jueves, 13 de mayo de 2021

 Manos vivas – Myriam G.

 Manos de pianista. Era su único elogio, aunque nunca le hizo honor: siempre se negó a enseñarme a tocar el piano porque, según él, yo tenía mi propia idea de cómo hacerlo. Así eran mis manos de niña: pequeñas, con dedos largos, finos e inquietos. Manos que reflejaban la impaciencia de mi mente y su curiosidad. También su tozudez. Manos que no supieron hacer una palmatoria con arcilla y conchas de mejillón, pero que se morían por acariciar la cara que había por encima de esas otras manos femeninas que se pasaron la noche terminando la tarea de Plástica. Manos que devoraban incansables páginas y páginas de Enyd Blyton y emborronaban también páginas y páginas de cuadernos de doble línea contando mis propias historias copiadas.

Adolescentes manos de piel de papel de seda. Me perdía en el laberinto fascinante de sus delicadas venas azules y me sumergía en los enigmas de los dibujos de su palma. Preguntas trascendentales sobre si tendría una vida larga, y cuántos novios, y cuántos hijos; si viajaría mucho, si haría algo memorable, si viviría aventuras dignas de los héroes y heroínas de mis lecturas. Y como las líneas enmarañadas de mis manos no me decían mucho, ya buscaba yo las respuestas en libros de personalidad según el zodíaco, en novelas históricas de Noah Gordon, de ciencia ficción de Asimov, o en las rimas y leyendas de Bécquer. Todo tenía su valor. Menos mal que también daba valor a los libros de texto. Mis manos seguían pasando páginas febrilmente, pero ya no las llenaban mis relatos de novata. La sentencia fue brutal: lo que escribía no era original.

Las manos de adulta entregaron y recibieron el anillo de un amor para toda la vida que pasó de ser una razón para existir pletórica, a un espejismo que perseguir y un amargo fiasco del que salir huyendo. Estas manos aún pasean sus venas azules a la vista; ahora también al tacto. Acompañan mis palabras en una danza de pájaros pequeños y pálidos y encierran mis frustraciones en puños rabiosos de nudillos blancos. Estas manos mías se adornan ahora de pequeños berilos dorados y chips de chocolate con leche; y se acercan más al pergamino que al papel de seda porque han sentido, luchado, aprendido… Modelaron arrumacos, se llenaron de vida recién nacida, palpitaron con la magia de la presencia y hormiguearon con la desazón de la distancia. Han sostenido, acariciado, aplaudido y enfatizado. Mis manos, es verdad, nunca volvieron a tocar las teclas de un piano, pero están vivas. Y han vuelto a escribir.

 

Senda – Myriam G.

 Aferraba el libro apretándolo con sus bracitos contra el pecho. La bolsa de tela de cuadritos rosa que golpeaba rítmicamente su espalda era demasiado pequeña para ocultarlo, así que lo protegía con el celo de una madre hacia su cachorro. Tommy y Annika, tan invisibles para todos como reales para ella, hoy tenían que conformarse con ir de la mano de la yaya. Ni siquiera la proximidad a la boca del metro, con su caliente vendaval de bienvenida y su vomitona de abrigos, bolsos y chaquetones trepando por sus escarpadas escaleras conseguirían que soltara su tesoro. Por nada del mundo.

- Vamos, dame la mano que hay mucha gente.

La niña negó enérgicamente con la cabeza y empezó a bajar las escaleras, dándole la espalda a la yaya para proteger aún más su preciado libro. Bajaba un escalón cada vez, con la mirada fija en los zapatos, botas y bambas que venían en su dirección y que, milagrosamente en el último segundo, se desviaban de su camino abriéndole un pasillo en los eternos escalones.

- ¡Que me des la mano he dicho!

La yaya tuvo que conformarse con sujetarla del hombro para que no la tragara la multitud. Serpentearon por los pasillos del metro, sortearon los tornos y se adentraron en el andén. Siempre que podían subían en el último vagón. La puerta acristalada del fondo se asomaba a la oscuridad de tinta del túnel, salpicada aquí y allá por alguna lucecita roja o, a veces, verde. Con la frente pegada al cristal, veía cómo se alejaban los trenes que corrían en la vía de al lado, gusanitos de lucecitas que se hundían a toda velocidad en la negrura.

Conforme el tren aminoraba la velocidad, la niña nombraba en voz alta, metódicamente y sin equivocarse una sola vez, las estaciones por las que pasaban: Congrés, Maragall, Virrei Amat, Vilapiscina… hasta llegar a Horta, creciendo su certeza de que a la yaya no se le pasaría la parada

- Déu ni do! Tan petita i ja sap llegir?

Una pregunta recurrente que la niña y la yaya contestaban a coro con un sí y un no. La niña torcía el morrito y enfatizaba que sí sabía. Y la yaya lanzaba una mirada cómplice a la encandilada pasajera, porque casi siempre eran señoras. Esa tarde, la niña le enseñó el tesoro que no había dejado de custodiar ni un momento.

- Tengo un libro. Se llama Seeen-da –un dedito solícito se deslizó por la portada para ayudar a la señora a leer el título.

- Ah, qué bonito. ¿Es del cole?

- Sí, me lo ha dado la senyoreta Modesta. Y es de majors.

- Aaaah… però, quants anys tens tú?

- Tres – dos deditos más se añadieron al índice y las cejas de la niña se elevaron desafiantes hasta la línea de rizos castaños.

- Pero aquí pone que es de primero. – un dedo acabado en una uña pintada de rojo señaló el pequeño 1 de la esquina superior derecha – Tú no vas a primero. Y aquí, pone Xavi Montolíu.

- Noooo… no es de primero, es porque hay un girasol – la niña señaló la enorme flor amarilla de la portada - ¿ves? U-no. Sé contar. Y sé leer. Por eso la senyoreta Modesta me ha dado el libro. Era de Xavi, pero ahora es mío.

- Aaah.

La señora y la yaya se miraron. La señora sonreía, pero la yaya no tanto, más bien fruncía ligeramente el ceño. La niña volvió a apoyarse en la ventana. No quería más preguntas.

En casa de la yaya, colocó el libro en la mesa camilla del comedor y trepó por la silla para acomodarse y abrir, por fin, el maravilloso cofre del tesoro. Tommy y Annika la observaban invisibles desde el sofá. Acarició el girasol de la tapa, aguantando la respiración. Estaba áspero. Tras la tapa, de cartón gordo, las primeras páginas no tenían cuentos, no había dibujos. Soltó el aire. Tuvo que pasar varias páginas hasta encontrar los dibujos. Ahí empezaban los cuentos. Y respiró aliviada.



martes, 11 de mayo de 2021

 

LAS PIERNAS SON LAS MIAS

Nací con las piernas de la belleza tímida, de la vida sosegada de la piel esplendorosa de la piel importante, con ellas mis piernas …supe pensar, ellas me llevaban a los países imaginarios de la niñez, podía ….. danzar entre nebulosas de piernas, mis piernas largas y delgadas que ocupaban casi la tercera parte de mis neuronas, piernas saltimbanquis, piernas de escenarios escondidos, piernas de raíz de árbol que se enroscan en la libertad del sentir, piernas de sexo  entrecruzadas con otras piernas, piernas de serpientes, piernas que no saben más que volver a las sabanas de mi abuela, la que sabía que mis piernas eran libres como ella lo fue, piernas sin prejuicios, piernas que nunca supieron correr, algo tenían que tener mis piernas de negativo, pero a mí me divertía saber que lo único que no sabían hacer mis piernas era correr, mis amigos se reían  y yo corría y corría para que ellos se rieran , felicidad de piernas, piernas que saben que tus piernas también quizás sean mías, o al revés, que se yo, porque mis piernas dan vueltas en un mundo de otras piernas que falsean, mis piernas no falsean, hoy mis piernas siguen siendo mis piernas de ayer, no de mañana, porque el mañana no existe entre mis piernas, yo las saludo cada segundo de vida,  me calzo unos tacones de ir por casa, me siento abrazada a mis piernas,  meditando las oigo cantarme que los vuelos al atardecer son piernas de mujeres invalidas de su yo,  pongo un altar de piernas de cera junto a mis piernas, piernas de muerte y vida juntas,  de tanto pensar me quedo sin improvisar… si… joder, lo se … …improvisar  es lo mío, improvisar el tiempo , improvisar unas piernas que ya no sé si son mías, improvisar una lectura, improvisar un poema, dejare de improvisar algún día pero hoy  mis piernas me llevan a la dulzura de la crema de nívea  en la noche, a los pies con mis dedos que me acarician, piel grabada con la ternura de mis piernas, por eso las quiero, por sus caricias nocturnas , por su sexo, por los polvos eternos de sus piernas, porque son mi alma, porque hoy saben de mí. Solo por eso.

 

Inma López

 

domingo, 9 de mayo de 2021

DESCRIPCIONES

 Ejercicio Descripción. 


A)


Antes de llegar a responder miró punto por punto a aquella mujer que fácilmente habría pasado por su hermana. Debía tener algunos años más que ella, pero estaba bien conservada. Su pelo era oscuro y su flequillo recto parecía cortado con escuadra y cartabón. Presentaba algunas arrugas de expresión, las mismas que habría tenido Anne de no ser por su cita puntual, cada seis meses, con el botox. Su estilo, falsamente descuidado, le aportaba la elegancia y sencillez, de quien elige con mesura sus palabras al dar un discurso sin llegar a perder la fluidez. Una blusa plumeti azul celeste, oculta parcialmente por un abrigo del mismo color, y un pantalón blanco con la pinza marcada, acompañaban a unos zapatos grises con cerca de siete centímetros de tacón. Sus ojos marrones lucían levemente achinados, como si un rayo de sol incidiera sobre ellos impidiendo que sus pestañas se separaran por completo. Llevaba una corrección transparente, cuyo plástico, a modo de cortina sensual, ocultaba una sonrisa casi perfecta. El colorete, resaltaba unos pómulos enmarcados por una tez blanquecina y una delgadez casi excesiva. Sus labios gruesos pero cuarteados por el frío de madrid, recordaban a los bizcochos de manzana que al subir en el horno, acababan por agrietar su cubierta de azúcar, dejando entrever su corazón esponjoso. 


B)

Descendieron por la escalinata aspirando el aire caliente y cargado del desierto. El olor a carburante del avión, se mezclaba con el perfume barato, del que se había atiborrado la azafata antes de aterrizar. 


Pierre, esperaba junto a las puertas del mismo coche que había transportado días atrás a Anne desde el hotel de Lúxor hasta el aeropuerto. Su muñeca derecha, envuelta en un pañuelo de seda, descansaba colgando de su cuello. La imagen, recordaba a la de una madre envolviendo con cuidado a su recién nacido entre suaves telas, para cargarlo acolchado entre sus senos. Los dedos, amorcillados, parecían constreñidos por unos grilletes invisibles. El anillo de oro rosa del dedo corazón presionaba con fuerza la piel que lo circundaba, incluso había provocado una herida que sangraba con la suavidad de un cordón umbilical sujetado por una pinza. Las grietas de sus manos habían desaparecido a causa del edema y la inflamación. Aquella mano bien habría pasado por la de un boxeador torpe que hubiera golpeado contra el duro hueso del cráneo de su oponente, o la un borracho que la hubiera emprendido a golpes con una farola, terminando por romper hasta el último de los delicados huesos de su mano. 


Trató de saludar a los recién llegados con un pequeño aspaviento. Se movía con dificultad, como un aguilucho que acaba de perder el plumón y estira por primera vez, inexperto, sus alas. El gemelo de lapislázuli que asomaba por la manga de su americana azul, contrastaba con los colores violáceos, amarillos, rojizos, que componían un atardecer de invierno en la muñeca de Pierre. Al estirar la mano Anne pudo ver el final de sus dedos. Había perdido las uñas de los dos primeros dedos. En su lugar, como dos cuencas vacías a las que les han sido extraídos los ojos, dos muñones de carnes blanquecinas trataban de moverse buscando una curación imposible en el aire cargado y caliente y pesado del desierto.


Me pierdo con las metáforas... HELP... ESTÁN BIEN... ME PASO... ME QUEDO CORTO...

 El Gulfstream G650 despegó sin esperar a que los pasajeros tuvieran abrochados los cinturones. Anne ya conocía aquel prodigio de la ingeniería de su viaje desde Luxor. En esta ocasión, sin la atención constante y continua y punzante de Pierre pudo apreciar los grabados del avión. Los asientos de cuero estaban marcados en sus cabeceros con el relieve de un escudo, como si se tratara de un caballo ganador grabado a fuego. Anne pasó sus dedos por las costuras intentando adivinar sus siluetas. Sintió el poder de una serpiente, equilibrado, describiendo un arpa con sus curvas que iban y venían hasta terminar en un elemento más potente cuya forma de cruz no terminó de comprender. Acercó sus ojos de forma indiscreta hasta quedar a pocos centímetros de la imagen. Buscaba una cercanía que le permitiera descifrar aquellas formas. En la parte superior adivinó un dragón que serpenteaba. Esa era la culebra con forma de arpa que había sentido entre sus dedos. El animal parecía engullir o vomitar a un niño, cuyos brazos y cabeza salían de su boca formando una cruz. Había visto aquel escudo de armas en el pasado. Se esforzó, aceleró sus neuronas como si estuviera derivando una fórmula imposible. Anne nunca había sido buena en matemáticas.


  • Dra. Riveira. - 


Catalina reclamó su atención, sin permitirle resolver su duda. No había conseguido entrever aquel escudo en sus recuerdos. 


La atractiva mujer, que parecía sacada una revista del corazón, y el hombre de gafas oscuras, estaban sentados al frente mientras que Jose y ella se mantenían en la parte posterior. Catalina deslizó su asiento por los rieles del avión, con suavidad, parecía una niña bailando con una silla de ruedas en un despacho recién pulido. Llegó hasta ellos y posó sus manos sobre las rodillas de Anne.


  • Saque el panfleto que le he dado. - Carraspeó. - Pónganse cómodos voy a contarles una historia.
  • Primero tengo algunas preguntas. - dijo Anne. 
  • No se preocupe, seguramente mi historia es la respuesta que busca. 


Anne se recostó y llamó la atención de la azafata. Esta vez estaba simplemente deshidratada. Necesitaba su mente despejada, así que ordeno un zumo de tomate con limón, pimienta negra y un toque de Tabasco y algo de agua. Jose agitó la mano hacia la azafata y se apresuró a solicitar lo mismo, como si fuera la hora del cierre de aquel bar y aquella fuera la última copa que podía tomar. 


  • Empezaré por Leonardo. - dijo señalando el panfleto de Anne. 
  • Qué tiene que ver Leonardo… 
  • Nada y todo. Poco se sabe de la relación entre Leonardo Da Vinci y el antiguo Egipto. El único dato que tenemos es este manuscrito y algunas cartas. Leonardo nunca llegó a viajar a Egipto. Según sabemos, recibió un papiro a través de un hombre que viajó desde las montañas de la antigua ciudad de Thebas hasta Milán en el 1503. Aquel hombre…
  • Cómo sabes que eso es real. - Dijo Jose. 
  • Hay cartas entre ambos, cartas que recogen la esperanza depositada por Alfi Mahant en Leonardo. Dejadme que avance. 
  • Perdona. 
  • Aquel hombre contactó con Leonardo a través de un comerciante de sedas, con el pretexto del encargo de una obra dedicada a la Virgen María, para una adinerada familia católica egipcia. En la primera carta ya era obvio que el encargo era falso. De hecho, Alfi se refiere a la Virgen María como la Isis de vuestra religión, algo que no cuadra demasiado con un supuesto marchante de arte católico. 
  • Sigo sin ver la relación. - Dijo Jose. 
  • Leonardo rechazó la propuesta de inmediato, pero Alfi había conseguido su objetivo: contacto directo con el famoso… digamos que con el famoso todo. Leonardo era pintor y escultor y escritor y médico e inventor y músico y botánico y todo. Era todo. 


Catalina recogió el panfleto de las manos de Anne. Continuó hablando por más de media hora. Lo hacía con decisión y paciencia. Miraba a sus invitados directamente a los ojos, sin pestañear, parecía sumida en una competición infinita en la que el ganador sería quién aguantara mil noches sin juntar sus pestañas. Tocaba las piernas de Anne, acariciaba el cuello de Jose y cruzaba las piernas con sensualidad. No parecía premeditado pero cualquiera habría jurado que se trataba de una anaconda rodeando a sus presas, moviéndose con sigilo y sensualidad, hiponotizándolas y haciéndolas sentir bien antes de atacar


  • Su objetivo era que Leonardo le ayudara desde luego. Durante infinitas cartas, al menos cien, el egipcio explicó al italiano que sentía devoción por sus obras, admiración por su priviliegiada mente. Le adulaba en cada escrito. Se mantuvo fiel en sus envíos postales casi diarios durante cuatro meses, hasta que volvió a obtener una respuesta de Leonardo. 
  • ¿Y qué le pedía que dejara de acosarle? - dijo Jose. 
  • No, le dijo algo así como: No creo vuestras palabras, estoy seguro de que buscáis algún beneficio. Así que como sois harto insistente acepto que me solicitéis una sola cosa. 
  • ¿Y qué le pidió?
  • Esa es la clave. Le pidió que custodiara un objeto.



Catalina continuó la explicación centrada en Jose, que parecía el más crédulo de ambos. Sujetaba sus dos manos entre sus palmas. Notaba el calor que desprendían, como si fueran las las piedras que rodean el cráter un volcán. Jose estaba centrado en aquellos ojos profundos, casi había olvidado que Anne estaba a escasos centímetros de sus sillón. 


  • Alfi, pertenecía a los Nubios, se consideraba a sí mismo descendiente directo de los faraones negros. En su carta más larga a Leonardo, le explica cómo los Nubios sólo pueden contraer matrimonio entre ellos. Algo que sigue vigente hoy día. De hecho es una gran deshonra que incumplan esta ley. Alfi le detalle que ni él ni sus dos hermanos gemelos eran fértiles a causa de la frecuente consanguineidad entre los cónyuges.
  • Y dónde entra Leonardo… 
  • Alfi le pide a Leonardo en la carta que acepte un regalo, para su guardia y custodia, ya que se sabe al borde de la muerte y no dispone de descencia. Ante ello Leonardo acepta pero no sin antes pedir más información. Concretamente Leonardo le pide saber cúal es el regalo y por qué es tan importante y sobre todo por qué no confía en nadie cercano.


Ahora su voz se hizo casi inaudible, parecía el sonido de un silbato de adisestramiento canino. 


  • Alfi tardo semanas en responder. Parecía no querer o no poder detallar aquella información  por carta. Finalmente escribió a Leonardo. Según su penúltima carta su familia estaba en posesión de tres papiros hermanos. Los tres papiros de los Sacerdotes Nubios: El papiro Font, El papiro Ra y el papiro Shu. En la carta de la que os hablaba Alfi le detalla a Leonardo cómo esos papiros son literalmente la llave a la vida eterna. También habla de que sólo los tres permiten desvelar su poder conjunto y de que tan él como sus hermanos han fracasado en su misión en vida, transmitir a su legado aquel tesoro ancestral. 
  • Parece que hayas leído tú misma las cartas… - dijo Anne con el ceño fruncido. 
  • Sí, las he leído. Las cartas forman parte de la colección privada de… de una de las personas para las que trabajamos. 


Anne se levantó del asiento de un salto. La velocidad de su movimento bien podía compararse con el resorte de una ratonera accionándose a toda velocidad al sentir la cabeza de una rata sobre él. Le indignaba que un documento de tal importancia pudiera estar en manos de un coleccionista privado. Sabía que el comercio ilegal de arte era una realidad. Millones de objetos habían sido expoliados de Egipto. Estaban dispersos por todo el mundo y sólo un pequeño porcentaje dormían a diario en museos. 


Durante su juventud había visitado la bodega Vivanco. Se trataba de un lugar destinado a la confección de vino ubicado en La Rioja. Durante la visita se podían encontrar antiguas máquinas de alquimia o barricas recién ensambladas. Había acudido con el hombre que por aquel entonces ocupaba su corazón. El universitario imberbe y enamorado de Anne había encontrado en aquel lugar la posibilidad de impresionar, enamorar y sorprender a la joven. Al finalizar la visita de las instalaciones de la bodega, la había guiado por aquellos túneles subterráneos que albergaban litros y litros de vino, hasta un edificio anexo. En un letrero se podía leer: museo del vino. En él se mezclaban obras de picaso con cerámicas grecorromanas. En todas ellas el vino era el denominador común. 


En la parte final de la exposición estaba aquello que el joven había encontrado en internet. Era la excusa perfecta para asegurarse alcanzar al fin las mieles de aquellos labios ligeramente cuarteados por el frío de Madrid, que le recordaban los bizcochos de manzana que preparaba su abuela cuando, al subir la masa, la corteza se abría y dejaba a la vista su relleno tierno y dulce. Una decena de piezas egipcias relacionadas con la confección de vino aguardaban al fondo de la estancia, esperando a ser descubiertas por Anne ante una señal discreta del joven estudiante. 


  • Quiero irme a casa. Ahora. - 


El regreso a Madrid había sido en silencio, sin el dulce final esperado. El joven había invertido buena parte de sus ahorros en un hotel en Logroño y había preparado una cena romántica en la famosa calle laurel. Anne había pasado el camino de vuelta con los brazos apretados y entrelazados como si quisiera crear un cinturón en torno a su tórax. Estaba horrorizada. Era la primera vez que veía piezas egipcias en un lugar privado. En una empresa que las había comprado. En el coche había realizado una búsqueda sencilla en google: comprar arte egipcio mercado negro. Los resultados habrían agotado la batería de su móvil recién estrenado si hubiera accedido a un uno por cien de las webs que había aparecido ofreciendo obras originales. No podía comprenderlo ni respetarlo. El arte, la cultura, egipto. No podía parar de plantearse cuántos tesoros estaban en casa de empresarios sin escrúpulos o de terratientes que habían heredado aquellos bienes sin ser conscientes de la magia que encerraban. No podía soportarlo. Chilló con fuerzas intentando romper el film transparente que la había envuelto en aquella bodega. No lo consiguió. Acabó dormida con su cuello soportando el peso inestable de la cabeza que golpeteaba el cristal del coche cada pocos segundos como si fuera el pico de un pájaro carpintero intentando encontrar comida en el tronco de un árbol.


  • ¿Qué grupo es ese? y… ¿Por cierto qué logo es este del dragón?
  • Anne. Por favor, paciencia. Vayamos parte por parte habrá tiempo para todo. El logo, es el escudo de armas de la familiar del propietario del avión. Déjeme que acabe por favor. Es importante que conozcan toda la historia antes de aterrizar. No sé cuándo volveré a tener tiempo de explicarles todo con detalle. ¿Puedo?


Ambos asintieron resignados. Anne regresó a su asiento indignada. Cerró su cinturón de seguridad con fuerza y se sujetó de los reposabrazos, parecía que se preparara para que un cometa embistiera al avión en cualquier momento.


  • Como les decía Alfi detalla en la carta que los tres hermanos gemelos estaban cerca de alcanzar los sesenta años y que se sentían débiles y ancianos. Que habían acordado distribuir los tres pergaminos por oriente y occidente sin que el guardián de cada uno conociera el paradero del otro. Sería el dios Osiris el encargado de volver a agrupar aquella magia ancestral cuando estuvieran preparados. 


Aquella historia de descendencia y consanguineidad recordó a Anne que no había llamado a Isabel antes de abanodar Madrid. Su hija se había mostrado muy preocupada aquella misma mañana por las noticias aparecidas en la prensa y que tachaban a Anne de ladrona y traficante de arte. Había prometido llamarla cuando aclarara el malentendido pero lejos de eso se había sumido en sus propios problemas y había olvidado a su hija. 


Anne se revolvió sobre su asiento, como si se recostara en el sofá de su casa recogiendo sus piernas sobre su abdomen y se cubriera con una manta de pies a cabeza. No sintió el confort esperado. Dejó de escuchar la voz de Catalina que seguía su coloquio interminable. Se sorprendió a si misma acariciando su propio cabello tratando de sentir el pelo de Isabel deslizándose por sus dedos. 


Su relación dual agotaba sus energías. La echaba de menos en casa,  pero también deseaba que se mantuviera alejada de ella. Temía hacerle daño, como quien teme romper una costilla al apretar demasiado en un abrazo. Temía perder su independencia a manos de aquella adolescente si decidía volver a vivir con ella. Alternaba días de lloros por la distancia con días en los que colgaba sus llamadas con más velocidad que las que provenían de servicios de venta telefónica.


Nunca había asumido con naturalidad el rol de madre. Acostumbraba a mentir sobre la edad de su hija cuando era imposible hacerla pasar por su sobrina. Calculaba con premeditación cuántos años le quitaba a su hija para restar los mismo a ella misma.


  • ¿Entonces envió el papiro a Leonardo?- preguntó Jose. 
  • No exactamente. El Nubio viajó hasta Milán y entregó en persona a Leonardo el papiro. Eso mismo quedó escrito en los textos de Leonardo.


Catalina se levantó con un movimiento elegante. Sin separar su mirada de Jose alcanzó su bolso. Y, como si se dispusiera a sacar la última tarjeta de una disputada partida de trivial pursuit, extrajo una hoja doblada de forma irregular en cuatro partes. Era una fotocopia de un documento manuscrito escalada a mayor tamaño para facilitar su lectura. Anne comenzó a leer en voz alta. Le gustaba su propia voz y buscaba escuchar el eco que no llegaba a devolverle aquella pequeña estancia presurizada. Hacía las mismas pausas que un político en una comparecencia ministerial y terminaba de padalear su última frase antes de comenzar la siguiente. Enfatizaba la sílaba tónica, como si quisiera penetrar en las venas ingurgitadas por la altura de sus oyentes. Tal era su intensidad que otorgaba una falsa veracidad a sus propias palabras.


  • Un hombre de tez oscura me entregó un documento extraño. Nunca había visto nada igual. Es bello y delicado. No hay letras ni número, solo imágenes, serpientes y águilas, hombres sentados. He oído hablar de ello en las tabernas a los comerciantes ya los viajeros. Incluso he leído a Eródoto. Pero parece que nadie llega a comprender estas figuras. Estoy seguro de que no son decorativas. Estoy seguro de que no están puestas por azar. Estoy seguro no querer leerlas. Ni puedo ni quiero. Llevo tres días sin dormir analizándolo. Intento encontrar un patrón que no existe. Un mensaje oculto que no aparece. He pasado tres días de naúseas, de vómitos y de diarrea. Me siento débil y he oído que muchas de estos pergamienos están malditos.  El hombre me habló de la vida eterna y murió, según me han contado, el mismo día en que me entregó el documento a manos de unos ladrones. No es algo que me reconforte que alguien que habla de la vida eterna encuentre su muerte en los alrededores de Milán. Copiaré sus primeras líneas y lo devolveré a su eterno descanso en las orillas del Nilo de donde proviene. No viajaré, ni… 


Las tubulencías hicieron que el avión descendiera de golpe, como si sus alas se hubieran derretido al acercarse al sol. Catalina se golpeó contra el asiento en su cadera y cayó sobre el asiento de Jose. El hombre la sujetó con fuerza de la cintura aferrándola sin darse cuenta de los glúteos tras un nuevo invite del avión. Podía sentir el latido de aquellos músculos poderosos en sus dedos. Jose se sonrojó pero no detuvo la presión, el cuerpo de la mujer se zarandeaba de un lado a otro. Las turbulencias se detuvieron al fin y Jose soltó con suavidad las nalgas de Catalina. Lo hizo despacio, como quien coloca las manos sobre la puerta de un horno caliente y tarda unos segundos en retirar sus dedos ante el placer del calor alcanzando su piel. Anne contemplaba la escena entre el miedo y el desaprobamiento hacia la conducta de su compañero. No había soltado su asiento en ningún momento, ni había separado su mirada de las manos de Jose. 

 

  • Creo que tenemos claro el cuento ese. Sigo sin entender qué tiene que ver con nosotros. Pensaba que Pierre sabía algo sobre las personas que nos persiguen. - dijo Anne. 
  • Insisto, tranquilidad. Pierre os está ayudando pero él también necesita que le ayudéis. 
  • ¿Perdón? Yo no estoy dispuesta… 
  • Insisto de nuevo, tranquilidad. 


Catalina se recolocó el pantalón y dio las gracias a Jose con un beso casto en la mejilla. El hombre enrojeció sus mejillas sin poder evitarlo, parecía un muñeco en el que habían marcado con exceso de rotulador los mofletes. Sujetó los reposabrazos de Anne con sus manos e inclinó su cuerpo. Sus pechos, pequeños pero libres mayor sujección que la de un bralette se balancearon hacia delante. Jose no podía dejar de contemplar aquella escena. La rojez de sus mejillas alcanzó sus pómulos y su frente hasta sentirse levemente mareado, como quien sube el termostato hasta sentirse embriagado por el calor de la habitación.


  • Anne. Pierre te brindará protección pero como te dijo el primer día quiere tu ayuda profesional. Nada más. Quiere saber tu opinión sobre la historia de Leonardo, sobre la vida eterna, nada más. 
  • Sigo sin entender qué tiene que ver Leonardo conmigo. 
  • Pierre cree que la historia de Leonardo tiene relación con el papiro que llevas en esa maleta… 
  • ¿Cómo sabes?
  • Ya te dije que nuestras fuentes son nuestras. Pero eso te lo contará él en persona cuando lleguemos. 
  • Cuando lleguemos a dónde. Quiero saber dónde vamos.- dijo Anne. 
  • Nos queda poco para aterrizar. El destino lo conocen bien. Es El Cairo. 

miércoles, 5 de mayo de 2021

EL LIENZO DEL TIEMPO 

Mis primeros recuerdos son escenas retenidas en el lienzo del tiempo. Regreso otra vez al desván de casa de mis abuelos, envuelto todo él en la bruma de polvo que flotaba en el aire. De allí me rescató aquel día mi tía, la hermana mayor de mi madre, para llevarme hasta mi primer recuerdo; yo tenía entonces tres años. Estaba como todos los días perdida en mi ensueño, en ese espacio que sentía mío, solo mío. Era grande, habían muchas cosas en ese lugar, allí se guardaba todo aquello que no tenía utilidad. Cuando cerraba la puerta dejaba fuera un mundo remoto. 

Estaba en un ala del primer piso, y en la otra las habitaciones. Al entrar en él se encontraba a un lado la puerta del pequeño dormitorio de Pasión, la criada. Cuando ella se retiraba por la noche después de acabar sus tareas, me llevaba con ella y me contaba historias fantásticas. En las noches de verano subíamos las dos, con mi prima, a la terraza del segundo piso, porque desde allí se podían ver las películas, en la pantalla del cine de verano. En esa planta estaba también la cambra, que era el sitio donde se guardaban los melones colgados de las vigas para el invierno, las naranjas para el verano sobre un lecho de arena, y una jaula con conejos. A esa escalera de peldaños de burdo cemento, se accedía por una puerta desde el distribuidor de las habitaciones. En ella encontré hurgando detrás de un ladrillo de la pared ligeramente suelto, un hueco y en él una pistola; entendí que no era un juguete, me apresure a dejarla donde estaba y no le hablé a nadie de ese hallazgo; no quería volver a escuchar a mi abuela, con cara de enfado, decir por enésima vez, “!esta chiqueta escarbará un día hasta el cul del aguasil!”.

En mi desván, a continuación de la habitación de Pasión, había un andamiaje de cañas suspendido de cuerdas que permitían subirlo y bajarlo; eran restos de aquellos, que hacía años, usara mi abuela para cultivar gusanos de seda. Rebuscando entre los objetos que allí se guardaban encontré un pequeño cofre azul; de ese azul que aparece en el cielo cuando comienza la noche; con una llave dorada y dentro, si le daba cuerda sonaba música mientras una bailarina daba vueltas. Me hizo soñar ser como ella. 

Tenía tres ventanas: la del fondo daba al tejado de la cuadra donde en otro tiempo, cuando vivía mi abuelo, se guardaba el caballo y el carro que usaba para ir a cuidar los campos. Por esa ventana entraban y salían los gatos. Las otras dos daban al patio, y por ellas, el sol de la tarde hacia brillar, como tejida con hilos de oro, la tela que habían hecho allí las arañas. Mi prima también bordó con hilos de oro el estandarte para el Sepulcro de Cristo; era la imagen que formaba parte de la procesión del Viernes Santo; y el paso al que pertenecía el apellido de la familia de mi madre. Él me dio el primer temor junto a la encarnación de la muerte; cuando, como era costumbre entonces, una Semana Santa se nos concedió el honor de tenerlo en casa dos semanas. Lo situaron en la planta baja, en el cuadrante de la escalera que lo rodeaba por los dos lados; subir por ella era una secuencia rápida para llegar a mi refugio; bajar por ella era otra secuencia que me llevaba a la realidad.

Estos recuerdos se fueron guardando después en el elástico arcón de la memoria; pero el que abrió la puerta para meter una serie infinita de ellos, fue el día que mi tía me rescató del desván. Me bañó para quitarme el polvo y alguna telaraña que pudiera haber quedado en mi pelo y me puso el último vestido que ella y mi madre me habían hecho; confeccionarlos era su diversión de las tardes. Un vestido precioso, blanco, con una rosa en el pecho que había bordado mi prima, y detrás un gran lazo también rosa. Mientras me peinaba me dijo que íbamos a casa de mis padres para ver a mi madre, llevaba unos sin verla, porque mi hermano había llegado; me dijeron hacia tiempo que iba a venir pero yo lo olvidé.

Siempre que me vestían así era para ir hasta la plaza de la iglesia, donde estaba la pastelería que tenía una guirnalda de naranjas talladas en madera, pintadas, enmarcando la puerta, y dentro espejos que multiplicaban sus deliciosos pasteles; además la excursión incluía la compra de un cuento. Así que no me gustó la idea de ir a casa de mis padres; tampoco me gustaba esa casa, no era tan bonita como la de mi abuela; también mi madre estaba triste cuando estaba allí, porque mi padre siempre estaba indignado. Yo era feliz en casa de la abuela, ademas de ella estaban mis primos y sobre todo mi tía, como era viuda y sus dos hijos ya mayores yo era un juguete para ella. 

Cuando llegamos mi madre estaba en cama entre sabanas blancas, reclinada sobre almohadas parecía cansada, abrió los brazos para recibirme esperando un abrazo y cuando iba a ir hacia ella algo llamó mi atención. Maria su mejor amiga, estaba sentada a su lado en una silla y en su regazo, sobre un delantal blanco, que de mayor supe se guardaba especialmente para ocasiones como esa, y formaba parte del ajuar de una mujer, cuando lo tenía. Allí estaba lo que dijeron era mi hermano, mire sin acercarme, estaba desnudo, no era como mis muñecos: se movía, era más grande, estaba rojo y chillaba. Me preguntaron si me gustaba, no lo pensé , dije que no y que mejor sería que lo tiraran. Todas rieron, yo me refugié en las faldas de mi tía y le pedí que nos fuéramos. Cuando salimos, ella, para que olvidara el disgusto, me llevo a la pastelería y luego me compro el cuento.

Más tarde comprobé que gracias a mi hermano, yo pude seguir más tiempo en casa de la abuela con mi tía, no tenía que compartirla, tampoco el desván, nunca dejé jugar en él a nadie más. Mí padre ya tenía a su hijo y no me exigía que me fuera con ellos a su casa. Mi madre venía cada día cuando mi padre se iba a trabajar. La abuela y él eran dos mundos enfrentados, todavía en contienda, cuando venía a recogernos para volver a casa yo siempre me negaba. Así fue hasta que mí tía murió.

Pepa Lopez



miércoles, 28 de abril de 2021

DURANTE UN PASEO 

Llevaban más tiempo de su vida juntos que separados, cincuenta años para ser exactos. Consideraban una suerte haber conseguido darse uno al otro felicidad. Haber criado y educado tres hijos, todos ellos ya casados, y nietos que les permitían disfrutar de ser abuelos sin grandes sacrificios. La pandemia que estaba asolando el mundo, les tenía restringidas las relaciones sociales, familiares y otras distracciones como viajar. Un largo paseo era la única salida que podían hacer cada día. En la casa ya estaba todo en orden: la cocina después del desayuno, tarea de él; lavadoras y comidas trabajo de ella; de la limpieza a fondo, se encargaba un día a la semana la asistenta. Por lo tanto era el momento de salir, como cada mañana, a caminar los ocho kilómetros para seguir manteniéndose en forma.

-¿Qué dirección tomamos hoy? -dijo él, mientras se ponía la cazadora. 

-Me gustaría ir al paseo marítimo para ver la escultura, de la que nos habló mi sobrina; la han colocado junto a las banderas. 

-Vale, hoy es un buen día porque está nublado y es laborable, habrá poca gente

-No parece que vaya a llover -dijo ella cerrando la cremallera de su gabardina, mientras entraban en el ascensor.

-Podemos ir por las avenidas que atraviesan la universidad, hoy estará abierta la verja.

Caminaron un tiempo con las manos entrelazadas como solían; cada uno con sus pensamientos.

-Hoy también me entristece ver los árboles llenos de ramas secas, nadie está dispuesto a quitárselas – dijo ella dando voz a su pensamiento.

-Ya... todos los días lo dices.

-De todas las ciudades que hemos visitado, esta me parece la más descuidada; !mira cuánta suciedad, esos papeles y plásticos llevan ahí meses!

-Es algo endémico de esta ciudad, no importa quién la gobierne -dijo él- Parece que es bastante común en los países mediterráneos; acuérdate de Sicilia.

-Si...

Llegados al marítimo se detuvieron a contemplar el mar; gris como el cielo; solo un grupo grande de gaviotas, daban puntos de luz y movimiento a la ancha franja de arena. Y por el agua...

-!Qué rápido se desliza ese catamarán, que envidia! -dijo él.

-Si, como el que tuviste tú.

-Y en el que nunca conseguí que vinieras conmigo.

-Soy de tierra adentro; me intimida la profundidad del mar.

Siguieron caminando hacia la escollera y se cruzaron con pocos paseantes. Una ciudad donde los días de sol son habituales, incluso en invierno, uno nublado aleja a la gente. Él se ajustó bien la bufanda, volvió a cogerla de la mano, se la estrechó suavemente y dijo.

-Por cierto, ayer volviste a recordar lo sola que te sentiste, cuando los niños eran pequeños.

-Sí...

-Vuelves a ello una y otra vez.

-Porque en lo hondo de mí, aún duele.

Él se detuvo, brevemente, la miró y, dijo.

-Necesitaba hacer lo que hice...

Ella apoyó levemente la cabeza en el hombro de él y tiró ligeramente de su mano para continuar caminando, mientras decía.

-Lo se..., pero el tiempo y la distancia le van dando matices; necesito recordar ese sentimiento, para encontrarle sentido. Como ya hemos hablado otras veces de ello; me gusta aquello que decía Kevin, “la vida adquiere sentido en su forma narrada”. -y buscó la complicidad en la mirada de él. Éste señaló con la mano libre. 

-Mira ahí está la escultura, !es grande, por lo menos cuatro veces el tamaño natural de un hombre!

Llegaron al lado de la figura, y se detuvieron a contemplarla, luego, soltó ella su mano y dijo señalando uno de los bancos cercanos.

-Vale ¿te sientas y me esperas? Ya sabes que me tomo tiempo para comprender estas cosas.

Mientras ella daba vueltas, lentamente, al rededor de la escultura; él observaba a una y a la otra. Finalmente ella se sentó a su lado y durante unos minutos guardaron silencio, luego él dijo:

-¿Ya...? 

-Si, ¿ te gusta? - dijo ella

-Mucho, aunque no sepa lo que dice.

Ella le miró, sonrió, y con un gesto de la mano que abarcaba la escultura, dijo:

-Es magnifica, el artista encontró los elementos precisos para decir lo que quería. 

-Y...¿Cuales son? -dijo él.

-Mira: apoya la cabeza y la punta de los pies en el suelo, el resto del cuerpo esta en tensión formando un arco. Tiene la manos abiertas en actitud de acoger, sujetar o implorar. Las facciones del rosto son de un hombre oriental; el gesto es de éxtasis, los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta. Está semidesnudo y el autor lo ha titulado,  El hombre de arena.

Quedan en silencio, luego, él abriendo sus manos , interrogando.

-Y... ¿que resultado sale con todos esos datos? Preguntó

-Ja... !no te burles!.

-Sabes que no.

-La arena es la tierra mas pobre, necesita muchos cuidados y humedad para ser fértil. El gesto del cuerpo y de las manos están esperando recibir. Hoy es un día a propósito para entenderla, está pidiendo a esas nubes - dijo señalando el cielo- que le den lo que ellas llevan. Es la relación interna del universo, de los seres y las cosas; la que le ha dado al artista el concepto para crearla.

Siguen un tiempo sentados en silencio, mirando el entorno.

-¿Hechas de menos seguir trabajando la escultura? -dijo él.

De ella emanó una risa imprecisa; se levantó despacio, le alargó la mano para invitarle a levantarse, y dijo:

-Ya... elegí. ¿Volvemos?.

El se levantó y emprendieron el camino cogidos de la mano.

-¿Que te apetece comer hoy? -dijo ella.

-Lo que quieras. 

-Siempre dices lo mismo. 

-Siempre me gusta lo que me das.

-Vale... pero a veces, quiero ahorrarme el trabajo de pensarlo. 

Pepa Lopez

“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...