miércoles, 11 de noviembre de 2020

La tostadora voladora

 




                   La tostadora voladora



Lo que más me gusta hacer al levantarme es prepararme unas ricas tostadas. Pero hoy mi tostadora ha levitado ante mis ojos atónitos, se ha elevado de la superficie fría de mármol blanquecino de mi cocina y ha quedado suspendida ingrávida e inmóvil a la altura de mi nariz, me he quedado impertérrita mientras podía oler los resquicios de las tostadas del día anterior. Lentamente la tostadora, a la que tanto amo, con un respingo de su parte trasera, donde pulsas para que salgan disparadas las tostadas y elevando y contorneando su cable como si fuera la cola de un gato, se ha despedido de mí. Ha salido por el balcón elegante, suavemente y sin prisa. Con una de las nuevas letanías, del actual Papa, me he despedido de ella: “Madre de la misericordia “cuidad de mi tostadora.


Y la tostadora que ya no es mía sino suya propia y vuela por el cielo rumbo no se sabe a donde, desaparece ante mi vista haciéndose pequeñita. Corro a por mis prismáticos porque necesito seguir viéndola. La tostadora se balancea y se deja mecer por la suave brisa. Tengo la certeza de que la tostadora se ha jubilado y comienza una nueva aventura en su vida. 



--Ahora soy libre-- dice la tostadora

Me marcho de vacaciones a Groenlandia, necesito un lugar refrescante: “Basta ya de quemar tostadas”

---Me gustaría mucho ver una aurora boreal- dice la tostadora


De repente sopló un fuerte viento planetario que hizo ascender a la tostadora lenta y paulatinamente. Ascendió más de 50 km de altura, en su elevación sorteó a más de 20 aviones que surcaban la troposfera. Comenzó a sentir cierto vértigo y el peligro de ser autodestruida por un meteorito de los que divisaba en la lejanía. 


--Cuanta oscuridad y que pequeñita se ve la tierra—dijo madam tostadora.


Mientras seguía ascendiendo fue deslumbrada una intensa y brillante luminiscencia,  pensó que era la aura boreal que tanto deseaba ver pero no, era la luz del primer transbordador espacial turísco en el que viajaban una multimillonaria y estilizada batidora y un gordito microondas. Viajaban a 690 Km de la Tierra. La tostadora se emocionó. Estaba siendo testigo de un momento histórico.


La tostadora se sentía ávida de aventuras continuó su trayecto ascendente hasta alcanzar los 10000km de distancia de la Tierra. Allí su antigua vida le parecía pequeña y reducida. Quemar tostadas era su mayor preocupación. Ahora todo le parecía irrelevante ante tanta magnificencia.


Decidió seguir vagando por la vía Láctea los próximos años luz, habían muchos lugares que visitar y tal vez tomaría el mejor de los transportes espaciales  “los agujeros negros” donde podría relajarse y visitar muchas galaxias como la de Andrómeda, entre otras.


--Ahora soy una tostadora espacial y muy especial---se dijo a sí misma.

Por fin me siento realizada.




Sofi 

 




martes, 10 de noviembre de 2020

 

ANA PIN BUJ.

Me desperté sin casi haber pegado ojo ­—Fue la alarma del móvil la culpable de mi despertar—. La maldita mala conciencia me martilleó los sueños toda la noche. Le había dicho a Gregorio que se me había olvidado poner las lentejas a remojar y no era cierto. Estaba harta de sus obsesiones y la de comer lentejas todos los miércoles, estuviéramos dónde estuviéramos, ya no podía soportarla más.

Mirando el amanecer desde nuestro ático de la Finca de Hierro recordé la pesadilla: mi marido tiene en su despacho una sentencia de un tal Gil de Biedma: «Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante». ­Vaya gravedad de frase, como para no tener pesadillas.

En la pesadilla la vida era un cachorrillo alegre que se convertía en una fiera monstruosa al intentar llegar a comprenderla. Entonces, la fuerza de la gravedad acababa aplastándola contra el suelo (a la fiera y a la vida).

Apareció mi marido con su smoothie energético y se puso a hablarme de lo difícil que era ser Gregorio Salas: el reputado hombre de leyes que se había hecho a sí mismo. “Hecho a sí mismo”, que brutalidad —pensé yo—. Su oficio de abogado lo llevaba a juzgar a la gente sin parar, y así, sin despeinarse, me soltó:

 —Tú tienes la cabeza llena de pájaros. Y hoy, aunque es miércoles, para demostrarte que lo mío no es una obsesión no comeré lentejas —y añadió—. Es más, traeré unas hamburguesas del Mc Donald, y que te conste que lo mío es seriedad y responsabilidad: yo tengo los pies en el suelo; no soy un hombre niño; soy un hombre como dios manda —sentenció—.

Salí a la calle pensando que hasta el nombre lo tenía parecido al comerciante ese que acaba convirtiéndose en un insecto —Siempre olvido el título de los relatos y ni te digo el nombre de los autores—. En la cafetería de la esquina de Las Almas con Convento San Francisco me tomé un cortado mojándolo con un cigarrillo. Seguía pensando en el tostón de mi marido y sus obsesiones: —“Menudo maniático con sus veintisiete cepillos de dientes de colorines, con leer catorce páginas antes de dormir, con comenzar a escribir con una palabra con todas las vocales, con comer lentejas todos los miércoles…”—. Cuando reparé en que todo el mundo me miraba caí en la cuenta de que estaba hablando sola. Nunca he entendido por qué la gente se asombra de que alguien hable solo, yo no me asombro cuando alguien graba mensajes de voz en su móvil, en vez de hacer una llamada, ahora que son gratis. La próxima vez que hable sola me pondré el móvil cerca de la boca —me dije—. Eran las 7:56, casi la hora de entrar a trabajar en las Oficinas Municipales, me esperaba toda la mañana repartiendo certificados de empadronamiento, y, mientras, pensaría en mis cosas.

Cuándo iba a cruzar Periodista Azzati el sonido de un claxon me acabó de despertar. Aquel hombre del Mercedes gritó por la ventanilla: “Apártate a un lado Mary Poppins”. El hombre del Mercedes era ese tipo de persona que sabe, a ciencia cierta, que lo único objetivo del mundo es el dinero. La chica de la bicicleta amarilla, mientras se hacía a un lado de la calzada. le dedicó un buen augurio: “Que tengas un buen día malas pulgas”. La chica de la bici era bellísima, se parecía a Raphaella, aquel ángel femenino de la segunda parte de “El Cielo Sobre Berlín”. De este título sí que me acuerdo porque Gregorio y yo de jóvenes éramos muy fans del Nick Cave, y habíamos visto la peli un montón de veces. Yo continuaba treinta años después siguiendo a Nick Cave, Gregorio hacía años que sólo escuchaba clásica, jazz y ópera. Qué tiempos aquellos en los que me dedicaba “From her to eternity” —pensé—. Escuchar el nombre de la niñera voladora, aunque fuera con tono chulesco y peyorativo, y el rostro angelical de la chica de la bici, hicieron que todos los pájaros de mi cabeza se pusieran a volar. Cuando Vicente, el policía local de la puerta, me dijo: “Bon día bonica” yo ya iba un palmo por encima del suelo y me di cuenta de lo mucho que me gustaba ese hombre.

Sólo almuerzo en otoño (esa costumbre valenciana de comer sobre las diez de la mañana, que mi marido considera atávica y prosaica: «propia de gente de mal vivir»). Los otoños de Valencia me hacen volar y olvidarme de los michelines y de la vulgaridad. Almorzando, en un bar de la Avenida del Oeste un bocadillo aceitoso, a más no poder, de calamares, leí en la prensa una entrevista a un tal Sánchez Ferlosio —debe ser un intelectual conocido—. El escritor comentaba que preguntarle a un niño ¿Tú qué quieres ser de mayor?  Se podía considerar corrupción de menores.

Volvía hacia el trabajo por la calle de La Sangre mientras pensaba en que la expresión «ni frío ni calor» es literal en los otoños de mi ciudad: “Ciudad amurallada por naranjos y la fachada mediterránea” —uy, uy, uy que mañanita llevo, si ya me creo una poetisa—. Cuando entré en las Oficinas Municipales le dediqué mi sonrisa más coqueta a Vicente. Las cuatro horas que me separaban de la libertad las dediqué a rememorar los tiempos en los que me bastaba escribir mi nombre: Ana Pin Buj, para perder la gravedad, y no me refiero a volar. Ana Pin Buj, aunque me hubiera costado algo de bullying, a mí me transportaba, de adolescente, a mundos imaginarios. Me hacía mucha gracia esa brevedad vocal y que con nueve letras se manifieste quién soy yo en este mundo. Cuando quería recuperar la gravedad me bastaba con escribir el número de mi Documento Nacional de Identidad — ¡Vaya tela con el nombrecito del documento!—.

Fue en aquella época cuando conocí en la Facultad de Derecho, todavía en Blasco Ibáñez, a mi marido. A Gregorio lo apodaban Peter Pank, como el personaje aquel de la revista El Víbora. En aquel tiempo (como dicen al leer el Evangelio en misa) a mí me hacía sentir como Kampanilla, volábamos sin parar y la gravedad era sólo la idea de un tal Newton. No sé bien cuando la manzana le dio en la cabeza a Gregorio y los nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado lo aplastaron (la manzana y la gravedad).

Esa tarde, como todos los miércoles, había quedado con Marga para tomar café. Una frase en el sobre de azúcar llamó mi atención, ponía: ¿Cuánta vida te cuesta tu sueldo? Pensé que mi nómina no me costaba nada de mi vida, pero el confort que podía disfrutar por aguantar las manías de Gregorio, me estaba costando la vida entera. Le conté a Marga lo de Mary Poppins, lo de Sánchez Ferlosio, la Ángela Raphaella, Kampanilla, Peter Pank, y las ensoñaciones matutinas que me estaban haciendo despegarme del suelo. Cuando percibí que me estaba oyendo sin escucharme saqué un boli del bolso y escribí en una servilleta mi nombre y apellidos. Y le pregunté:

  —Oye, tú me has visto salir despedida de la silla y golpearme contra el techo, como si hubiera desaparecido la gravedad, ¿O, no?

  —Joder Ana no me asustes —contestó Marga con una mueca de horror— ¿No habrás vuelto a las drogas alucinógenas? Con la suerte que has tenido de encontrar un trabajo de funcionaria y casarte con Gregorio no me podría creer que la cagaras —y casi sin coger aire continuó— eres la envidia de las amigas, nadie hubiera imaginado que el bala perdida de Gregorio acabaría siendo el hombre perfecto.

“La suerte que había tenido de encontrar un trabajo de funcionaria y al hombre perfecto” —Había, dicho— como si fuera recoger setas en el campo. Al mismo tiempo que guardaba el móvil en el bolso le dije que se debía poner una A delante de su nombre y acentuar la última a. No le he dicho nada y se lo he dicho todo, estaba pensando ahora en la bañera, con una copa de vino, al recordar el rostro de desprecio y orgullo de Marga. La noche de los miércoles es mi noche favorita porque Gregorio no viene a cenar y yo me pido un delivery GoXO, y me bebo una botella de cava. Los sueños de esa noche son reveladores.

Esa noche soñé en que, tres lustros después, iba a visitar a Gregorio al hospital. Mi “ex” marido tenía un cáncer terminal y cuando entré en la habitación él estaba escribiendo un relato que comenzaba con la palabra peliagudo (la enfermedad había agravado su ensimismamiento). Hablábamos de la vida, de nuestros hijos y del pasado y Gregorio seguía con su contumacia sobre la seriedad de la vida: me culpaba de su cáncer por no haber comido lentejas un miércoles y haber comido una hamburguesa del Mc Donald. En el sueño aparecía una enfermera en la habitación, a la mañana siguiente de mi visita, y se veía a Gregorio lanzando un grito desgarrador: «Que me he equivocado, mierda, que me he equivocado».

Millones de gargantas, con los días contados, exclamaban el mismo grito a la vez en todo el Planeta: «I´ve wrong, shit, I´ve wrong».

Gregorio apareció, ese jueves de otoño con su smoothie energético, cuando el cielo sobre València comenzaba a teñirse de azul y los ángeles comenzaban a bostezar. Ana le pidió el divorcio de improviso y salió volando del ático de la Finca de Hierro a un pisito en Patraix de sesenta metros cuadrados. Cuando Ana Pin Buj puso su nombre en el buzón de su nuevo hogar, subió flotando hasta su casa, en un tercero sin ascensor.

En mi nueva vida soy yo la única reina —Se decía Ana—. Tres meses después de aquel glorioso miércoles, entré en casa y leí mi propia sentencia en el recibidor: “Ni el fracaso es un éxito, ni el éxito es un fracaso, son sólo una dimensión de la literatura, que está en la mirada de los otros”. Fue leerla y sentirme viento, agua, fuego, tierra y la fuerza de la gravedad dejó de aplastarme, comencé a dar volteretas sintiéndome el quinto elemento, atravesé la ventana y en vez de estamparme contra el suelo comencé mi ascensión a los Cielos. Al día siguiente salí en todos los periódicos internacionales y nacionales (no sólo de todo el mundo, sino de España entera). Y no salí en la Biblia porque no hay modo de moverle una coma.

 

Javier Bisbal.

                                                                        INGRAVIDEZ

En su infinito afán de renovación, mi padre, el roble, nos deja caer todos los otoños. Hoy ha sido el día de mi descenso. Pero el aire, con sus diferentes movimientos, ha convertido mi desarraigo en una experiencia; gracias a él puedo mecerme con la brisa, y contemplar desde abajo la dimensión del que ha sido mi hogar. Ver los diferentes árboles que se pierden hasta el lejano horizonte, y comprobar que hay hojas muy distintas a mí; antes, sumergida como estaba entre mis iguales, no pensé que existieran. Miro hacia abajo y veo la alfombra roja que mis hermanas crean sobre la verde hierba; allí, es donde llegaré al final de mi viaje. 

El cielo es más grande visto desde aquí, los pájaros lo atraviesan con sus alas desplegadas; algunos los conozco, los tuve cerca cuando se posaban en las ramas de mi padre, entonces, sentí el tacto de sus plumas, pero nunca les había visto llegar tan lejos; ahora sé lo que ellos perciben; mientras el viento me empuja, acaricia mi forma, y compruebo la ingravidez. 

Ella aparece a lo lejos por el sendero que transcurre por debajo de mí; la observo mientras camina, su mirada se desliza de un lugar a otro; va de los árboles al trayecto de los pájaros y baja hasta el roció retenido sobre la hierba; sin interrumpir el paso para observar. Lleva una cámara que cuelga de su cuello con una cinta y descansa sobre su pecho; parece que está buscando una imagen, pienso, no puedo dejar pasar semejante oportunidad. Cuando se acerca a mí la brisa me balancea, me ve, se detiene, sigo en movimiento, y veo que trata de entender como consigo mantenerme en el aire sin caer. Reacciona, abre el ojo de la cámara y  mira a través de él; trata de registrar la imagen de una hoja que elude la gravedad, pero mi movimiento no se lo permite, mira sin la cámara y me observa detenidamente; al fin comprende que no es una imagen fija lo que merece la pena conseguir, si no lo insólito del movimiento que ejerzo; acciona la cámara y comienza a grabarlo. Soy la protagonista de la película y la historia es mi viaje.

Es una suerte infinita y he de aprovecharla. Deseo que el viento me acompañe y se convierta en mi complice; como él es etéreo igual que mí pensamiento, ha escuchado mi ruego y empieza a soplar con diferentes tiempos como una orquesta de invisibles instrumentos; empiezo mi danza. Nos acompañan los alados frutos de una acacia cercana, al rozarse unos con otros crean el sonido de alegres y delicadas campanillas. También mis hermanas que siguen prendidas en las ramas susurran; otras, mientras caen envidian mi suerte y dicen al pasar cerca de mí, hasta luego.

Yo me muevo por el fragmento de espacio que se ha convertido en escenario; como una actriz que entra y sale: me acerco al objetivo, me alejo, juego, salgo del plano, entro, doy vueltas y vueltas sobre mi misma como una bailarina en una danza frenética. Mientras, ella sigue anclada al suelo grabando. 

Cuando el viento termina su partitura yo sigo en el aire, y con un ligero movimiento saludo a mi público. Se que ese mismo viento que ha permitido mi actuación, empujado por fuerzas invisibles, soplará fuerte y romperá el delicado hilo al que me aferro, entonces, también seré parte del manto que cubre la tierra y acabare por fundirme con ella. Pero estoy satisfecha porque ha quedado grabada la huella que demuestra mi viaje por la realidad.

Ella ha encontrado lo que no sabía que buscaba. Apaga su cámara y sigue su camino.  Yo el mio

Pepa López Albelda.



domingo, 1 de noviembre de 2020

Obsesión (Sofía)

 

Laura es una mujer soltera de 36 años que vive en en Mallorca en un piso precioso con vistas al mar, con un amplio balcón donde se tumba en una cómoda hamaca al sol, disfruta de su libertad e independencia.

Es una mujer de constitución atlética y robusta, tez pálida, ojos claros y melena rubia lisa. Es una mujer atractiva de fuerte carácter. Una mujer independiente. Tras esta apariencia de mujer fuerte se esconde una mujer sensible, algo melancólica e insegura. Con la mirada fija y perdida en el movimiento ondulatorio del mar Laura entra en un estado hipnótico y se pregunta  por qué sus relaciones de pareja fracasan. Intuye que sus dificultades con los hombres tiene que ver con el hecho de que discutió con su padre hace ya dieciséis años y no ha vuelto a verle ni hablar con él.

-Es mucho tiempo, piensa Laura entristecida mientras mira el mar.

Suena su teléfono. Laura se sobresalta, está esperando una llamada importante del hospital. Corre desde el balcón al comedor que está contiguo y alcanza a cogerlo justo a tiempo. Tras unos minutos de conversación Laura cuelga el teléfono y desbordante de emoción comienza a gritar Si! Sus ojos se empañan de la emoción.

-Ahora a esperar—dice Laura

Anota con el pulso tembloroso en su diario la próxima cita : 16 de Julio, a as 11h.

Vuelve al balcón y se tumba de nuevo en la confortable hamaca, su mirada fijada en el azul intenso y brillante del mar. Entra en un estado de ensoñación.

--Siempre el mismo sueño que se repite una noche tras otra—dice Laura

-- Sueño con su piel suave, su dulce olor, su tierna mirada... deseo que llegue la noche siento una profunda paz. Estos sueños son reales.

Cada mañana al despertar Laura se enfrenta a la misma tristeza, decepción y frustración, día tras día.

--ha sido sólo un sueño—dice Laura

--No entiendo que me está pasando. Necesito ayuda. Esta obsesión me va a volver loca—dice Laura

--Esta pulsión desenfrenada que no cesa de latir en mi cabeza, odio esta obsesión que me secuestra durante el día y por la noche se introduce en mis sueños—dice Laura

--Todos estos pensamientos... imágenes, me veo a mi misma embarazada o pariendo, también por la calle mis ojos cual radares captan a todas las mujeres embarazadas de entre la multitud –dice Laura—Siento envidia, es horrible, me avergüenzo.

---¿Como lograré ser madre si no tengo pareja?--Se pregunta Laura

---Me puedo poner en tratamiento--pero ¿como voy a ser capaz de criar yo sóla?--dice Laura

-- La maternidad es demasiado sacrificada! Me gusta mi independencia y mi libertad –dice Laura

 

Transcurrieron unos años, por fin había conseguido dejar de soñar con recién nacidos pero seguía enfrentándose cada mañana a su obsesión. Ahora que los sueños habían cesado, aparecían dos voces insistentes y repetitivas en su interior cada una de ellas afirmando y gritando sus razones en pro y en contra de ser madre. Aparecían en cualquier momento y lugar, interrumpían su actividad, poco importaba si estaba trabajando, de vacaciones, cocinando, duchándose, con amigos...las dos voces luchaban entre ellas. Laura estaba disociada, triste, cansada. Se sentía en una encrucijada. Una obsesión insaciable, devoradora que dejaba a Laura exhausta. Laura se preguntaba a donde había ido su alegría, ilusión y pasión por la vida. No podía seguir así. Se armó de valor. Reunió el coraje necesario para tomar una decisión. Decidió que sería madre y se puso en tratamiento de fertilidad al cumplir los 39 años.

 

Al tomar la decisión su alegría retornó, estaba de nuevo ilusionada. La vida volvía a tener un nuevo sentido. Tomó conciencia que estaba a punto de dar un salto al vacío, tras la llamada del hospital que le anunciaba que en sólo cuatro días le harían la transferencia embrionaria.

Dos semanas después de la transferencia le hicieron la prueba de embarazo.

Laura no podía creerlo, el resultado era negativo. Debía de haber un error. Algo en su interior estaba muriendo. Todas sus ilusiones desvanecidas. El tiempo pasó, la rutina dio paso a una nueva calma en su vida que disipó gradualmente la tristeza y el dolor.

--“ser Mujer y Madre” no es lo mismo—dice Laura

--Tal vez la Humanidad confunde estos dos términos porque las dos palabras comienzan por “M” no sólo en español, también en ingles (mother/ motherhood) en francés (Mére /Matenité) y seguramente en muchos otros idiomas-- dice Laura y se ríe alegremente.

 

Sofia

 



jueves, 29 de octubre de 2020

OBSESIÓN

 Cuando le propusieron que hablase sobre aquello que le obsesionaba parecía que hubiesen acertado de pleno en aquel tema que más le costaría desarrollar.

Una cosa estaba clara, al observar la "obsesión" en la distancia podía encontrar multitud de ejemplos sobre esta tanto positivos como negativos. ¿Qué había de malo con estar obsesionado con la salud? ¿Qué había de bueno con estar obsesionado con el alcohol? Pero, analizándolo más minuciosamente, se dio cuenta de que por más que una obsesión pudiese calificarse de buena o mala, aquello que realmente la convertía en un infierno para la persona era su grado de intensidad, porque la obsesión no tenía porqué ser un defecto: todo el mundo que conocía, pensó, tenía pequeñas obsesiones, y estas no tenían por qué ser un lastre para el modelo de vida que llevaban. A menos que les ocurriera como a el mismo, que estaba obsesionado intensamente con la estética, la limpieza del hogar, las dietas milagro, los estupefacientes, la comida basura, el ahorro económico, la compra compulsiva, las vidas ajenas, la puntualidad, la perfección en el trabajo, la pornografía, las relaciones sexuales, las redes sociales, las fiestas extravagantes, los objetos de usar y tirar….


OBSESIÓN (Cristina)

 Según el diccionario, obsesión, es una perturbación anímica, que se origina, por una idea tenaz, que persiste, en la mente del individuo, lo que implica una preocupación permanente, en relación a una cosa.Eso, describe, lo que siento, al enfrentarme por primera vez, a una hoja, en este caso, pantalla, en blanco, en algo que no se relaciona, ni con estudios, ni con trabajo, ¿qué escribo?, ¿por dónde empiezo?, la mejor manera , creo, es empezar, y enfrentarse a ello. Siempre se ha dicho, que si lees mucho, te será fácil escribir, que las palabras fluirían, que las páginas se sucederían unas tras otras, pero no es así.,al menos en mi caso.Me considero, un gran lectora, en mi casa, decían que antes de saber leer, ya iba cargada de libros de un sitio a otro, aprendí muy pronto a leer, porque siempre, me obsesiono descubrir, que se escondía detrás de esas páginas, que mundo , nuevo y sorprendente, se iba a abrir ante mi, viajar, al pasado y al futuro, vivir las aventuras más insospechadas, descubrir todo un mundo diferente, sin moverme del sillón, el siguiente paso, era intentar, crear el mío, propio. Me obsesiona, ¿qué escribir?, ¿sobre qué?, ¿cómo se empieza?, ¿por dónde se termina?, ¿ estará bien?, ¿quién lo leerá?, ¿que opinaran,? es un run, run, que no cesa, y te hace postergar, una y otra vez, el momento, de enfrentarte, a ello.Esta obsesión, preocupación permanente, por un tema, te hace sufrir, salir de tu zona de confort, sin saber, muy bien, porqué,,y con la incertidumbre, de no saber, como hacerlo, aunque , me queda la esperanza, de pensar que la mejor creatividad, es el resultado de unos buenos hábitos de trabajo.

jueves, 22 de octubre de 2020

 LOS MIÉRCOLES LENTEJAS.

"Peliagudo, lo suyo es un caso peliagudo". Estas palabras, que le había dicho su terapeuta, resonaban en su cabeza mientras se lavaba los dientes por cuarta vez aquel martes de otoño. La imagen que le devolvía el espejo era la de una persona responsable y ordenada. No había más que ver su cuarto de baño con sus siete estanterías rotuladas con los días de la semana.

Se limpió los dientes con el cepillo amarillo, como correspondía al cuarto cepillado de dientes del martes: tenía veintisiete cepillos de dientes para la semana: gastaba cuatro diferentes todos los días y los domingos, como no merendaba, sólo gastaba tres. Nunca gastaba el mismo cepillo el mismo día (azul: desayuno; verde: almuerzo; rosa: merienda; amarillo: cena).

Recorría el largo pasillo desde su preciado cuarto de baño al salón y no entendía porqué su familia lo obligaba a asistir a terapia; no concebía porqué le llamaban obsesiones a sus costumbres; no comprendía que su costumbre de comer lentejas los miércoles fuera un trastorno obsesivo compulsivo. Llegó al salón y, mientras ordenaba todos los cojines de los dos grandes sofás, le preguntó a su mujer:

 -¿ Cariño, has puesto las lentejas a remojar?

 - No, mi amor, se me ha olvidado- contestó su mujer con cierta sorna mientras disfrutaba (o lo fingía) de su reality preferido de televisión.

Él no alcanzaba a comprender la falta de consideración hacia sus costumbres, y en especial a la de comer lentejas los miércoles. Ella sabía de los antecedentes familiares de él; conocía los problemas de colon de sus padres y de dos de sus hermanos.

 - A mí no me hables con ese tono condescendiente, y mucho menos te burles del cuidado que le doy a mi colon para esquivar el destino familiar- le espetó él.

Aquel miércoles de otoño decidió demostrar a su familia que lo de comer lentejas los miércoles no era una obsesión. Su familia, que siempre había viajado con los botes de lentejas correspondientes a los miércoles que estuvieran de vacaciones, no daba crédito cuando ese miércoles él no comió lentejas.

Quince años después, en la cama del hospital en el que le administraban cuidados paliativos para soportar el dolor del cáncer terminal que padecía, pensaba en aquel miércoles que no comió lentejas y pensó que su situación se debía a aquel miércoles  en que se saltó su costumbre para demostrarle a su familia que no era una obsesión.

Miró el pequeño escritorio de la habitación del hospital y se puso a pensar en palabras con las cinco vocales: estadounidense, universitario, grandilocuente, peliagudo... Esa era la única obsesión que él se reconocía: comenzar sus afamados relatos con una palabra con todas las vocales. Y se puso a escribir.




“Querrás saber por qué no estoy en casa y por qué no he llamado para avisar de que me iba. Esta noche se me ha aparecido la Virgen y me ha d...