientos metafísicos sobre si las bragas serán de la de la Señora Carmen o más bien vienen del edificio de al lado, me vuelvo a acostar, estoy mareada,  miro de nuevo la mesita, el despertador da vueltas sobre sí mismo, mis anillos de plata hacen círculos planetarios, me subo a la cama, me peleo como si fuera un moscardón volador ,cuando le quieren aplastar con la paleta para coger el despertador, al fin lo tengo entre mis manos, pongo la radio.

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA:

Un extraño suceso acontece en nuestra ciudad, se ruega encarecidamente no salir de casa, la tierra ha perdido la fuerza de la gravedad, solo podrán estar seguros si permanecen dentro de la casa, ya que los edificios al estar fijados a la tierra, seguirán con fuerza de gravedad , al menos por un tiempo.

Me empiezo a poner nerviosa, sudoración, taquicardia, respiro profundamente…no pasa nada me digo a mi misma…..de nuevo la braga gigante por mi ventana, me armo de valor, doy un salto hacia el techo, alcanzo el móvil que va bailando como un loco por mi estancia, marco su número, no me lo coge, hay dios ,¿ donde estará esta mujer?

Preocupada, salgo al pasillo, llego al des lunado, abro la ventana de la cocina, menos mal que tengo rejas y grito como una posesa ¿Señora Carmen, está bien ¿

-Ay mi niña, menos mal,-me contesta con voz entrecortada- dios te bendiga, ven a por mí que estoy como si fuera un globo descarriado dándome de trompicones en el rellano de tu puerta, en la escalera.

-¡¡¡La madre que la pario¡¡ ¡Señora Carmen -le digo-no se mueva que voy corriendo.

Abro la puerta y me la veo colgando del techo, agarrada a la lámpara del techo de mi rellano.

-parece un helicóptero…le digo, con una risa absurda y nerviosa, pero usted que siempre pone la radio, no se ha enterado de la noticia.

-Hay que cosas tienes mi niña, me dice con una sonrisa, agárrame fuerte de las piernas y tírame hacia abajo que ya no se ni dónde tengo la cabeza…claro que me he enterado ,por eso he bajado a tu casa, para avisarte.

Le cojo por los tobillos, hago un esfuerzo, no puedo, siento que me voy a ir hacia arriba con ella, una fuerza me empuja con una energía desconocida,…. Como si estuviera en un parto, apretó la musculatura vaginal conteniendo la respiración, como si así me pudiera sujetar al suelo con más resistencia.

-Señora Carmen, mire que le he dicho un millón de veces que deje de hacerse tantas tartas, cada día se está poniendo más fondona y eso a su edad y con el azúcar que tiene no es bueno, pero usted ni caso-le grito- por si no me oye desde las alturas.

 Como respuesta obtengo una gran carcajada, y encima no se toma nada en serio, le digo.

Con una mano me cojo al pomo de la puerta con la otra le agarro la pierna, veo que mi cuerpo se eleva, estoy  empezando a ondular, ufff, un sudor  frio me recorre el cuerpo, más taquicardia debo ir por 130 pulsaciones, me ahogo…mi respiración se acelera como un turbodiésel, me siento que empiezo a ser un globo aerostático redondo, esponjoso, muy ligero, con muchos colores.

De repente oigo un golpe seco contra la pared del rellano, es Agustín el de la puerta  cuatro, lo que me faltaba, pero en este edificio habrá alguien normal, este seguro que no se ha enterado, de repente lo veo que se eleva también hacia arriba, ay que joderse, se engancha del mismo modo a la lámpara y se ponen hablar los dos como si nada estuviera pasando, les grito un poco fuera de mí: Pero vosotros dos creéis que son momentos para cotilleos?

- ¡ay hija que le ha abandonado la mujer a Don Joaquín, el de la puerta ocho, pobre hombre que esta desecho me responde Agustín.

Y a mí que me importa, no estamos ahora para tonterías, les digo chillándoles con todas mis fuerzas.

-¡ay amor, no me chilles que tengo resaca y vas a despertar a mi novio, que anoche cogió una que no veas, lo bien que lo pasamos.-me responde Agustín descojonándose en mi cara.

Les chillo, ya muy enfadada.

- pero no os dais cuenta que esto es muy, que esto es muy serio……

No parecen oírme, siguen los dos con sus tonterías, ahora se ríen con más fuerza, se cogen de la mano y se ponen a tararear una canción, intentan bailar con las manos cogidas.

 

-Parecéis dos niños…

 

Cierro la puerta dando un gran portazo, me siento en el suelo pegada a la puerta, oigo sus carcajadas, Agustín le cuenta la juerga de la noche, Doña Carmen se parte, yo no sé si reír o llorar, pero opto por reírme como hacía tiempo que no lo hacía, ya no hay nada más que hacer  que reírse, el mundo se termina.

La extraña condición

 

- Buenas tardes, señor.

- Buenas tardes.

- Aquella mujer me ha informado de lo sucedido y ha de saber que está cometiendo un delito muy grave. Haga el favor de acompañarnos al coche.- el policía hizo el ademán de esposar al hombre, pero este se apartó hacia un extremo del banco.

- No entiendo a qué se refiere. Yo estaba sentado aquí desde hace rato sin hacer nada, pregúntele al camarero de ese bar. No pueden detenerme así, de repente. La mujer se estará confundiendo de persona.

El hombre se puso algo nervioso. Ya le habían sucedido suficientes rarezas aquellos días como para que ahora le tomaran por un malhechor.

- Mire, como usted entenderá no es cuestión de montar un escándalo en un parque infantil. Acompáñenos y trataremos el tema en comisaría.

El hombre tampoco quería retar al musculoso policía, así que decidió dejarse llevar por la situación. Cuando llegasen al lugar aclararía el asunto y, quién sabe, quizá incluso le indemnizaban por las molestias causadas.

- Está bien, no me resistiré pero, créanme, pierden el tiempo conmigo.

Puesto que el hombre hizo el trabajo fácil a los policías no hicieron falta las esposas, lo que realmente le alivió, aunque ir en un vehículo policial entre rejas le transmitió vibraciones un tanto desagradables. Sería por el desconocimiento de la <<sensación de delincuencia>>.

El coche aparcó delante de un bajo de baldosas rojas y los dos agentes dirigieron al hombre hasta el asiento de una oficina de paredes translúcidas. Uno de ellos se sentó en la mesa de enfrente y el otro se mantuvo de pie, cerca de la puerta. El agente de la mesa sacó una libreta y un bolígrafo.

- Dígame, ¿ha consumido alcohol o algún otro tipo de sustancias psicotrópicas?

- Un momento, un momento. He sido detenido repentinamente y aún no he recibido ninguna explicación sobre el motivo. Hasta hace poco el descanso en mobiliario urbano no estaba prohibido.

- Mire, parece que no está al tanto de la situación, así que iremos al grano: una mujer ha llamado avisándonos de la presencia de un hombre erecto delante del parque donde jugaban sus hijos. Cuando llegamos resulta que nos encontramos con usted, un hombre que se ajustaba a la descripción perfectamente.

En aquel instante, el hombre comprendió el verdadero peligro de su condición paranormal.

- Esto ha sido un malentendido, por favor, dejen que les cuente mi problema. Hace unos días comencé a notar una extraña sensación en la lengua: no permanecía reposada entre las filas de dientes, se enrollaba hacia arriba como queriendo alcanzar mi campanilla. Mi mujer y yo lo atribuimos a una mala posición de la boca al dormir, por lo que ni uno ni otro le dimos importancia. "Durante la mañana se te pasará", me dijo ella. Pasaron un par de horas y, efectivamente, la lengua volvió a su posición habitual, pero lo verdaderamente extraño ocurrió el día de después: mi brazo se elevó involuntariamente. Lo sé, suena a marciano, pero así ocurrió. Si lo dejaba en reposo subía como un globo y ahí se quedaba, como cuando un preescolar quiere responder una pregunta en clase. Mi mujer se enfadó porque pensaba que lo hacía adrede, saben, pero el brazo solo bajaba si yo hacía el esfuerzo, como si me encontrase sumergido en una piscina. Por supuesto, no se me ocurrió pensar que aquello tenía algo que ver con lo que había sentido en la lengua el día anterior. Puesto que no me quería presentar en la oficina haciendo el saludo nazi, llamé para decir que me encontraba indispuesto. Al rato, el brazo bajo, pero la cosa no acabó ahí. Poco después el otro brazo hizo lo mismo. Podría haber esperado a que todo volviera a la normalidad como ya había hecho antes, pero la situación se volvió tan ridícula que decidí acudir al ambulatorio, y ahí me presenté. No saben la vergüenza que pasé durante el camino y en la sala de espera. Yo, por supuesto, hacía fuerza para mantener el brazo en su lugar habitual, pero en cuanto me descuidaba volvía a subir. Todos parecían confundirme con un demente, hasta un niño se acercó y me chocó los cinco en la mano levitada. Cuando llegó mi turno con el médico le expliqué todo lo que les he contado hasta ahora y me sometió a un análisis general: comprobó los músculos del brazo, masajeó mi cuello, me hizo preguntas sobre mi estilo de vida, y finalmente, me extrajo sangre. Se le notaba confuso, probablemente yo sería el único que se había presentado con un problema de aquellas características. Salió de la consulta para analizar la muestra, cuando casualmente mi brazo volvió a su estado habitual. Dado que cuando volvió comprobó que yo había lo vuelto a la normalidad y que la muestra de sangre no reportaba extrañezas (exceptuando algo de colesterol alto), me diagnosticó <<falta de gravedad intermitente>> y me pidió que volviese en caso de que la situación se agravara. Creo que el médico no se lo tomó muy en serio, pero ¿qué iba a hacer yo?, ¿zarandear al hombre para que me recetara algún medicamento que mantuviese mis extremidades en el suelo? Así que fui optimista y me dije: <<puede que no ocurra más>>. Pero no fue así, ya que, como pueden ver, he perdido la gravedad de mi pene en el momento y lugar menos oportunos. Les juro que no estaba haciendo cosas obscenas en aquel parque, tan solo me senté en el banco para descansar. Aquella mujer se fijaría en los extraños movimientos de mi pene con levedad y se asustaría, es comprensible, pero, ¿qué podía hacer yo? Ni siquiera me había dado cuenta hasta que han venido ustedes, ocurre sin que yo  pueda hacer nada. ¿Entienden lo que les digo?

- Mire, su historia es de todo menos convincente y no tenemos tiempo para tonterías. Vamos a tener que hacerle un control de drogas y alcoholemia.

- Por favor, tienen que creerme. Llamen a mi médico, él se lo explicará. Si quieren les doy su número. Mi mujer me espera en casa- de nuevo, se puso nervioso.

- Está bien, tranquilícese, pero entienda que no puede marcharse sin que hagamos ciertas comprobaciones. Mientras mi compañero se encarga de ello yo llamaré a su médico.


Un par de llamadas y papeleos más tarde, el hombre pudo ser libre de nuevo. Efectivamente, el médico les había explicado la misma historia y se pudo comprobar que el hombre no estaba colocado, por lo que a los policías no les quedó más remedio que dejarlo marchar. Eso sí, mientras acompañaban al hombre de vuelta a su casa no pudieron evitar dudar acerca de su cordura.

- Buenas noches, señor, esperamos no tener que volver por aquí.

Una vez llegaron a la dirección del hombre y el coche volvió a ponerse en marcha ya sin él para dar media vuelta, uno de los dos policías se percató por el retrovisor de su extraña manera de caminar. Como si quisiera imitar a un bailarín, cada paso que daba elevaba lateralmente la pierna derecha y bruscamente volvía a bajarla. Definitivamente, la locura no siempre era consecuencia de estimulantes.


Pasados unos días desde que ocurrió esta historia, una mujer lloraba desesperada al teléfono. Afirmaba que, caminando por la calle, su marido se despegó del suelo y no dejó de subir hasta que desapareció en el cielo. Imploraba la ayuda de las autoridades.


miércoles, 11 de noviembre de 2020

La tostadora voladora

 




                   La tostadora voladora



Lo que más me gusta hacer al levantarme es prepararme unas ricas tostadas. Pero hoy mi tostadora ha levitado ante mis ojos atónitos, se ha elevado de la superficie fría de mármol blanquecino de mi cocina y ha quedado suspendida ingrávida e inmóvil a la altura de mi nariz, me he quedado impertérrita mientras podía oler los resquicios de las tostadas del día anterior. Lentamente la tostadora, a la que tanto amo, con un respingo de su parte trasera, donde pulsas para que salgan disparadas las tostadas y elevando y contorneando su cable como si fuera la cola de un gato, se ha despedido de mí. Ha salido por el balcón elegante, suavemente y sin prisa. Con una de las nuevas letanías, del actual Papa, me he despedido de ella: “Madre de la misericordia “cuidad de mi tostadora.


Y la tostadora que ya no es mía sino suya propia y vuela por el cielo rumbo no se sabe a donde, desaparece ante mi vista haciéndose pequeñita. Corro a por mis prismáticos porque necesito seguir viéndola. La tostadora se balancea y se deja mecer por la suave brisa. Tengo la certeza de que la tostadora se ha jubilado y comienza una nueva aventura en su vida. 



--Ahora soy libre-- dice la tostadora

Me marcho de vacaciones a Groenlandia, necesito un lugar refrescante: “Basta ya de quemar tostadas”

---Me gustaría mucho ver una aurora boreal- dice la tostadora


De repente sopló un fuerte viento planetario que hizo ascender a la tostadora lenta y paulatinamente. Ascendió más de 50 km de altura, en su elevación sorteó a más de 20 aviones que surcaban la troposfera. Comenzó a sentir cierto vértigo y el peligro de ser autodestruida por un meteorito de los que divisaba en la lejanía. 


--Cuanta oscuridad y que pequeñita se ve la tierra—dijo madam tostadora.


Mientras seguía ascendiendo fue deslumbrada una intensa y brillante luminiscencia,  pensó que era la aura boreal que tanto deseaba ver pero no, era la luz del primer transbordador espacial turísco en el que viajaban una multimillonaria y estilizada batidora y un gordito microondas. Viajaban a 690 Km de la Tierra. La tostadora se emocionó. Estaba siendo testigo de un momento histórico.


La tostadora se sentía ávida de aventuras continuó su trayecto ascendente hasta alcanzar los 10000km de distancia de la Tierra. Allí su antigua vida le parecía pequeña y reducida. Quemar tostadas era su mayor preocupación. Ahora todo le parecía irrelevante ante tanta magnificencia.


Decidió seguir vagando por la vía Láctea los próximos años luz, habían muchos lugares que visitar y tal vez tomaría el mejor de los transportes espaciales  “los agujeros negros” donde podría relajarse y visitar muchas galaxias como la de Andrómeda, entre otras.


--Ahora soy una tostadora espacial y muy especial---se dijo a sí misma.

Por fin me siento realizada.




Sofi 

 




martes, 10 de noviembre de 2020

 

ANA PIN BUJ.

Me desperté sin casi haber pegado ojo ­—Fue la alarma del móvil la culpable de mi despertar—. La maldita mala conciencia me martilleó los sueños toda la noche. Le había dicho a Gregorio que se me había olvidado poner las lentejas a remojar y no era cierto. Estaba harta de sus obsesiones y la de comer lentejas todos los miércoles, estuviéramos dónde estuviéramos, ya no podía soportarla más.

Mirando el amanecer desde nuestro ático de la Finca de Hierro recordé la pesadilla: mi marido tiene en su despacho una sentencia de un tal Gil de Biedma: «Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante». ­Vaya gravedad de frase, como para no tener pesadillas.

En la pesadilla la vida era un cachorrillo alegre que se convertía en una fiera monstruosa al intentar llegar a comprenderla. Entonces, la fuerza de la gravedad acababa aplastándola contra el suelo (a la fiera y a la vida).

Apareció mi marido con su smoothie energético y se puso a hablarme de lo difícil que era ser Gregorio Salas: el reputado hombre de leyes que se había hecho a sí mismo. “Hecho a sí mismo”, que brutalidad —pensé yo—. Su oficio de abogado lo llevaba a juzgar a la gente sin parar, y así, sin despeinarse, me soltó:

 —Tú tienes la cabeza llena de pájaros. Y hoy, aunque es miércoles, para demostrarte que lo mío no es una obsesión no comeré lentejas —y añadió—. Es más, traeré unas hamburguesas del Mc Donald, y que te conste que lo mío es seriedad y responsabilidad: yo tengo los pies en el suelo; no soy un hombre niño; soy un hombre como dios manda —sentenció—.

Salí a la calle pensando que hasta el nombre lo tenía parecido al comerciante ese que acaba convirtiéndose en un insecto —Siempre olvido el título de los relatos y ni te digo el nombre de los autores—. En la cafetería de la esquina de Las Almas con Convento San Francisco me tomé un cortado mojándolo con un cigarrillo. Seguía pensando en el tostón de mi marido y sus obsesiones: —“Menudo maniático con sus veintisiete cepillos de dientes de colorines, con leer catorce páginas antes de dormir, con comenzar a escribir con una palabra con todas las vocales, con comer lentejas todos los miércoles…”—. Cuando reparé en que todo el mundo me miraba caí en la cuenta de que estaba hablando sola. Nunca he entendido por qué la gente se asombra de que alguien hable solo, yo no me asombro cuando alguien graba mensajes de voz en su móvil, en vez de hacer una llamada, ahora que son gratis. La próxima vez que hable sola me pondré el móvil cerca de la boca —me dije—. Eran las 7:56, casi la hora de entrar a trabajar en las Oficinas Municipales, me esperaba toda la mañana repartiendo certificados de empadronamiento, y, mientras, pensaría en mis cosas.

Cuándo iba a cruzar Periodista Azzati el sonido de un claxon me acabó de despertar. Aquel hombre del Mercedes gritó por la ventanilla: “Apártate a un lado Mary Poppins”. El hombre del Mercedes era ese tipo de persona que sabe, a ciencia cierta, que lo único objetivo del mundo es el dinero. La chica de la bicicleta amarilla, mientras se hacía a un lado de la calzada. le dedicó un buen augurio: “Que tengas un buen día malas pulgas”. La chica de la bici era bellísima, se parecía a Raphaella, aquel ángel femenino de la segunda parte de “El Cielo Sobre Berlín”. De este título sí que me acuerdo porque Gregorio y yo de jóvenes éramos muy fans del Nick Cave, y habíamos visto la peli un montón de veces. Yo continuaba treinta años después siguiendo a Nick Cave, Gregorio hacía años que sólo escuchaba clásica, jazz y ópera. Qué tiempos aquellos en los que me dedicaba “From her to eternity” —pensé—. Escuchar el nombre de la niñera voladora, aunque fuera con tono chulesco y peyorativo, y el rostro angelical de la chica de la bici, hicieron que todos los pájaros de mi cabeza se pusieran a volar. Cuando Vicente, el policía local de la puerta, me dijo: “Bon día bonica” yo ya iba un palmo por encima del suelo y me di cuenta de lo mucho que me gustaba ese hombre.

Sólo almuerzo en otoño (esa costumbre valenciana de comer sobre las diez de la mañana, que mi marido considera atávica y prosaica: «propia de gente de mal vivir»). Los otoños de Valencia me hacen volar y olvidarme de los michelines y de la vulgaridad. Almorzando, en un bar de la Avenida del Oeste un bocadillo aceitoso, a más no poder, de calamares, leí en la prensa una entrevista a un tal Sánchez Ferlosio —debe ser un intelectual conocido—. El escritor comentaba que preguntarle a un niño ¿Tú qué quieres ser de mayor?  Se podía considerar corrupción de menores.

Volvía hacia el trabajo por la calle de La Sangre mientras pensaba en que la expresión «ni frío ni calor» es literal en los otoños de mi ciudad: “Ciudad amurallada por naranjos y la fachada mediterránea” —uy, uy, uy que mañanita llevo, si ya me creo una poetisa—. Cuando entré en las Oficinas Municipales le dediqué mi sonrisa más coqueta a Vicente. Las cuatro horas que me separaban de la libertad las dediqué a rememorar los tiempos en los que me bastaba escribir mi nombre: Ana Pin Buj, para perder la gravedad, y no me refiero a volar. Ana Pin Buj, aunque me hubiera costado algo de bullying, a mí me transportaba, de adolescente, a mundos imaginarios. Me hacía mucha gracia esa brevedad vocal y que con nueve letras se manifieste quién soy yo en este mundo. Cuando quería recuperar la gravedad me bastaba con escribir el número de mi Documento Nacional de Identidad — ¡Vaya tela con el nombrecito del documento!—.

Fue en aquella época cuando conocí en la Facultad de Derecho, todavía en Blasco Ibáñez, a mi marido. A Gregorio lo apodaban Peter Pank, como el personaje aquel de la revista El Víbora. En aquel tiempo (como dicen al leer el Evangelio en misa) a mí me hacía sentir como Kampanilla, volábamos sin parar y la gravedad era sólo la idea de un tal Newton. No sé bien cuando la manzana le dio en la cabeza a Gregorio y los nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado lo aplastaron (la manzana y la gravedad).

Esa tarde, como todos los miércoles, había quedado con Marga para tomar café. Una frase en el sobre de azúcar llamó mi atención, ponía: ¿Cuánta vida te cuesta tu sueldo? Pensé que mi nómina no me costaba nada de mi vida, pero el confort que podía disfrutar por aguantar las manías de Gregorio, me estaba costando la vida entera. Le conté a Marga lo de Mary Poppins, lo de Sánchez Ferlosio, la Ángela Raphaella, Kampanilla, Peter Pank, y las ensoñaciones matutinas que me estaban haciendo despegarme del suelo. Cuando percibí que me estaba oyendo sin escucharme saqué un boli del bolso y escribí en una servilleta mi nombre y apellidos. Y le pregunté:

  —Oye, tú me has visto salir despedida de la silla y golpearme contra el techo, como si hubiera desaparecido la gravedad, ¿O, no?

  —Joder Ana no me asustes —contestó Marga con una mueca de horror— ¿No habrás vuelto a las drogas alucinógenas? Con la suerte que has tenido de encontrar un trabajo de funcionaria y casarte con Gregorio no me podría creer que la cagaras —y casi sin coger aire continuó— eres la envidia de las amigas, nadie hubiera imaginado que el bala perdida de Gregorio acabaría siendo el hombre perfecto.

“La suerte que había tenido de encontrar un trabajo de funcionaria y al hombre perfecto” —Había, dicho— como si fuera recoger setas en el campo. Al mismo tiempo que guardaba el móvil en el bolso le dije que se debía poner una A delante de su nombre y acentuar la última a. No le he dicho nada y se lo he dicho todo, estaba pensando ahora en la bañera, con una copa de vino, al recordar el rostro de desprecio y orgullo de Marga. La noche de los miércoles es mi noche favorita porque Gregorio no viene a cenar y yo me pido un delivery GoXO, y me bebo una botella de cava. Los sueños de esa noche son reveladores.

Esa noche soñé en que, tres lustros después, iba a visitar a Gregorio al hospital. Mi “ex” marido tenía un cáncer terminal y cuando entré en la habitación él estaba escribiendo un relato que comenzaba con la palabra peliagudo (la enfermedad había agravado su ensimismamiento). Hablábamos de la vida, de nuestros hijos y del pasado y Gregorio seguía con su contumacia sobre la seriedad de la vida: me culpaba de su cáncer por no haber comido lentejas un miércoles y haber comido una hamburguesa del Mc Donald. En el sueño aparecía una enfermera en la habitación, a la mañana siguiente de mi visita, y se veía a Gregorio lanzando un grito desgarrador: «Que me he equivocado, mierda, que me he equivocado».

Millones de gargantas, con los días contados, exclamaban el mismo grito a la vez en todo el Planeta: «I´ve wrong, shit, I´ve wrong».

Gregorio apareció, ese jueves de otoño con su smoothie energético, cuando el cielo sobre València comenzaba a teñirse de azul y los ángeles comenzaban a bostezar. Ana le pidió el divorcio de improviso y salió volando del ático de la Finca de Hierro a un pisito en Patraix de sesenta metros cuadrados. Cuando Ana Pin Buj puso su nombre en el buzón de su nuevo hogar, subió flotando hasta su casa, en un tercero sin ascensor.

En mi nueva vida soy yo la única reina —Se decía Ana—. Tres meses después de aquel glorioso miércoles, entré en casa y leí mi propia sentencia en el recibidor: “Ni el fracaso es un éxito, ni el éxito es un fracaso, son sólo una dimensión de la literatura, que está en la mirada de los otros”. Fue leerla y sentirme viento, agua, fuego, tierra y la fuerza de la gravedad dejó de aplastarme, comencé a dar volteretas sintiéndome el quinto elemento, atravesé la ventana y en vez de estamparme contra el suelo comencé mi ascensión a los Cielos. Al día siguiente salí en todos los periódicos internacionales y nacionales (no sólo de todo el mundo, sino de España entera). Y no salí en la Biblia porque no hay modo de moverle una coma.

 

Javier Bisbal.

                                                                        INGRAVIDEZ

En su infinito afán de renovación, mi padre, el roble, nos deja caer todos los otoños. Hoy ha sido el día de mi descenso. Pero el aire, con sus diferentes movimientos, ha convertido mi desarraigo en una experiencia; gracias a él puedo mecerme con la brisa, y contemplar desde abajo la dimensión del que ha sido mi hogar. Ver los diferentes árboles que se pierden hasta el lejano horizonte, y comprobar que hay hojas muy distintas a mí; antes, sumergida como estaba entre mis iguales, no pensé que existieran. Miro hacia abajo y veo la alfombra roja que mis hermanas crean sobre la verde hierba; allí, es donde llegaré al final de mi viaje. 

El cielo es más grande visto desde aquí, los pájaros lo atraviesan con sus alas desplegadas; algunos los conozco, los tuve cerca cuando se posaban en las ramas de mi padre, entonces, sentí el tacto de sus plumas, pero nunca les había visto llegar tan lejos; ahora sé lo que ellos perciben; mientras el viento me empuja, acaricia mi forma, y compruebo la ingravidez. 

Ella aparece a lo lejos por el sendero que transcurre por debajo de mí; la observo mientras camina, su mirada se desliza de un lugar a otro; va de los árboles al trayecto de los pájaros y baja hasta el roció retenido sobre la hierba; sin interrumpir el paso para observar. Lleva una cámara que cuelga de su cuello con una cinta y descansa sobre su pecho; parece que está buscando una imagen, pienso, no puedo dejar pasar semejante oportunidad. Cuando se acerca a mí la brisa me balancea, me ve, se detiene, sigo en movimiento, y veo que trata de entender como consigo mantenerme en el aire sin caer. Reacciona, abre el ojo de la cámara y  mira a través de él; trata de registrar la imagen de una hoja que elude la gravedad, pero mi movimiento no se lo permite, mira sin la cámara y me observa detenidamente; al fin comprende que no es una imagen fija lo que merece la pena conseguir, si no lo insólito del movimiento que ejerzo; acciona la cámara y comienza a grabarlo. Soy la protagonista de la película y la historia es mi viaje.

Es una suerte infinita y he de aprovecharla. Deseo que el viento me acompañe y se convierta en mi complice; como él es etéreo igual que mí pensamiento, ha escuchado mi ruego y empieza a soplar con diferentes tiempos como una orquesta de invisibles instrumentos; empiezo mi danza. Nos acompañan los alados frutos de una acacia cercana, al rozarse unos con otros crean el sonido de alegres y delicadas campanillas. También mis hermanas que siguen prendidas en las ramas susurran; otras, mientras caen envidian mi suerte y dicen al pasar cerca de mí, hasta luego.

Yo me muevo por el fragmento de espacio que se ha convertido en escenario; como una actriz que entra y sale: me acerco al objetivo, me alejo, juego, salgo del plano, entro, doy vueltas y vueltas sobre mi misma como una bailarina en una danza frenética. Mientras, ella sigue anclada al suelo grabando. 

Cuando el viento termina su partitura yo sigo en el aire, y con un ligero movimiento saludo a mi público. Se que ese mismo viento que ha permitido mi actuación, empujado por fuerzas invisibles, soplará fuerte y romperá el delicado hilo al que me aferro, entonces, también seré parte del manto que cubre la tierra y acabare por fundirme con ella. Pero estoy satisfecha porque ha quedado grabada la huella que demuestra mi viaje por la realidad.

Ella ha encontrado lo que no sabía que buscaba. Apaga su cámara y sigue su camino.  Yo el mio

Pepa López Albelda.



domingo, 1 de noviembre de 2020

Obsesión (Sofía)

 

Laura es una mujer soltera de 36 años que vive en en Mallorca en un piso precioso con vistas al mar, con un amplio balcón donde se tumba en una cómoda hamaca al sol, disfruta de su libertad e independencia.

Es una mujer de constitución atlética y robusta, tez pálida, ojos claros y melena rubia lisa. Es una mujer atractiva de fuerte carácter. Una mujer independiente. Tras esta apariencia de mujer fuerte se esconde una mujer sensible, algo melancólica e insegura. Con la mirada fija y perdida en el movimiento ondulatorio del mar Laura entra en un estado hipnótico y se pregunta  por qué sus relaciones de pareja fracasan. Intuye que sus dificultades con los hombres tiene que ver con el hecho de que discutió con su padre hace ya dieciséis años y no ha vuelto a verle ni hablar con él.

-Es mucho tiempo, piensa Laura entristecida mientras mira el mar.

Suena su teléfono. Laura se sobresalta, está esperando una llamada importante del hospital. Corre desde el balcón al comedor que está contiguo y alcanza a cogerlo justo a tiempo. Tras unos minutos de conversación Laura cuelga el teléfono y desbordante de emoción comienza a gritar Si! Sus ojos se empañan de la emoción.

-Ahora a esperar—dice Laura

Anota con el pulso tembloroso en su diario la próxima cita : 16 de Julio, a as 11h.

Vuelve al balcón y se tumba de nuevo en la confortable hamaca, su mirada fijada en el azul intenso y brillante del mar. Entra en un estado de ensoñación.

--Siempre el mismo sueño que se repite una noche tras otra—dice Laura

-- Sueño con su piel suave, su dulce olor, su tierna mirada... deseo que llegue la noche siento una profunda paz. Estos sueños son reales.

Cada mañana al despertar Laura se enfrenta a la misma tristeza, decepción y frustración, día tras día.

--ha sido sólo un sueño—dice Laura

--No entiendo que me está pasando. Necesito ayuda. Esta obsesión me va a volver loca—dice Laura

--Esta pulsión desenfrenada que no cesa de latir en mi cabeza, odio esta obsesión que me secuestra durante el día y por la noche se introduce en mis sueños—dice Laura

--Todos estos pensamientos... imágenes, me veo a mi misma embarazada o pariendo, también por la calle mis ojos cual radares captan a todas las mujeres embarazadas de entre la multitud –dice Laura—Siento envidia, es horrible, me avergüenzo.

---¿Como lograré ser madre si no tengo pareja?--Se pregunta Laura

---Me puedo poner en tratamiento--pero ¿como voy a ser capaz de criar yo sóla?--dice Laura

-- La maternidad es demasiado sacrificada! Me gusta mi independencia y mi libertad –dice Laura

 

Transcurrieron unos años, por fin había conseguido dejar de soñar con recién nacidos pero seguía enfrentándose cada mañana a su obsesión. Ahora que los sueños habían cesado, aparecían dos voces insistentes y repetitivas en su interior cada una de ellas afirmando y gritando sus razones en pro y en contra de ser madre. Aparecían en cualquier momento y lugar, interrumpían su actividad, poco importaba si estaba trabajando, de vacaciones, cocinando, duchándose, con amigos...las dos voces luchaban entre ellas. Laura estaba disociada, triste, cansada. Se sentía en una encrucijada. Una obsesión insaciable, devoradora que dejaba a Laura exhausta. Laura se preguntaba a donde había ido su alegría, ilusión y pasión por la vida. No podía seguir así. Se armó de valor. Reunió el coraje necesario para tomar una decisión. Decidió que sería madre y se puso en tratamiento de fertilidad al cumplir los 39 años.

 

Al tomar la decisión su alegría retornó, estaba de nuevo ilusionada. La vida volvía a tener un nuevo sentido. Tomó conciencia que estaba a punto de dar un salto al vacío, tras la llamada del hospital que le anunciaba que en sólo cuatro días le harían la transferencia embrionaria.

Dos semanas después de la transferencia le hicieron la prueba de embarazo.

Laura no podía creerlo, el resultado era negativo. Debía de haber un error. Algo en su interior estaba muriendo. Todas sus ilusiones desvanecidas. El tiempo pasó, la rutina dio paso a una nueva calma en su vida que disipó gradualmente la tristeza y el dolor.

--“ser Mujer y Madre” no es lo mismo—dice Laura

--Tal vez la Humanidad confunde estos dos términos porque las dos palabras comienzan por “M” no sólo en español, también en ingles (mother/ motherhood) en francés (Mére /Matenité) y seguramente en muchos otros idiomas-- dice Laura y se ríe alegremente.

 

Sofia

 



“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...