Un abrazo."
jueves, 17 de junio de 2021
Un abrazo."
BRINDIS AL SOL
Cuando pierdes la vida ya no tienes nada que perder y tampoco que ganar, pero hasta ese preciso momento o instante o milésima de segundo te tiras toda la vida perdiendo cosas, despidiéndote de trozos de vida: de colegios, de la universidad, de trabajos, de amigos que se van antes de hora, de novias ( que te la pegan o se la pegas tú), y hasta de tus progenitores. La vida, pues, es una despedida continua, un continuo “perder de vista”. El día que Abel se despidió de la lluvia, o de Euskadi, que viene a ser lo mismo, decidió despedirse también del txakoli. Quedó con los amigos y se fueron de pinchos por el barrio viejo de Bilbo, llovía como siempre y Abel había conseguido que lo trasladaran a los astilleros de Sevilla, llamados Astilleros del Guadalquivir, siempre había oído que en Sevilla la lluvia es una maravilla, en los cinco años que llevaba en Bilbo había llegado al convencimiento de que la lluvia en Euskadi es una maldición. Abel levantó su copa de txakoli y brindó con sus amigos vascos : “ Os quiero mucho y he pasado aquí los mejores años de mi vida, pero a dios pongo por testigo que esta es la última copa de txakoli que me tomo y el último mes que veo llover durante todos los días”. Los amigos le dijeron que eso no había quien se lo creyera y que eso era un brindis al sol. Lo cierto es que esa noche lo cumplió y en el siguiente bar Abel se pidió un Ribera Sacra, mientras, seguía lloviendo a todo meter.
Al día siguiente se subió al avión con la ilusión de un niño que se va de campamento de verano. Aterrizó en Sevilla y cuando salió a la parada de taxis bendijo al sol abrasador y al cielo sin una sola nube, habló con el taxista sobre la lluvia y éste le dijo que no recordaba la última vez que llovió. Una vez instalado en el apartamento, que había alquilado desde Bilbao, decidió irse a conocer la ciudad. Anduvo por toda la ciudad sin chubasquero y sin paraguas y se sintió el hombre más dichoso del mundo, era un domingo de junio y el calor subía el mercurio de los termómetros hasta los 39 grados. Se tomó unas manzanillas, algún fino y una Cruzcampo en la calle Sierpes, pensó que no le gustaban mucho esos sabores pero ya se iría acostumbrando. Las promesas son las promesas y él se había despedido del txakoli.
El trabajo en los astilleros era el mismo, diseñaba las tuberías de los buques en 3 D y se las mandaba a los obreros diariamente; los compañeros enseguida se hicieron amigos y en Sevilla era sencillo conocer gente. Recordó que en Bilbao le costó más de un año conseguir tener confianza con las personas de su círculo. Pero aquí en tres meses ya tenía un montón de amigos.
Y llegó octubre y un domingo paseando a orillas el Guadalquivir se puso a llover torrencialmente. Abel comenzó a echar de menos a Bilbao y al txakoli. La sensación de estar empapado le hizo reflexionar sobre la tortura que nos hace la mente a los humanos de querer siempre lo que no tenemos y aborrecer lo que tenemos. Tanto echó de menos la lluvia que en un mes se estaba despidiendo de Sevilla y regresando a Bilbao.
AUSENCIA
Nuestra cama es grande, la más grande que en su día encontramos. Doy vueltas por ella buscando el sueño. Las luces de la ciudad penetran a través de las venecianas que cubren el gran ventanal; suelo dejarlas entornadas porque me gusta ver cuando abro los ojos en la noche. Enciendo la lamparilla porque necesito pensar a través de mis ojos y ver las señales que me rodean. Sobre mi mesilla está mi trabajo favorito, una escultura de quince centímetros de alto, que hice con fundición de plata. Representa una figura femenina y parece un capullo en formación. Quise dar forma al Haiku de Mario Benedetti.
la mariposa
recordará por siempre
qué fue gusano.
Resultó ser un hallazgo porque fue mucho más allá de mi intención. Desde entonces, la necesidad de repetir esa experiencia ha ocupado todo mi tiempo. Sin ver nada más. Al lado del ventanal está mí sillón azul, tiene un diseño futurista, anatómico, y en el suelo perderme en la lectura; ahora en la penumbra parece desear un cuerpo que lo habite. Contemplo el cuadro que hay frente a mí; está compuesto con una veladura de color azul sobre rojo; deja ese rojo al descubierto de forma que parece una herida cortada a cuchillo.
Cierro los ojos; escucho el rumor de coches que viajan con destino desconocido. Y, otro sonido viene desde muy lejos deambulando por mi memoria. Es el sereno que todas las noches pasa golpeando el suelo con su bastón, y vigila las calles mientras dormimos. Hace mucho, mucho tiempo que se ha hecho de noche y ella todavía no ha llegado. La espero porque tiene que seguir leyendo el cuento. Quiero saber que le va a pasar a la niña que abandonaron por la noche en un portal. Me gusta dormirme escuchando su voz.
Para mantenerme despierta lo miro todo. Veo la luz que entra por el balcón desde el farol de la calle, y cuando se encuentra con el espejo del tocador, hace ver una montaña del color de la luna, soy yo debajo de las sabanas. Sube a las lagrimas de cristal y con ella brillan; también a las rosas de bronce clavadas en el cabecero de la cama, la luz las hace vibrar.
Esta tarde desde el balcón de enfrente, en casa de la vecina a donde me llevaron, no sé porqué, porque no me gusta; pude ver a un grupo grande de gente en la puerta de mi casa. Un tiempo después, todos juntos han seguido detrás de un coche de cristal con un joyero dentro, como el que tiene ella encima del tocador pero mucho mas grande. El suyo está ahí, lo veo en el espejo unido a mí.
Abro los ojos. Veo ahora. Ahí, todo el tiempo sin ti. Detengo la mirada en el sillón azul, él estaba allí esta mañana, vestido con el traje de los días en que tiene que tomar decisiones importantes, mirándome, esperando que yo despertara para decirme adiós para siempre.
Apago la lamparilla, cierro los ojos, entro en la oscuridad donde espero encontrarme con el sueño.
Pepa Lopez
miércoles, 16 de junio de 2021
SIN DESPEDIDA
Cierro los ojos a la cerradura
de la despedida
No me retes
Viviré más y más…
Hasta la extenuación
La despedida me da fuerza de
ultratumba, tumbados en la tumba de mar
No te despediré ni a ti, ni al
viento
Ni a los sueños
Ni a las calaveras de ojos
pardos
Ni a la ternura entre mis
piernas
Ni a la vida sin vida
Ni a los poetas que brillan
sin poemas
No te despido, porque soy
despedida de las lágrimas que me bebo de mi misma
No te despediré ni a ti ni a
nadie
Navegare entre un olvido de
una voz que ya no recuerdo
Tu despedida, si la hubo, me suena a canción ruidosa que embriaga mis
oídos
El mar se va con las tormentas
de espuma blanca, donde no te podre despedir, porque las despedidas son
efímeras como el vaivén de los días.
No existes, por eso no te
despido
Te olvido bajo el run, run.. de
un amor que se esfumo en el hielo de la muerte
Presiento que la herida dejo la profundidad de muchos metros donde no los quiero ver
Nos despedimos con una tierna
mirada de mar de nuevo, desnudos ante los sueños
No me dijiste nada
Tu silencio, fue la despedida
más bella, no hubieron palabras en tu boca
Tus ojos bailando en mis ojos
Esa fue, creo olvidar una
despedida un tanto mentirosa, de dos almas itinerantes que no saben despedir
para no destruirse
Tú eras así, podías combinar
el silencio con la elegancia de las palabras
Sonaron las trompetas del
infierno, la noche oscureció en nuestros cuerpos.
jueves, 10 de junio de 2021
Tiempo - Myriam G.
El tiempo, como la gota lenta de la clepsidra, fluye largo
cuando te espero. Y, sin embargo, bulle con burbujas breves y brillantes cuando
te encuentro. Cuando te sueño, se sublima, elevándose sutil al cielo, liviano, sin
peso.
Pero de pronto siento a ese tiempo dulce preñado de
nubarrones grises. Negros augurios se arrastran por mi ánimo. Como un perro que
presiente el peligro, gruño a la incertidumbre. Quiero que se aparte. ¡Largo!
Y en un parpadeo el tiempo revienta rechinando en un aullido
de caucho que perfora los tímpanos. Estalla en un estruendo de cristales rotos.
Se desgarra en un grito de metal retorcido brutalmente.
La sangre caliente y el alma helada. Y ya no hay tiempo. Se
ha detenido para dejarnos ver y oír y entender que esto quizá sea el adiós. Qué
cruel amabilidad la suya. Qué dolorosa lucidez la que nos regala. Vemos todo.
Oímos todo. Y no sentimos nada. Sólo que él se escapa.
¡NO!
Me revuelvo. Me enfrento. Lucho. Pataleo. Sólo deseo que tú te
resistas también. ¡Pelea! ¡Golpea! ¡Sacúdete! ¡No lo dejes escapar! ¡Que no se
salga con la suya! ¡Nos pertenece! ¡Eh, nos perteneces!
Sonríe burlón.
Nos mira, pensativo.
Se aleja lento, cabizbajo.
…
¡Y regresa!
Se acompaña de un dolor lacerante que nos atraviesa. De una conciencia clara de un nuevo ritmo frenético. Porque no hay ni un minuto que sacrificar. Ni un aliento que desperdiciar. Ni un latido que perder.
Maldito tiempo.
Bendito tiempo.
SOY...
Si me pregunto quién soy, la respuesta huye, como rehúye mi sombra mientras camino.
Sé el lugar donde nací, del que salí y me alejé; permanece diáfano, adiáfano en mi memoria.
Sí, en secreto me engendraron mis padres, pero por ellos llevo mí nombre, conocido, reconocido.
Sé que crecí: aprendí que yo era yo, me embargaron sensaciones y sentimientos.
Sí, fui amante, luego, amante y esposa, madre, mujer...
Sé que todo esto no es lo que soy, pero qué más puedo decir, no sé.
Sí sé que un día dejaré de ser, de estar, y quizás haya alguien que defina lo que fui.
ROJO NEGRO
El viaje al oeste,
un camino que todos recorrerán:
campo florido.
Baiseki
Estaba aturdida; había sido demasiado largo el viaje teniendo en cuenta su estado. Al salir, arrastrando la pequeña maleta, busco su nombre entre los pequeños carteles y reconoció al hombre, que no lo necesitaba porque seguía siendo el mismo de siempre. Estrecharon sus manos mientras él le daba la bienvenida. Sentados ya dentro del coche, él observando su rostro le pregunto inquieto si se sentía bien, ella respondió que únicamente estaba cansada. Le propuso que durmiera un poco durante el trayecto hasta llegar al hotel, pero ella dijo que no podía dormir, porque no quería perder ni un instante de la visión del paisaje; abrió un poco la ventanilla y aspiró el denso aire marino.
Había sido una primavera inusualmente lluviosa; el verde del musgo y de las diferentes cactáceas formaba un trio de color con las rocas volcánicas, rojas y negras. A lo lejos, el oscuro mar aparecía por detrás del volcán. Esa gran montaña que muchos años antes había colonizado el mar, haciendo más grande la isla. Fue la parturienta tierra quien arrojó por su cumbre roja lava, como venas de sangre, que fueron deslizándose pendiente abajo hasta llegar al mar, y este la convirtió, con sus frías aguas, en roca a la que acaricia y agrede cada instante.
Estacionó en la entrada, y mientras él la ayudaba a salir del coche, apareció en la puerta su mujer que les estaba esperando, ella y la viajera se dieron un abrazo. El matrimonio eran dueños del pequeño hotel de cuatro habitaciones, situado en un paraje solitario a un kilometro escaso del mar.
Solían pasar unas semanas todos los años allí, de manera que la relación con los dueños se había convertido en amistad. Dos años hacía, después de que su marido muriera, que ella no había vuelto. Esta vez venía a despedirse.
Los amigos, viendo el cansancio de ella, le propusieron subir a su habitación, la de siempre, y llevarle allí algo de cena, ella acepto subir pero rechazó la invitación, alegando que el cansancio la dejaba sin hambre.
Estuvo dos días descansando sin salir de la habitación , apenas probó la comida que le subieron y paso el tiempo sentada en la pequeña terraza mirando el mar; escudriñando el camino por el que la luz discurre durante el día; quería recuperar fuerzas para cumplir su intimo deseo.
El tercer día supo que era el momento. Dejo una nota de explicación y disculpa, y salió al atardecer; se alegró de no encontrarse con nadie; si pensaban que seguía en su habitación nadie la molestaría. Caminó despacio, como le permitían sus fuerzas, hasta donde solían ir su marido y ella para ver ponerse el sol. Un lugar entre las rocas, cerca de la orilla donde el mar las abraza. Llego vacilante, y se sentó apoyando la espalda en la roca, ésta le transmitió el calor que todavía guardaba.
El sol se acercaba al horizonte y las gaviotas desfilaban ante él aprovechando el último resplandor. Cerro los ojos y centró la atención en el lenguaje del mar; escuchó el orgasmo que provocaban rocas y olas entrelazadas, inhalo su intensa esencia. Atendió al viento que le susurraba mientras acariciaba su rostro y peinaba su pelo. Perdió la noción del tiempo.
Abrió los ojos para ver y despedir al sol que ya se estaba acercando al ocaso. Todo empezaba a teñirse de de rojo. Una pátina rubí se extendía sobre la superficie del mar que ya era casi negro.
Cerró los ojos y observó su cuerpo, no sentía los pies, la roca en la que se apoyaba ya había perdido el calor en la medida que la noche avanzaba. El mar continuaba su incansable existencia. El viento, como su respiración, era cada vez mas frio y agitado.
Abrió los ojos para abandonar una vez más la oscuridad y la exterior estaba llena de luces. Nunca vio brillar tanto la noche, luego, se adentro en lo más profundo de ella.
Pepa Lopez
jueves, 3 de junio de 2021
TUS LABIOS DE SAL
Las viejas cortinas giraban suave
al viento de delante hacia atrás como si la música les edificara una suave
tertulia de palabras, la puerta abierta a la sombría calima del mes de junio,
me gustaba que el polvo se abriese entre tus piernas, el suelo agitaba las
mareas de una noche que había sido controvertida, deseaban los duendes perderse
entre los campos de las espigas?
Embelese al silencio para que no desapareciese.
Desafié a los dos mundos para que
cediesen un momento de tanta incertidumbre, este lugar inexistente existía
donde solo tu podías existir, pero y yo????....Donde me quedaba yo, si venia
del ruido, de la rapidez, de la riqueza de las miserias, maldiciendo a mis
males de los que quería que tú no supieras, riéndome del espectáculo de las sensaciones discordantes de los
duendes. De mis locuras de erres, de eses,
de que se yo.
Me maldije, corrí y desperté, no
me vuelvas a despertar, gimen los lobos de la mar, los lobos hambrientos de un
espíritu que se va… se va a la especie de los espíritus, donde se gime, donde
se arrancan los gemidos… que hacer cuando te vas… y tus sonidos son
pensamientos ruidosos en tu cabeza, gimo, gimo como un perro rabioso, gimo y te
hago el amor hasta quedar exhausta, porque el dolor es gemir, el placer es
gemir, somos lobos de espiga o de mar, o de silencio de la libertad de las
cortinas que flotan para que nunca quizás volvamos a estar. Esta noche
marcharemos al camino de la soledad, borraremos cada instante, así seguiremos
nuestro camino de dolor y de mar de lobos.
Inma
martes, 1 de junio de 2021
SIN OBJETOS
Esta noche no hay objetos, ni
sombras encarceladas, solo un recuerdo mental que no se si existió, maderas ancestrales
que perpetuaron un suspiro, busco entre los cajones, lo tire a la basura, si
nos pillaban …… que tiempos… era una pipa tallada de madera, pensé que coño
hago yo con esta pipa , nunca entendí ese regalo tan tuyo que tanto dejo en un
solo espacio , ahora pienso pipa de
selva que me regalaste un día como siempre inesperado, el olor de hierba recién duchada, quizás fue una pipa de un hombre de tus antepasados en la selva mirando una
luciérnaga esculpida por sus manos en esa noche, quizás sus manos fueran el
rencuentro de la piedra y la madera, o la madera y la piedra en un pensamiento
que nos lleva a su mente de otros momentos de
su vida, vives hoy ,mueres solo una vez y con la pipa tallada queda tu
ser en mí, ahí quedas, tan cerca siempre, tallada la vida siempre , así seguimos
con las lenguas agrietadas, tu primer
regalo, luego llegaron otros, pero solo quiero recordar la pipa que tire a la
basura, sin saber por qué hoy la rebusqué en mis pensamientos, porque lo hice?
De tanto esconderla la tire para
que no me descubrieran, la deje momentáneamente aparcada sobre un túnel de
esponjosas palabras.
Y llego la pulsera o la rosa,
llego la pulsera de aro, que aun guardo en el cajón de la buena suerte, suerte
de la vida que me depositaste en tu cruel final y llego la rosa enmarcada entre
las flores de un cartón sediento de niñez que perdiste, yo tengo objetos desperdigados en mi mente, y
solo recuerdo , no los objetos, recuerdo las miradas que se pierden porque todo
se pierde, me pierdo yo, tú ya no te pierdes en mí, pero mezclo todas las miradas,
mezclo lo que no se si existió, me pierdo entre los objetos que ya no son nada,
me quedo inmóvil entre una pulsera, una
pipa y una rosa, jueves de rosa diciéndome aléjate, pipa del silencio que se
humea de tus silencios, pulsera de aro redondo en mis muñecas que pasaran a mi
historia …..amor, me quedo con tu pulsera de aro , de muertes encontradas, de
dolor inmenso, quizás algún día sabré que no existimos y podre ser feliz.
Jamás sabremos de la pipa tallada
y de sus auspicios, pipa de leones y elefantes, de rosas de niñez, de objetos
que no son nada más que un dolor. Pulsera de aros en un aro que ya no entra en
mi muñeca.
Inma
PARA CLASE SOLO HASTA LA LINEA DE PUNTOS...
Los golpes de la cabeza del hombre desdentado contra la puerta despertaron a Anne. El humo se había disipado. La mujer recordaba vagamente haber cambiado de habitación, recordaba el cuerpo sin aliento de Alara, recordaba la alfombra en llamas, recordaba las manos de Jose sujetando su cadera con delicadeza, recordaba sus palabras de amor reprimidas. Anne miró al hombre desdentado, estaba tumbado en el suelo, su cabeza percutía rítmicamente en el marco de madera carcomida de la puerta. A cada golpe, el hombre contraía sus piernas hasta golpear su abdomen con fuerza. Tras cada movimiento convulsivo, el olor a hígado olvidado al sol de la herida de aquella pierna se adueñaba de la habitación.
Anne seguía sentada con las manos atadas en su espalda. El dolor de los hombros le resultaba insoportable; las muñecas, desencajadas por la presión de los grilletes de plástico, lanzaban calambres aleatorios que recorrían su cuerpo llegando hasta sus pies. La piel de Anne, deshidratada por el humo y la falta de agua, estaba a punto de desprenderse de su rostro como una serpiente que muda su camisa. Se acercó a Jose, que continuaba rendido al sueño y acarició las mejillas del hombre con sus labios de sal. Sin querer, sin saber cómo, un susurro salió de su boca cerrada: - yo también - dijo rozando el lóbulo sonrosado del hombre. Los pómulos color azahar de Anne tomaron prestado el color de las flores del almendro en primavera.
En medio de aquella ensoñación real, Jose dirigió sus labios hacia los de Anne, el aliento de la mujer en su cuello le guiaba. Rozó los de ella, Anne no trató de evitarlo. Durante un segundo que para Jose habría sido eterno y mágico y celestial, sus labios se encontraron, no tuvieron tiempo de conocerse o de disfrutarse, se separaron antes de que pudieran recordar que aquello había sucedido. Anne estaba de vuelta en el colegio, con seis años y un babero de rayas verdes y rosas, sosteniendo las manos de su compañero de escalón mientras acercaba sus labios inexpertos a los de aquel niño más bajito que ella. Aquella ola de amor al rozar los labios del niño no la había vuelto a sentir jamás, nunca, hasta ese momento. Olvidó el dolor de sus hombros, olvidó su infancia, olvidó su vida y se tumbó sobre el cuerpo del hombre.
Pasaron pocos minutos hasta que la nube de algodón de azúcar que la envolvía a Anne desapareció. Aquel beso le había recordado su primer beso, pero también el último. El cuerpo sin vida de Stephano se cristalizó en su retina. La excitación se tornó en vergüenza, y el amor en culpa. Recordó su primer encuentro en la embajada, recordó su primer beso bajo una luna llena de marzo, recordó el anillo que el italiano le había entregado en egipto. Comenzó a llorar. No estaba enamorada de Stephano, pero se sentía fría y cruel besando a otro hombre, solo unas horas después de presenciar su muerte. - Soy una viuda negra. - se dijo entre sollozos. - Sólo quiero a los hombres cuando son útiles. - Se odió a sí misma, una cosa era flirtear, otra era la infidelidad y otra era besar a Jose pocas horas después de la muerte de Sthepano. Su eterna lucha interior había llegado a su culmen. Nunca querría volver a besar a un hombre. Nunca querría volver a enamorarse.
Los gritos de una mujer llegaron hasta la habitación. Ininteligibles. Desgarradores. Anne no entendía su significado pero estaba segura de que aquella mujer deseaba morir antes de tener que soportar aquella tortura. Dos disparos secos e inmediatos crearon el silencio. La mujer calló. Jose se despertó agitado en medio de una pesadilla. Lanzó a Anne a un lado y se puso en pie. Corrió de un extremo a otro de la habitación. Se detuvo ante la puerta cerrada. Miró hacia el suelo. Negó con la cabeza. Todavía apretaba la llave de la vida entre los dedos. La apretó con fuerza y movió sus pies adelante y atrás buscando un equilibrio que había perdido. Necesitaban agua para mantener la lucidez. Llevaban horas sin beber sometidos al calor del fuego.
- Jose cálmate. - chilló Anne.
- Tenemos que salir de aquí. Vamos a morir.
- Primero ayúdame a levantarme.
La frente de Anne podría haber frito un huevo en pocos segundos. Jose se acercó a la mujer, la sujeto por los hombros y la levantó en un movimiento. Aquella quemazón migrañosa la torturaba siempre que se ponía en pie demasiado rápido. Una voz masculina se alzó al otro lado de la pared, su inglés era vulgar. - Están aquí. Sólo necesitamos con vida a la Nubia, los demás dan igual. - Jose comenzó a recorrer la habitación en círculos. Se estiraba del pelo como si arrancarlo pudiera aliviar su frustración.
_______ ........................
- No hay salida Anne, solo esta esa puerta. Pero no lleva a ningún sitio, es volver donde estábamos. Nos van a matar. - dijo Jose.
- Jose lo que está claro es que de algún modo nos han metido aquí así que una salida habrá. Necesito que me quites los grilletes.
- Aquí no hay nada para soltar las tuyas. Las nuestras las soltamos con los clavos, pero primero los metimos en el fuego…
Jose iba a completar una maratón haciendo círculos. Evitaba la mano hinchada de Pierre y el cuerpo de Alara.
- ¿Y esa llave? - dijo Anne.
- La de la puerta que…
- ¡Úsala! ¡Sus dientes, sus dientes! Son como sierras.
Lo intentaron sin éxito en el aire, la llave no tenía fijo. Anne se acercó a la puerta y colocó la tira de plástico sobre el tirador. El hombre desdentado ya no daba golpes con su cabeza, sus ojos miraban sin profundidad, pero sus pupilas habían recuperado la isocoria. Jose volvió a utilizar la llave como cuchillo. Anne estiraba con fuerza hacia los lados mientras él apretaba los dientes como si tratara de meter un cuchillo en una pierna de cordero congelada. El plástico comenzó a ceder. Hundió el falso cuchillo con forma de llave de la vida en la brida, conseguía debilitarlo pero no romperlo. Anne cambió de plan. Elevó sus brazos lo más alto que pudo, los hombros le pinchaban más que al terminar una clase de cross fit a la vuelta de vacaciones. Dejó caer su peso. El plástico se enganchó en el pomo y los grilletes se partieron dejando libres sus manos.
La voz del hombre volvió a sonar. Más cerca. Sus ordenes recorrían la habitación de un extremo al otro. Se había metido dentro de la pared. Los rodeaba. Anne se acercó a Pierre que hacía algunos minutos que intentaba incorporarse sin éxito. Tomó su mano derecha, los muñones ennegrecidos de hollín exudaban pus. No pudo evitar que una mueca de asco apareciera en su cara, apretó la herida del hombre hasta que un líquido verdoso mezclado con restos de ceniza comenzó a fluir. El olor, similar al de la pierna del hombre desdentado, inundó la habitación. Anne se tapó la nariz con la mano y volvió apretar hasta que el líquido regó el suelo. Los dedos de Pierre perdieron el aspecto de baba de caracol para recuperar un tono melocotón.
- Señores, mi Fiancee…- dijo Pierre en un susurro. - Me temo que esto es el final. Yo también les he oído. Solo quieren a la nubia.
- Y si… - dijo Anne. - la quieren viva ¿No? y si cuando lleguen amenzamos con matarla.
- ¿Cómo? ¿Con la llave? - dijo Jose.
- No idiota. Con los clavos que me has dicho antes. Justo sobre su yugular. Ellos no saben que ya está… bueno ella no se va a mover… la sostenemos apretada contra nuestro cuerpo y si se acercan amenazamos con rasgarle la yugular.
- Mi Fiancee es usted toda una caja digamos… de truenos…
- Jose abre la puerta. Cojamos los clavos.
Los tres se dirigieron a la habitación adyacente. El humo se había disipado casi por completo de forma incomprensible. No se veían ventanas ni rejillas de ventilación. Recogieron más de diez clavos de veinte centímetros en pocos segundos. Anne estudiaba las paredes. - de algún modo han tenido que traernos aquí. - se dijo. Miró al techo, no eran demasiado altos. Una enorme lámpara de tela translúcida ocupaba más de la mitad de la cubierta de escayola. Sopesó el peso de los clavos en su mano y lanzó las pequeñas flechas contra la lámpara.
- ¿Qué haces Anne? - dijo Jose
- Esa lámpara no me cuadra.
- Es lo que nos hace falta ahora: moda y diseño de interiores.
- ¿No has visto que es demasiado grande? Y mira la curva que hace, la tela está arrugada, como si la pusieran y la quitaran… además hay hilos colgando en el borde. Ayúdame a subir.
Subida a los hombros de Jose la mujer comenzó a estirar del centro de la lámpara. Casi tocaba el techo con su cabeza. La tela, llena de restos de ceniza y con aroma a barbacoa cedía con facilidad ante los dedos de Anne que no era capaz de traccionar con fuerza en aquella precaria posición. - Haz hablar al prisionero. - dijo de nuevo la voz de la pared - Nos ha dicho que estaban en esta planta pero hemos recorrido todas las habitaciones. Miente. Quiero que le digas: o nos dices dónde están encerrados o te hago tirantes con la piel de tus piernas. ¿Está claro? - Anne soltó la tela y se tapó la boca con las dos manos. Una segunda voz habló en árabe y después en un inglés casi perfecto. - Eduard dice que están aquí seguro. Que él no sabe entrar, que si hace falta tires todas las paredes. - Anne escuchaba cada palabra subida a los hombros de Jose. Tenía el cuerpo atenazado pero había comenzado a perforar la tela con los clavos haciendo pequeños agujeros. Consiguió meter dos dedos por ellos y colgarse de la tela.
- Jose arrodíllate. - Susurró Anne.
Conforme Jose fue bajando el peso de Anne fue rasgando con suavidad la tela de la lámpara. El brillo de la luz directa de las cuatro bombillas que albergaba en su interior les deslumbró.
- Anne… - dijo Jose, sin reparar en el tono elevado de su voz. Tenías razón.
Ambos miraron hacia el techo, una estructura de madera rectangular y un tirador hacían las veces de trampilla junto a la puerta. Dos gritos de alegría anticiparon a la voz de Eduard. - ¡Están ahí he oido a uno, he oido a uno! Traedme un mazo ¡Ahora! ¡Ya!
jueves, 27 de mayo de 2021
cuerpo
En su cuello, en sus muñecas, en su pecho. Pierre intentaba encontrar la llave de aquella habitación. Buscaba en el cuerpo del hombre desdentado que yacía estirado en el suelo con los brazos en cruz, inmóvil. Se posó ante sus ojos, conocía aquella expresión: pupilas contraídas, mueca burlona y mirada perdida. La mezcla que guardaba su pipa nada tenía que ver con la adormidera que usaba sacerdotisa Tefnur para curar las jaquecas de Ra, o con el opio que se vendía en las calles de Aswan. El hombre desdentado había jugado demasiado a encender y apagar aquella mezcla de tabaco y sustancias prohibidas. Tardaría horas, o incluso días en recuperar la cordura.
Comenzó a desnudarle, movía sus manos con torpeza, la toxicidad del humo podía ser peor que cualquier droga. Acarició los pelos chamuscados de su pierna quemada con dulzura. Uno a uno fueron cayendo ante el paso de sus dedos. Introdujo sus huellas dactilares en la carne cocinada, sonrió. Amaba la vida, le fascinaba la muerte. Aquellas carnes contraídas y de color bélico, el olor a suciedad y necrosis, era como estar en la cámara de momificación del cadáver de un faraón.
Fue ascendiendo en su cuerpo. Beso sus rodillas. Lamió su muslo. Así hasta llegar a su pene. Como toda ropa interior una cuerda sujetaba inestable el prepucio del hombre hacia su vientre. Pierre se sostenía con dificultad, apoyaba los codos sobre el hombre desdentado y gateaba sobre su cuerpo. Escodió su cabeza en las faldas de la túnica blanca humeante. Acercó sus labios al mayor de los manjares que atesoraba aquel cuerpo y aspiro el aroma a orina y semen y suciedad de aquel pene oscuro enterrado en un nido de serpientes que trataban de acceder a su cúspide. Sonrió.
La tos de Pierre volvió a su cuerpo haciéndole doblar su cintura. Su diafragma se movía hacia arriba y hacia abajo con a violencia de una convulsión. No podía contener el aire, no podía aspirarlo. Se tumbó de lado junto al hombre desdentado sin parar de toser. Tenía los ojos cerrados y las rodillas apretadas contra el pecho. Las manchas de sangre de sus venas rotas por el esfuerzo de su cuerpo comenzaron a teñir la túnica blanca del cuerpo que estaba junto a él.
UNA MECEDORA
Soy una mecedora que ha estado en esta familia durante tres generaciones. Me adquirieron los abuelos maternos de mi actual dueña; cuando estos se fueron pasé a la casa de sus padres, y cuando estos también murieron, fui el único elemento de aquella casa que ella se trajo a la suya, en la que todavía sigo estando.
A pesar de lo ligera que soy, soy muy resistente, gracias a cómo me trataron para construirme. Un método que también consiguió que la carcoma no me ataque. Nací del tronco de una haya; me cortaron en tiras y me sometieron a baños de vapor con cola para darme flexibilidad, y luego me introdujeron en prensas de bronce para conseguir la forma deseada. Gracias a eso, mi estructura está formada por una serie de líneas curvas que van creando, enmarcando espacios, acotando el vacío y formando dibujos que juegan entre si. Algunas de las líneas van ensambladas con tornillos. El asiento y el respaldo son de rejilla.
Me balanceo mucho, y gracias a eso mi dueña cuando era niña se mecía en mí; sentada con las piernas cruzadas como un pequeño buda, me hacia moverme al máximo, hasta que los mayores la reñían. Cuando era adolescente y quería cosas nuevas me pintó de rojo, y la verdad es que quedé horrible. Pasado un tiempo tampoco a ella le gusté así, y me quitó la pintura con un decapante; me dejó del color original de la madera, pero me quedaron unas manchas oscuras que me hacen parecer mas vieja. Cuando creció dejo de utilizarme, tampoco ahora se sienta mucho en mí. Creo que la culpa de ello es mi diseño, no es muy bueno. Soy una imitación.
Las que creo el primer diseñador de la historia; Thonet, un alemán, que en 1842 inventó la técnica del curvado de la madera, y la fabricación en serie; tenía en cuenta la ergonomía. Hizo que sus modelos se hicieran muy populares, y en muchas casas habían asientos de ese tipo. El carpintero que me hizo no sabía nada de eso, y a pesar de estar hecha de la misma manera soy mas alta de lo debido, y mis proporciones no son tan armónicas.
A mis sucesivas dueñas, que han sido de estatura bajita, no les he resultado cómoda, a pesar de ello me han conservado. Ahora el lugar que ocupo esta delante de la ventana en la habitación de matrimonio, en el lado de la cama en que duerme ella; por las noches cuando se desnuda deja su ropa sobre mi.
En una ocasión, escuche que su marido le proponía sustituirme por otro asiento mejor y más cómodo, pero ella dijo que ni hablar, que solo yo le quedaba de su infancia. Por eso sé que ella me quiere, a pesar de que no soy perfecta, y estaré con ella mientras ella esté. Luego, si no me destruye el fuego o un terremoto, sé que seguiré entera, y entonces no sé a dónde me llevarán .
Pepa Lopez
jueves, 20 de mayo de 2021
Aparecí en un pasillo de repente, el pasillo más feo que había pisado jamás. Había una puerta al fondo desde la que se oía la voz del niño, que repetía las mismas palabras una y otra vez. Pese al aturdimiento, supe que debía sacar al niño de la habitación y llevarlo fuera del pasillo, pero no me movía del miedo, pese a que era un simple pasillo. Di dos, tres y hasta siete pasos pero no di más porque se abrió frente a mi otra puerta del lado izquierdo del pasillo de la que salió un hombre en esmoquin y con una copa en la mano.
- ¿Qué hace usted ahí fuera?. Debería venir a celebrar
- Ahora mismo no me viene demasiado bien- ya me había hecho a la idea de ir a por el niño y aquel hombre me estaba distrayendo.
- Yo, si fuera usted, entraría cuanto antes. Se está mejor dentro que fuera.
En el fondo quería entrar porque las conversaciones y la música que salían de aquella puerta me parecían mil veces más apetecibles que el pasillo inhóspito y me picaba la curiosidad por ver cómo era la celebración y qué tipo clase de gente había allí. El hombre me invitó a pasar con la mano y entré, no sin dar un último vistazo a la puerta del final del pasillo y sintiéndome algo culpable por dejar al niño solo y a su suerte.
El salón al que accedí era más grande de lo que parecía desde fuera, y la decoración era elegante y opulenta. Había hombres en traje y mujeres en vestido sentados, bien fumando, bien bebiendo, bien riendo o comiendo; los que no, bailaban frente al escenario. Una fiesta típica de ricos en aquellos felices años veinte. Era mejor estar allí que fuera y el niño ya me daba un poco igual.
- Disfrute de la fiesta. Allí está la barra, vaya a que le sirvan una copa.
El hombre de la puerta señaló un bar, solitario de no ser por el camarero, al fondo al que no dudé en acercarme.
- Buenas noches, ¿qué sirvo? Champán, whisky, ron… Le recomiendo este de aquí.
- Me parece bien.
Y me sirvió una copa de algo que sabía bien y pedí otra y luego otra. Qué buen lugar: música, bebida, elegancia… El 1921 era un buen año en el que estar. Saqué la cartera para pagar.
- ¿Aceptáis euros?
- Dólares, señor, pero invita la casa.
- Ah, menos mal… pues no diré que no.
El camarero no tenía más clientes a los que atender y no teniendo allí a nadie conocido con quien hablar le di conversación.
- ¿Desde cuándo trabajas aquí?
- Desde el año pasado, señor.
- Y ¿no te aburres aquí solo?
- Bueno, realmente hay momentos en lo que no se acercan muchos, pero hay quienes me dan conversación, como usted está haciendo ahora.
- Ya.
- Desde luego es mejor y me pagan más que en la mi trabajo anterior.
- ¿Cuál era?
- Trabajé en una cadena de montaje de armas en Inglaterra. Nací allí pero, tras la guerra, la fábrica quebró. Mi hijo murió en el frente y mi mujer unas semanas después de pena y como no me dejaba allá nada suficientemente importante vine a buscar trabajo a Estados Unidos.
En una oración me había soltado todas sus desgracias.
(...)
Entonces me di cuenta de que ya no quería estar más allí. Todo aquel glamour no era más que una faceta superficial. En realidad, la mayoría de personas de aquella fiesta eran desgraciadas y la conversación que tuve con el camarero me quitó las ganas de formar parte de aquel mundo. Con las distracciones me había olvidado de lo que quise hacer cuando estaba en el pasillo. Durante el tiempo que había perdido podría haber sacado al niño de la habitación; tenía que despedirme y volver.
- Me tengo que ir ya, gracias por todo.
Y me fui sin esperar su reacción. Realmente me daba pena aquel hombre y lo que había vivido allí, por lo que no me costó volver por donde había venido. Pero otra parte de mi mismo se sentía culpable por desaprovechar la oportunidad de quedarme en aquel lugar porque sabía que no podría volver jamás. Finalmente, volví a preguntarme si debía rendirme y dejar allí al niño o asumir los riesgos de llevármelo. Opté por lo segundo porque era mejor arrepentirme después que seguir pensando sin hacer nada en un pasillo tan feo. Fui hacia la puerta del fondo, abrí y ahí estaba el niño, sentado en la cama y repitiendo, con la mirada perdida, las mismas palabras que cuando le oí al principio .
Le toque para que parase de hacer aquello y me prestase atención. Me miró a los ojos.
- Si te quedas aquí haciendo tonterías corres peligro. Ven conmigo; se dónde está la puerta de salida.
No esperé ninguna respuesta por su parte, le cogí la mano y lo saqué de la habitación sin resistencias. Al fin y al cabo era un niño que confiaba en lo que mandara un adulto como yo. Solo quedaba atravesar de vuelta el pasillo y habría acabado todo.
- Por favor, devuelve al niño a la habitación.
Como me esperaba, no sería todo tan fácil. Un tío nos cerraba el paso al final del pasillo porque, al igual que el hombre que me invitó a la fiesta, en este pasillo siempre aparecen nuevos obstáculos. Pero la de ahora es una distracción más peligrosa porque el hombre lleva un arma y parece dispuesto a usarla con tal de que el niño vuelva donde estaba.
No me importa; no quiero volver a debatir sobre qué hacer o qué no hacer, si dejar solo al niño o no dejarlo solo. Entonces me he puesto de cuclillas, a la altura del niño y le he dicho:
- Me tendrás que permitir que mate a tu padre. Es un demente.
Ahora me levantaré y me enfrentaré al hombre. Quién sabe si saldré herido, pero confío en no morir, porque lo que este loco no sabe es que, al sacar al niño, yo también dispongo de un arma con la que defenderme.
FOIE GRAS
Sé
que estás ahí encerrado por doce barrotes de hueso, pero nunca te he visto.
También sé la forma que tienes porque un día lo busqué en Internet. Eres
granate como un bobal y la gente se cree que eres marrón rojizo porque lo dice
el listo de google que es muy, pero que muy, listo —a los patos y las ocas las
sobrealimentan para hipertrofiarles el hígado y hacer un alimento gourmet: el
clásico chauvinismo francés les hace venderse como nadie sabe hacerlo y
promocionar sus asquerosas comidas como si fueran manjares—. Yo a ti te doy todos los fines de semana una
gran dosis de hipertrofia, pero no es para hacer foie gras es para divertirme.
Ojalá
supieras escribir pero sólo te manifiestas en valores enzimáticos de GAMMA-GLUTAMIL TRANSPEPTIDASA,
TRANSAMINASA GOT y TRANSAMINASA GPT, y yo, como soy muy listo, engaño al médico
y cuando me van a realizar la extracción de sangre me tiro unos días sin hipertrofiarte.
El caso es que cuando te manifiestas tampoco dices la verdad —si es que la
verdad existe—. Hoy es lunes por la mañana y debes estar enfadado conmigo en tu
prisión de mi costillar derecho. Lunes por la mañana, resacoso y aquí estoy intentando describirte en mi viejo escritorio
con forma de piano vertical: en lugar de teclas tiene una base para escribir de
la que nacen dos cajones en los que guardo recuerdos. En la segunda altura
también hay cuatro cajones con más recuerdos. En la base superior más
recuerdos. Este viejo escritorio ha resistido cuatro mudanzas y eso es mucho
resistir porque no contrato a ninguna agencia de mudanzas y los amigos que me
ayudan a transportar mis enseres siempre van borrachos —seguro que tienen el
hígado hipertrofiado como un pato francés—. La verdad es que tengo el culo
dolorido por la silla de vieja oficina que siempre ha acompañado al escritorio:
la base es de madera, color nogal como el escritorio, y está muy dura para mis
vetustas nalgas, pero es que hace muy buen juego con el escritorio. Es de esas
sillas con el respaldo semicircular y tablillas, lo bueno que tiene es que es
giratoria y puedo dar vueltas sobre ella hasta pillar un mareíllo como si
hubiera bebido, y este mareo no me inflama el hígado. La silla también ha
soportado los golpes de los traslados por mis amigos ebrios, deben de ser de
madera muy noble (la silla y el escritorio) no como mis dipsómanas amistades.
Voy
a repetir que es lunes por la mañana, por varias razones, las principales son
que estoy intentando comprender a mi hígado y la otra es porque los dos odiamos
los domingos por la tarde y los lunes por la mañana —vuelvo a repetir— con
todas nuestras fuerzas. Es difícil describir algo que no se ve, porque si yo
describiera mis pies recordaría a aquella chica que me dijo que yo era más feo
que un pie. Ahora miro mi pie y comprendo: mi segundo dedo del pie es más largo
que el primero y mi talón —que no de Aquiles— es una callosidad.
Repito,
hoy es lunes por la mañana y mi hígado debe estar hinchado como el de una oca
francesa; lo que me lleva a pensar en el maltrato animal; lo que me lleva a
deducir —yo los lunes por la mañana deduzco muy mal— que se deberían de hacer
leyes contra el maltrato hepático. Y también se deberían agregar a las leyes
contra el maltrato animal la prohibición de atiborrar a animales para que se
les duplique el tamaño del hígado y se haga con ello un producto que untado en
una rebanada de pan le haga pronunciar a algún comensal, con delirios de
grandeza, la palabra más malsonante cuando se está uno alimentando, y esa
palabra es… los lunes por la mañana se me olvidan algunas palabras.
No
pretendo hacer un ensayo sobre mi hígado, yo no soy médico, soy mecánico de
coches, pero una vez me dijeron que el hígado es el segundo órgano más grande
en las personas, sólo por detrás de la piel. Los lunes por la mañana el segundo
órgano más grande de mi cuerpo es tan grande como yo. Él está procesando el fin
de semana y manda sobre mí. Mi cabeza deduce mal y hasta se me olvidan palabras
y todo es culpa de que tengo al hígado que estoy intentando describir rindiendo
a toda máquina —creo que los lunes por la mañana me odia, pero no se puede
escapar de sus doce barrotes de mis costillas—.
Me
pongo a dar vueltas en mi silla giratoria y no he dicho dónde vive mi escritorio
y mi silla: en todas las casa habían habitado en el salón pero ahora están en
mi dormitorio, al lado izquierdo del escritorio hay un mirador enorme de casi
dos metros cuadrados, a la derecha está la cama y un armario con espejo en el que
ahora me estoy viendo, justo detrás del escritorio una biblioteca con puertas
de cristal para que no se me llenen de polvo los libros. Mientras doy vueltas en mi silla giratoria se
me pone a hablar mi hígado:
—
Hola tú, soy yo,
tu hígado, estoy harto de los lunes por la mañana que me das. Nacimos el mismo
día del mismo mes del mismo año y tus creencias son las mías y tus vicios
también, pero como sigas así me voy a morir. Para serte sincero cuando te pasas
de la cerveza al whisky te odio como sólo un hígado puede odiar.
Paro
de dar vueltecitas en mi silla giratoria, que el mareo me está haciendo
escuchar a mi hígado hipertrofiado. Además acabo de recordar esa palabra que me
da tanta rabia cuando alguien la pronuncia mientras mastica: “EXQUISITO”.
miércoles, 19 de mayo de 2021
UNA PARTE DE MI CUERPO
Mis pies !oh mis pies! tengo que escribir sobre ellos porque es la parte de mi cuerpo que veo sin la ayuda de un espejo. También sin él puedo ver mis manos, están más cerca de mis ojos, pero suelen estar en movimiento, cambian constantemente su apariencia y cuando están en reposo no suelo observarlas. Mis pies, sí los contemplo, porque incluso en acción mantienen su forma; cuando camino los miro y puedo ver alternativamente uno u otro.
No siempre me he sentido en armonía con ellos, es más, hubo un tiempo en que los desprecié, pero cuando era niña nos llevábamos bien. No los tenía en cuenta, me servían para ir a todas partes y me daban alegrías. Como crecían, cada verano y cada invierno me llevaban a la zapatería; resultaba un juego muy divertido probarme todos los zapatos que quisiera. Era lo único que podía elegir porque todo lo demás, me lo hacia mi madre sin consultarme.
Fue en la adolescencia cuando estuvimos enfrentados mis pies y yo. No me parecían elegantes, no como los que tenían las diosas de los cuadros, al contrario. Si estaba tumbada en la hierba, levantaba uno y lo contemplaba enmarcado sobre el cielo, me parecía un árbol visto en la lejanía, de tronco muy gordo al que le hubieran podado cada una de las ramas, dejando solo un cachito. Cuando salía al amanecer a caminar por la playa, me gustaba observarlos mojados por las olas e iluminados por el sol, entonces eran de oro; pero si miraba hacia atrás para ver sus huellas, estas, parecían las aletas de un pequeño buceador invisible.
Comprar unos zapatos de diseño era difícil; si los elegía para que cupieran a lo ancho, la punta era tan larga que parecían encastrados, cada uno, en un pez espada. Tuve suerte cuando mi actriz favorita, a la que de haberme encontrado con el genio de la lampara, le abría pedido parecerme; puso de moda unos zaparos bajitos, de punta ancha y redonda, además, bonitos y de distintos colores; entonces la adoré.
Conseguí reconciliarme con ellos, cuando un amigo pintor mirándolos con cara de asombro dijo, !tienes unos pies Picassianos! y quiso dibujarlos. Yo, que me quedaba extasiada con los maravillosos pies que hay en los cuadros renacentistas, largos, proporcionados, mucho mas bellos que las manos, con las que la mayor parte de los artistas no aciertan, quizás, porque en reposo pierden vida. Por fin, alguien se había dedicado a concebir mis pies en una obra de arte.
Ahora los siento plenamente míos, y con raíces que se han ido formando en contacto con los lugares por los que han andado, vivido, creando un bosque de recuerdos que han hecho que arraiguen, incluso, en la fluidez del movimiento. Y ahora saben, un poco más, a dónde quieren y pueden ir.
Pepa Lopez
domingo, 16 de mayo de 2021
DESCRIPCIÓN ANOREXIA
Aquel campamento ubicado entre las dunas ocupaba la extensión de un poblado. En la zona este se disponían los dromedarios y los caballos junto a tres quads algo oxidados. Junto a ellos varios edificios de madera de poca altura constituían las únicas estructuras fijas del complejo. El resto del elenco lo componían más de veinte enormes tiendas rectangulares que cerraban un círculo en cuyo centro se ubicaban los todoterrenos en los que había llegado al lugar.
Cuatro mujeres condujeron a Anne a la parte posterior de la tienda principal y la colocaron en una improvisada cama. Estiraron de sus manos y sus pies hasta dejarla semidesnuda y colocaron sobre ella una sábana de lino blanco. Vestían túnicas de seda rosas y naranjas y verdes y amarillas, todos los colores superpuestos en una combinación que contrastaba con los colores rojos y blancos de las alfombras de figuras geométricas que decoraban la estancia. Aquella combinación de colores y figuras triangulares que la rodeaba hizo que el mareo volviera a Anne que quedó rendida al agotamiento como si verdaderamente hubiera conseguido la pastilla de valium que minutos antes había deseado.
El olor a especias y té llegó hasta Anne que dormitaba boca abajo entre cojines y futones. El aroma dulce de la infusión se mezclaba con el comino, la nuez moscada y la pimienta rosa. Se desperezó encontrando directamente su sujetador bajo la sábana. Podía oír la voz de Pierre. No conseguía escuchar que decía. Intuía las sombras de varias personas moviéndose arriba y abajo, al otro lado de la tienda.
- Cuándo vendrá la mujer. - dijo una voz que no consiguió reconocer. - Queremos ver el papiro.
- Deben ser pacientes amigos, mi Fiancee ha sufrido demasiadas emociones. Todo va según lo previsto. Recuperarán su papiro. No se preocupen… Se lo prometo.
Sus prendas no estaban a la vista, pero no quería estar más tiempo inactiva. Se levantó apoyando sus manos y sus rodillas en el suelo. Necesitó dos intentos hasta conseguir levantarse por completo. Aún no había recuperado su lucidez habitual. Se sentía embotada y aletargada, como si hubiera bebido demasiado la noche anterior.
El espejo que presidía la improvisada estancia, le devolvió una imagen que no había solicitado. Vio su silueta como quien ve a un fantasma del pasado. Durante años Anne había luchado contra la bulimia. Su obsesión por encajar en la alta sociedad, había encontrado a su peor aliado: el culto a la delgadez extrema. Antes de cumplir los catorce años, y casi sin ser consciente de ello había comenzado a ritualizar las comidas. Había comenzado por controlar las calorías que ingería a diario. Contaba, sumaba, anotaba. Una y otra vez. Antes, durante y después. No podía o no sabía comer sin anotar el número de calorías que había incorporado a su cuerpo. Lo hacía con naturalidad, como quien mira los mensajes de su móvil, sin permitir que nadie supiera lo que hacía en realidad.
Conocía el aporte nutricional de cada alimento. Y estudiaba artículos científicos para aumentar el control de todas las variables. Masticaba despacio mientras pensaba en índice glucémico. Era un término nuevo para ella. Cada vez que descubría algo se sentía mezquina y desdichada por haber pasado tantos años sin controlar ese factor. Se miraba en el espejo sin mirarse. Lo usaba para analizar sus pliegues, su composición corporal, sus defectos. Se desnudaba, plegaba su ropa y la colocaba en el escritorio y ponía un pie a la báscula como si aquello fuera el trampolín de una piscina repleta de pirañas deseosas de su sangre . Así lo repetía tres veces al día. Lo anotaba y bajaba del peso con resignación.
Así, sumida en el control durante más de un año había ido imponiendo sus rutinas. Entrenaba dos veces al día con la rigurosidad de los remeros de oxford. Daba igual si se trataba de domingo o navidad. Si llovía o nevaba. Si se sentía febril o enferma. Sólo después de correr se sentía algo aliviada. Nunca llegaba a sentirse satisfecha con su cuerpo. Siempre necesitaba más. Tras cada entrenamiento, simplemente se deshacía de una pequeña voluta del humo que nublaba su visión de si misma, sonreía cuando miraba el apartado de calorías consumidas de su reloj. No creía que aquella cifra fuera real, siempre había pensado que las falseaban para hacer a la gente sentirse mejor. Pasados unos minutos el humo comenzaba de nuevo a hacerse espeso, olvidaba poco a poco que acababa de entrenar y comenzaba a crecer ansiedad por quemar calorías de nuevo.
Al cumplir los catorce había sumado un paso más en su carrera contra ella misma. La capacidad de vomitar a su antojo le resultaba de lo más útil. Podía fingir una comida normal, con amigos, con familia, o con la única compañía de su yo interno que cuestionaba aquella conducta. Demostraba control y capacidad de disfrutar de cualquier plato. Se relajaba y disfrutaba. Conseguía hacerse ver a si misma que no tenía ningún problema, como quien impide que sangre una herida con un torniquete hasta convencerse de que no existe ni herida ni sangrado. Horas después comenzaba la culpabilidad, el miedo a aumentar de peso, la sensación de la pérdida de control. El torniquete apretaba tanto que la sangre ya no llegaba y necesitaba liberarlo, soltarlo y que comenzara a sangrar. Así lo hacía una y otra vez. Sin ser consciente, sin poder siquiera tratar de impedirlo. Vomitaba y volvía a vomitar. Hasta conseguir que su estómago quedara vacío de comida y de ella misma. Terminaba agotada, exhausta de si misma. La culpabilidad no la abandonaba con facilidad. Se hidrataba, ataba con dos lazadas los cordones de sus zapatillas recién engrasadas y salía a correr hasta que comenzaba a ver unas estrellas que sólo ella podía contemplar. En dos ocasiones había perdido el conocimiento, despertando en una ambulancia camino del hospital.
Nadie sospechaba. Ni sus padres, ni sus vecinos. Ni sus profesores, ni sus supuestas amigas. Anne fingía con maestría. Se maquillaba con discreción para dar color a una tez apagada y ocultaba sus ojeras con un delicado corrector. Elegía con mesura las combinaciones de sus prendas. Incluso se servía de un cuadrante para no repetir estilismos. Todo parecía perfecto desde fuera. En el colegio todos la tenían por perfecta. Sus notas eran excelentes, vestía de marca y de forma elegante, y su comportamiento era más que correcto. Sólo Julia, su amiga más íntima, sabía que aquella ropa era falsa, tanto como lo era la seguridad que desprendía Anne, y que por dentro, su amiga, se moría de tristeza.
Ninguna de ellas encajaba en aquel lugar donde las familias ganaban más dinero al mes que sus padres en un año. Ambas eran orquídeas de flores resplandecientes. Nadie miraba sus raíces podridas. El poder de la belleza de sus pétalos, todavía envidiables, las ocultaba. Era difícil intuir que aquellas flores estaban a punto de sucumbir a la muerte de la planta. En el caso de Julia su benefactor era su padrino, un adinerado y superficial cirujano plástico que cubría su educación en aquel colegio elitista. Ambas sentían que no encajaban allí. Detestaban y admiraban a aquellas personas, engreídas, envidiosas e infelices. Tal era el odio que profesaban, que habían llegado a amarles y luchaban a diario por el sueño de, algún día, llegar a ser parte real de aquel selecto grupo social.
El peor episodio había llegado con la aparición del alcohol en su vida. Su poder calórico era imposible de compensar. Anne necesitaba consumirlo para poder integrarse en los círculos más populares del colegio. No beber era una elección que la alejaría de las personas a las que quería impresionar. La solución le llegó en la forma menos esperada. Un documental de la televisión española, hablaba de los crecientes problemas de los países del norte de Europa, con el consumo de alcohol entre la población de mediada edad. Aseguraban que algunos dejaban de comer a causa de la adicción al alcohol. Durante cuatro meses Anne dejó de comer, sólo bebía, fiestas diarias en las que disfrutaba de su delgadez y de la embriaguez. Los primeros meses estaba pletórica, poco a poco comenzaba a ganarse el respeto y la admiración de sus compañeras. A partir del cuarto mes comenzó a notar cambios en su cuerpo. Su pelo, su bien más preciado, ese que hidrataba y cuidaba, ese al que aplicaba mascarillas durante horas y horas, ese mismo, comenzó a caer en masa. De un día a otro, el árbol de hoja perenne que era su cabello se tornó caduco llenando el suelo de mechones castaños. Se encerró en su habitación, canceló las fiestas y los conciertos y se odió a si misma.
Durante el siguiente mes no acudió a clase. Sus padres ni siquiera llegaron a saberlo. Falsificó su firma en una improvisada nota en la que hablaba de que había contraído el sarampión y creó una falsa dirección mail para suplantar la identidad de su madre. No quería que nadie la viera sin pelo. Sufría pesadillas diarias donde soñaba que su cuerpo se hinchaba de grasa hasta estallar como un bombón relleno de licor. Despertaba empapada en sudor, con los dedos entumecidos y sin sensibilidad. Las uñas se quebraban solo con el hecho de acariciarlas y su piel parecía permutada con la de una tortuga centenaria, deshidratada y salpicada de grietas. Perdió la regla y comenzó a no poder leer o estudiar, su vista se agotaba y su neuronas parecían haber vuelto a la edad de piedra.
Fue Julia la que tomó las riendas. Ocultó los espejos de su habitación, la acompañó al médico, al psiquiatra y al endocrino. Compró más de doce pelucas hasta encontrar una rubia de flequillo recto que su amiga comenzó a usar a regañadientes y obligó a Anne a volver a comer. Comenzó con fruta y verdura, el efecto del brócoli y el mango se hicieron notar en menos de una semana. Comía con dificultad, su intestino no toleraba bien la comida y pasaba más tiempo sentada en el baño que en su propia habitación. Los complementos vitamínicos también ayudaron a disminuir el oso perezoso que se había instaurado en sus movimientos. La anemia se corrigió a las dos semanas y la joven recobró el color en sus mejillas.
El año que siguió volvió a sus escapadas adolescentes con el alcohol. Su éxito indiscutible del que disfrutaba entre los hombres le granjeó una incipiente autoestima que enterró, a muy pocos centímetros de profundidad, el trastorno alimentario. La adulación de los universitarios que conocía en fiestas, y los cumplidos de los porteros de discotecas fueron suficiente acicate para volver a ser capaz de mirarse en el espejo. Lo hacía de soslayo, consciente de que mirarse a los ojos podía desencadenar un nuevo episodio. Quitó todo aquello que devolviera su reflejo de su habitación, y sustituyó el enorme espejo del baño por un espejo de aumento en el que sólo podía ver su cara triangular.
La música rítmica del Darbuka, un instrumento de percusión parecido al tambor, y el laúd hicieron que Anne olvidara su juventud y se descubriera desnuda frente al espejo. Contemplo sus pechos, la piel había comenzado a descolgarse desde la lactancia. Se mantenían altos pero vacíos. Odiaba aquel pliegue que se marcaba entre su axila y su mama. Empujó su pecho hacia arriba emulando el efecto una prótesis. Recorrió su abdomen, los músculos se transparentaban bajo una fina cobertura de grasa y alcanzó sus piernas. Aquellas patas de alambre podían rodearse facilmente con una goma del pelo. Amaba aquella delgadez. Nunca había dejado de entrenar o de sumar calorías. Evitaba anotarlo pero lo archivaba en su memoria. Lo contabilizaba en sus recuerdos.
Se rodeó con la sábana de lino hasta quedar cubierta desde sus axilas a sus tobillos. Sus clavículas, marcadas en exceso, quedaron al aire. Rodeó la alfombra que hacía las veces de pared y accedió a la sala principal. Las conversaciones se detuvieron. Solo quedó la música que había bajado de intensidad.
Pierre saludó con su mano sana. Junto a él, un barreño de latón con agua y sal albergaba su mano derecha que, ensangrentada, jugueteaba en un agua con la que parecían haber limpiado los restos de una matanza.
- Buenas tardes mi fiancee. - dijo Pierre riendo. - es usted mi, digamos... dulce dama durmiente. ¿se encuentra mejor?
Anne sonrió falsamente como única respuesta. Buscó con la mirada su ropa pero tampoco estaba en aquella habitación. Junto a Pierre, Jose y el hombre de las gafas ocupaban unos enormes puff, mientras que a su alrededor tres hombres de tez oscura y túnicas negras, conversaban, sentados sobre una alfombra de seda cuyos intensos rojos y verdes parecían sacados de un cuadro de van gogh. Ninguno de los tres hombres miró a Anne. Permanecían erguidos, contoneando sus cuerpos sobre las piernas cruzadas. Anne los reconoció al segundo vistazo. Aquellas túnicas oscuras, los tatuajes de henna en sus caras y sus manos, aquel movimiento oscilante tan característica. Parecían cobras egipcias moviéndose al son de la flauta dulce, elevando su cuerpo para deleite de unos turistas que nunca sospecharían que aquellos animales habían sido privados de sus los colmillos para evitar su veneno. Eran nubios.
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